Comienzo esta entrega agradeciendo con gran aprecio a todas las personas que nos han acompañado a mi familia y a mí durante los más recientes días ante el deceso de mi abuelo, Marco Antonio Rojas Flores. Para mí ha sido un tiempo de recordar y valorar, así como de volver los pasos sobre algunas reflexiones que en el pasado he hecho. De éstas últimas deviene el artículo de hoy: de mi abuelo aprendí que el poder es para hacer.
Principalmente me tocó vivir a su lado su etapa como secretario de Comunicaciones y Transportes del Estado, durante la administración del licenciado Melquiades Morales Flores. En aquellos años, asimismo, participó como precandidato del Partido Revolucionario Institucional al gobierno del estado de Puebla. De ese periodo también guardo recuerdos muy gratos. Uno de ellos lo relaté a Elizabeth Román, mi compañera en este medio de información, a quien agradezco la oportunidad de haberlo hecho.
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Como antes digo, la reflexión que hoy comparto con ustedes es la que tiene su origen en uno de las más grandes enseñanzas que me ha legado mi abuelo y de la cual fui consciente poco tiempo después de haberla aprendido. En la actual circunstancia que me ha tocado vivir, es una de las que más pronto se posicionó en la delantera de “la fila de las reflexiones”.
¿Para qué otra cosa si no, sirve el poder? Desde luego, me refiero al poder público, al poder político, al poder gubernamental. ¿Para qué si no para hacer se quiere ese poder? Una persona que colaboró con mi abuelo me ha contado que en alguna ocasión le reprendió diciéndole: “las personas pasan, las obras permanecen”. Permanecen las obras, las visiones, las decisiones y las acciones.
Fue, acompañando a mi abuelo en sus giras de trabajo los fines de semana, recorriendo diversos municipios de nuestra entidad tomado de su mano, que paulatinamente me fui dando cuenta de ello: el trabajo de mi abuelo servía para algo. Lo primero que nos tocó vivir, que recuerdo como significativo, fue la evacuación de las personas pobladoras de los lugares aledaños al Popocatépetl, cuando éste hizo erupción en diciembre del 2000. Ahí estuvo lo primero: mi abuelo era de la gente que trabajaba con el gobernador para evacuar a esas personas de sus casas y llevarlas a un lugar seguro.
El poder es para hacer y eso es posible con base en dos elementos que pueden configurar un círculo virtuoso: decidir y actuar. Para tomar decisiones y actuar en consecuencia es necesario saber qué terreno se está pisando y conocerlo, y tener una noción clara al menos en su generalidad de a qué punto se va a caminar.
No encuentro para qué sirve el poder si no es para aportar, con ideas, decisiones y trabajo, a mejorar el entorno y el lugar en el que se vive. No encuentro para qué sirve si no es para conocer de viva voz y de manera directa aquellas necesidades y problemáticas que le preocupan a las personas que acuden a una autoridad estatal para buscar alguna respuesta a sus inquietudes que, en no pocas ocasiones, también son aflicciones. Tampoco encuentro para qué si no es para que con lo que se haga o deje de hacer, se sea el medio que lleva a un acuerdo o a una solución o la piedra en el camino que obstaculiza el logro de ese acuerdo o solución.
El poder es para hacer porque el poder otorga los medios, las atribuciones y las facultades cuyo adecuado ejercicio permite incidir favorablemente en mejorar las condiciones de vida de una comunidad y, por lo tanto, de las personas en lo individual. El poder es para hacer porque las personas de las ciudades, del campo y de cualquier localidad de cada lugar, a pesar de todas las veces que han sido ignoradas e incluso olvidadas, siguen sin perder la confianza en una persona que determinado momento sea autoridad estatal, atienda sus reclamos y peticiones, no yendo y escuchando y diciendo discursos estridentes, sino yendo y atendiendo y, nuevamente, decidiendo y actuando.
El poder es para hacer porque una cosa es que las personas sigan teniendo confianza en las autoridades públicas del lugar en el que viven, desde jueces o juezas de paz en una inspectoría hasta el Presidente de la República, y otra cosa es que no estén fastidiadas, cansadas y hartas de intentar hablar y ser ignoradas, de intentar hablar y ser silenciadas, o de intentar hablar y ser engañadas. Así que el poder es para hacer porque quien ostente un cargo en el que pueda poner un granito de arena para que las personas, las familias, las comunidades y la sociedad vivan mejor, con mejores condiciones y con un nivel de vida más adecuado a lo que es una vida digna, el deber y la responsabilidad más esencial que tiene es hacer, poco o mucho, pero lo que esté a su alcance para que eso ocurra.
Espero que esa enseñanza que ha legado mi abuelo, Marco Antonio Rojas Flores, pero no solamente él sino muchas otras personas que han decidido dedicar su vida al servicio público, impregne en el día a día de cada uno de nosotros y de nosotras para que todas las personas o la mayor cantidad que sea posible podamos vivir mejor y podamos vivir una mejor vida.
Twitter: @el_pprojas