Hace años, cuando mi padre llegaba de trabajar yo siempre estaba dormido, por lo que una noche no vi cuando me dejó mi regalo de cumpleaños. Al amanecer desperté sintiendo que algo pesaba cerca de la almohada. Abrí los ojos y vi una malla con canicas, de esas blancas con franjas anaranjadas y amarillas.
No pude ocultar mi emoción. Tanto las había deseado. Yo veía jugar a otros niños al salir de la escuela y ansiaba juntarme con ellos en el baldío y divertirme.
Más artículos del autor
Al sonar la chicharra que anuncia la salida de clases, corrí al lugar del juego. Cuando preguntaron “¿Le vas a entrar?”, asentí mostrando mi malla roja. “Está bien, que sea rueda”. En este juego, todos los niños apostaban parte de sus canicas poniéndolas dentro de un círculo. Cada quien debía empujar fuera del círculo una canica y si podía hacerlo sin quedar dentro del mismo, tenía oportunidad de pegar a la canica de otro jugador para “matarlo” y dejarlo fuera del juego.
Al final de ese primer día perdí la mitad de mis canicas y el gozo se convirtió en una mezcla de tristeza y enfado. Yo no tenía práctica, había visto jugar mucho, entendía las reglas, pero nunca lo había hecho. Llegué a casa directo a mi cuarto y luego de un rato mi mamá me llamó a comer. Le contesté que no tenía hambre y no dijo nada. Al cabo de unos minutos llegó mi tío, hermano de mi mamá que vivía con nosotros. “¿Qué te paso mi Chivigón?” –Nada. “¿Te pegó alguien para írmelo a sonar?”, -No, no es eso. “¿Entonces?”, -Es que… perdí muchas de mis nuevas canicas”, “¡Ah! No sabes jugar. No te preocupes yo te enseño, era bien vago cuando iba en la primaria, llegué a tener más de cien cuicas”. Las palabras de mi tío me devolvieron el alma. Quedamos en salir por la tarde al jardín para que me enseñara.
“Lo primero que tienes que saber es a tirar. A ver enséñame cómo tiras. Tomé una canica de mi malla y le mostré. “¡Uy chavo!, tiras de uñita, no; debes tirar de huesito, fíjate.” Él tomó otra canica y se la acomodó en los dedos abrazando el proyectil con el índice y metiendo el pulgar hasta el dedo medio. “¿Por qué?” le pregunté “Echa al piso tu canica” me dijo y al llegar al suelo, el lanzó un disparo tan fuerte que pude escuchar el seco sonido del vidrio al recibir el impacto generando mi asombro.
“Ahora fíjate, debes practicar mucho para ganar puntería” y trazó una raya en la tierra con una vara y puso una canica a un paso, otra a dos pasos y una más a tres pasos. “Dale, estarás listo hasta que puedas darles a las tres sin equivocarte”.
Durante los días siguientes seguimos practicando y él me insistía en que yo tirara de “huesito”, pero yo sentía que lanzaba con menos fuerza que con la uña, “Eres un caso perdido, tira como quieras, pero con el hueso se puede tirar más fuerte”. La práctica incluía llegar lo más cerca a una raya trazada en el piso desde una distancia de cinco pasos, pegarle a una moneda y tirar parado o agachado.
Luego de varios días por fin me sentí listo para ir a competir de nuevo con los chavos de mi escuela. Estaba ansioso de que sonara la chicharra, pues en el recreo no nos dejaban jugar dentro. Cuando comprendí que era la hora de la salida ya había copiado lo que dejaron de tarea, tenía mis útiles en la mochila, y me amarré el suéter en la cintura ¡Por fin! La una de la tarde. Fui el primero en llegar al baldío y al poco rato llegaron los contrincantes.
La apuesta era de tres canicas en la rueda. Luego de tres rondas me había ido bastante bien. En ese momento se acercó un nuevo jugador que nos había estado observando. Tiramos a la raya para definir turnos y quedé en segundo. El primer tiro fue de acercamiento, con cuidado para no entrar en la rueda y ahogarme. El segundo tiro para acercarse a sacar de la rueda las canicas más atractivas, había una ágata y un trébol muy bonitos. Me acerqué. El tercer turno se aventó de inmediato y sacó una agüita con fuerza. Para mi mala suerte yo era el más cercano por lo que podría matarme sin problemas y lo intentó. Al chocar los vidrios sentí mucho coraje, pero de inmediato cambió a alegría a ver que su tiro se metía irremediablemente a la rueda, con lo que el muerto sería él y no yo.
El turno era del chico nuevo, quien sacó el trébol y en lugar de buscar matarme, siguió sacando más canicas de la rueda. Era muy bueno y en un momento decidió matarme, pero un bullicio interrumpió el tiro porque en ese momento entraron varios chavos de sexto grado rodeando a dos de ellos que se iban a pelear.
Los golpes fueron fuertes. Uno de ellos comenzó a sangrar por la nariz, pero no dejó de lanzar puñetazos. Pronto se juntó una bola de muchachos que gritaban favor de alguno de los contrincantes “¡Pártele su mandarina!”, “¡No te dejes!”, “¡A la cara, a la cara!”, hasta que alguien alertó “¡Ahí vienen los maestros!”
