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OPINIÓN

La docencia como misión

Pese a la profesionalización México sigue en los últimos lugares internacionales

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 1, 2021

Para el Mtro. José Alberto Castañeda Merino, que se nos adelantó en el viaje a la eternidad.

 

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“El carácter funcional de la enseñanza conduce a reducir al profesor a un funcionario. El carácter profesional de la enseñanza conduce a reducir al educador a un experto. La enseñanza debe volver a ser no sólo una función, una especialización, una profesión, sino una tarea de salvación pública: una misión.”

Edgar Morin, La mente bien ordenada, p. 132.

https://www.planetadelibros.com.mx/libro-la-mente-bien-ordenada/142856

 

            La docencia ha sido vista según la etapa de la historia y la visión dominante en cada una de ellas -con énfasis en lo político, lo económico, lo social o cultural- desde muy distintas concepciones y ha tenido por ello diferentes roles, valoraciones o estatus social y exigencias a las que debe ir respondiendo.

            En muchos países en los que existe un sistema público de educación sólidamente organizado y normado y en los que las plazas docentes se ganan por concurso de oposición, el docente es considerado un funcionario público y está claramente sujeto a las instituciones del Estado en su sentido más amplio y riguroso que trasciende al gobierno en turno.

            Nuestro país consideró a los profesores y profesoras en la etapa de fundación de la Secretaría de Educación Pública -que en este 2021 cumple cien años desde el decreto de creación emitido por el presidente Obregón que encomendó a José Vasconcelos la dirección de este nuevo ministerio del gobierno- como una especie de misioneros laicos que tenían que entregar su vida por la tarea básica de alfabetizar e introducir a la cultura occidental a través de la enseñanza de los autores clásicos a la gran mayoría de la población que carecía de una educación básica.

            Esta visión fundacional cambió pronto y si bien nunca hemos tenido un sistema de acceso por concurso de oposición ni una real meritocracia basada en la preparación, habilidades y desempeño docente en el país, con el establecimiento del sistema corporativista surgido para pacificar y controlar a las distintas fuerzas y caudillos que se disputaban el poder, el gremio docente se fue convirtiendo en una especie de sector implícitamente afiliado al partido hegemónico y en este sistema que se sostuvo con algunas adecuaciones por alrededor de ocho décadas, con lo que se fue instaurando una visión funcional, que miraba al docente como un funcionario o como un miembro de un sindicato.

            El pacto no escrito podría sintetizarse -no lo digo yo, lo dijeron por décadas los expertos en política educativa- en un intercambio en el que el presidente y el Secretario de Educación Pública en turno le daban total libertad -hasta el exceso y muchas veces la corrupción- a los dirigentes del gremio de funcionarios educativos para manejar discrecionalmente el ingreso, la promoción y la cancelación de plazas y muchos otros aspectos de la organización del sistema educativo a cambio de la garantía de obediencia y lealtad ciega del colectivo docente que garantizara votos en las elecciones de todos los niveles.

            Durante los (mal) llamados gobiernos neoliberales, con la llegada al poder de los llamados “técnicos” o “tecnócratas” y con el cambio de escenario a nivel internacional por el proceso de globalización que exigía garantizar una educación de calidad -al menos en los conocimientos básicos necesarios para ser competitivos y empleables en el mercado laboral- empezó a cambiar el discurso y se planteó la necesidad de profesionalizar a los educadores, con lo que en buena medida, al menos en el nivel de los documentos y la narrativa se instauró la visión del docente como experto tanto en la o las disciplinas que enseña como en los métodos y técnicas necesarios para generar aprendizajes de calidad.

            El viraje hacia el carácter profesional de la enseñanza, como afirma Morin, redujo la visión del docente a la de un experto técnicamente capacitado y habilitado para remontar el enorme bache de calidad de nuestro sistema educativo respecto a los demás países de la OCDE con los que empezaron a compararse los aprendizajes de nuestros niños y adolescentes con base en la aplicación de las muy conocidas -y muy cuestionadas- pruebas PISA.

            El investigador Gilberto Guevara Niebla fue de los primeros en visibilizar este tema y la necesidad de la profesionalización de los maestros para poder mejorar la calidad de la enseñanza de la Matemáticas, el Español -especialmente la lecto-escritura- y las ciencias en su muy famoso artículo publicado en junio de 1991 en la revista Nexos bajo el título: México ¿País de reprobados?

            Tres décadas después y a pesar de que se han hecho esfuerzos para lograr esta profesionalización del profesorado, nuestro país sigue ocupando los últimos lugares en las pruebas internacionales y el porcentaje de estudiantes que tienen un nivel aceptable o bueno en sus aprendizajes es muy bajo tanto en escuelas públicas como privadas.

            Si bien Morin critica la reducción de la visión del profesor a la de un experto, en países como el nuestro con los grades rezagos en términos de calidad y la enorme desigualdad que muestra un tremendo reto de equidad educativa, resulta evidente que contar con profesores mejor formados en lo profesional, más expertos en lo que enseñan y en cómo lo enseñan es una condición necesaria, si bien no suficiente para poder contribuir al desarrollo de México.

            La (contra) reforma educativa actual enarbola la bandera de la revalorización del profesorado pero en los hechos esta revalorización parece significar un retorno a la visión del docente como funcionario no del Estado sino de un gobierno en particular y por la muy escasa sino es que nula actuación de la comisión nacional responsable de la mejora continua de nuestra educación (MEJOREDU), también una renuncia a la visión de profesionalización docente necesaria para contar con expertos en las distintas asignaturas y niveles con la formación en lo pedagógico para poder facilitar los aprendizajes de las mismas.

            La situación crítica tan prolongada en la que nos hizo entrar y nos mantiene aún la pandemia del llamado COVID-19 está haciendo más visibles, amplificando los grandes problemas y rezagos de la educación nacional.

            En este contexto de crisis, con las escuelas cerradas y la educación a distancia, el trabajo de los profesores se ha hecho más difícil y desgastante pero al mismo tiempo más necesaria y urgente para lograr que no tengamos generaciones totalmente perdidas en términos de aprendizaje y desarrollo, no solamente en las asignaturas de carácter técnico o científico sino también en las que se ocupan del desarrollo físico, socioemocional, ético y cívico.

            Así como las generaciones de estudiantes de estos tiempos difíciles y dolorosos para el país y para el mundo llevarán esta marca en sus historias de vida y por más que en algún momento retornen a las aulas físicamente ya no serán los mismos que antes del 2020, también los profesores de esta época históricamente marcada por la enfermedad, el dolor, la muerte y el crecimiento terrible del número de pobres en el país tienen una tarea mucho más retadora y socialmente necesaria para garantizar que este país tenga un futuro viable.

            Como afirma Morin en el epígrafe de este artículo, hoy más que nunca la enseñanza debe volver a ser no solamente función o especialización o profesión sino una tarea de salvación pública, una misión.

            Por supuesto no estoy hablando del retorno a las misiones culturales de Vasconcelos y a la visión del magisterio como misionero en ese sentido clásico del término. Se trata de generar las políticas y las condiciones estructurales en la política educativa y de poner individualmente todo el esfuerzo necesario para contar con profesionales reflexivos,  expertos de la mejor calidad y con seres humanos hondamente comprometidos con esta tarea de salvación pública que no solamente sobrelleve la pandemia y regrese después a la normalidad por más nueva que sea, sino que aporte un trabajo tan eficiente y significativo que pueda transformar nuestro sistema educativo y nivelar las condiciones sociales que se están volviendo cada vez más desiguales.    

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