El chiquillerío se dispersó por todos lados y al pasar por nosotros, un niño pateó las canicas dentro de la rueda y otro más se llevó mi malla ¡Vaya suerte! A los rijosos se les llevó a la dirección y yo tomé camino a mi casa. Al salir a la calle, el chavo con quien me había quedado jugando me alcanzó y me dijo “Te iba a dejar vivir solo para que se pusiera bueno el juego y darte baje con todas tus cuicas, pero ya ves, alguien me ganó”. Esta frase me hirió el amor propio y le contesté “Si eres tan macho, te veo mañana aquí mismo y nos jugaremos todas las canicas con un hoyito ¿Cómo ves?”. El chavo sonrió y me dijo “Pero si ya no tienes con qué apostar”, “Yo veré cómo le hago”, le respondí.
Llegué a casa muy preocupado, el coraje me había hecho hablar de más. Nuevamente me metí a mi cuarto y me tendí en mi cama bocabajo para pensar qué hacer. Iba a quedar como tonto si me presentaba o como “coyón” si no iba. Cuando llamaron a comer y me negué, de nuevo apareció mi tío, “¿Qué pasó ahora Chivigón?” Con emoción reprimida le platiqué lo sucedido: “Ahora sí que estás en un lío, vas a ser el hazmerreír de la escuela, ja ja ja ja”. Obvio, sus palabas no me ayudaron, así que me volteé a la pared y mientras seguía riéndose, se fue a su cuarto y regresó enseguida. “Mira”, me volteé y vi que me ofrecía una tortilla caliente enrollada. “No tengo hambre”, “Si no te la estoy dando, es para que me la detengas”. Tomé la tortilla y él se metió las manos de las bolsas. Con la mano izquierda sacó un puño de canicas de todos colores y con la mano derecha sacó una canica roja algo cascada.
“Ten, te las presto para que salgas del apuro, son las últimas canicas que gané antes de entrar a la secu, ahí ya no se juega, y este diablito era mi tirito con el que siempre gané, cuídalos mucho, les tengo buenos recuerdos”. En ese momento me dio mucho gusto que me ayudara a salir del problema, pero en la noche reflexioné y pensé que podría perderlo todo.
Al día siguiente en la escuela el tiempo se fue volando y la chicharra sonó sin reparar en mis angustias ¿Quién me mandaba meterme en ese lío? Guardé mis cosas, tomé la mochila y me fui al lugar de la cita decidido afrontar lo que viniera.
Al llegar al baldío ya estaba mi contrincante esperando “Pensé que no ibas a venir, a ver ¿Cuál es tu apuesta?”, le mostré las canicas de mi tío y él asintió haciendo una mueca de aprobación. “Voy a hacer el hoyo”, “no” -dijo él-, “yo lo haré porque mi tiro es más grande” y de su bolsillo sacó una bombocha, o sea, no solo me quería derrotar, sino intentar romper mi tiro.
Hizo el hoyo y yo la raya de turnos. Tiramos, quede detrás y él justo en la línea. La canica le sentaba bien. Tiró y quedó cerca del hoyo, yo tenía dos opciones, intentar entrar al hoyo o alejarme para no darle oportunidad y así lo hice. “No le saque”, me dijo con tono burlón. En el siguiente movimiento entró al hoyo y tendría oportunidad de matarme. Se puso en cuclillas para apuntar mejor. Sentí un frío sudor en la frente y mis ojos miraban sus dedos tensándose para lanzar su proyectil ¡Falló! Casi por nada, pero falló y se alejó. Yo tenía la chance de acercarme o meterme y así lo intenté. No pude hacerlo.
Él trató de cazarme pues traía las vidas, por haber entrado al hoyo. Huí hasta que yo fui quien entró. Lo tenía cerca, pero el nerviosismo me traicionó y no le di. Con esa confianza él tiró y entró al hoyo. En lugar de intentar matarme, esta vez solo tiró a un lado, así cuidaría el hoyo si yo quería acercarme y tonto de mí, lo hice. Nuevamente me tenía listo para matarme y milagrosamente no lo logró.
Entré al hoyo y traté de hacerle la misma jugada, pero él solo movía un poco su canica para tratar de sacarme de la zona. Era muy astuto. El juego se tornó en alternados tiros flojos para ver si él se acercaba o yo me alejara. La única posibilidad es que me atreviera a matarlo desde lejos pero mi forma de tirar no me ayudaría.
Me decidí a jugarme el todo por el todo. Pinté mi raya, me agaché y puse una rodilla en el suelo, estiré los dedos de la mano izquierda para alcanzar el suelo y sobre ella apoyé mi mano derecha que sostenía mi diablito, el cual, había colocado para tirar de “huesito”.
Apunté bien, no sabía si eso fuera a funcionar, pero dentro de mi escuchaba a mi tío diciendo “¡Mátalo, Chivigón!”. Entré, cerré los ojos, apreté los dedos y el tiempo pareció detenerse, todo sonido había cesado para mí y casi pude sentir cómo mi mente le decía a mi mano “¡Dispara!”.
La canica salió girando sobre su eje y describiendo una línea recta por la velocidad. Yo siempre supe las consecuencias de no ganar, sería una gran pena perder un tesoro tan preciado para mi tío y, más aun, sería la peor forma de corresponder a sus lecciones. Al llegar a su destino, mis ojos, ahora muy abiertos, no podían creer lo que pasó.
El choque de los vidrios gritaron junto conmigo: “¡Chiras pelas!”