La vida después de la pandemia

Miércoles, Octubre 21, 2020 - 20:29

Es natural la incertidumbre ante la nueva normalidad, incluso temor y pesadumbre

En esta ocasión, quiero abordar las secuelas individuales y sociales de la pandemia desde una perspectiva de fe cristiana. Y por ello evocaré algunas de las palabras del papa Francisco en torno a las actitudes que nos convendría asumir después de que hayamos emergido de nuestra confinación y distanciamiento social.

Dicen los evangelios del Nuevo Testamento que Jesús, después de resucitar, se apareció en varias ocasiones a sus discípulos para animarlos y consolarlos. Obviamente estaban desolados, medrosos y desanimados porque no creían que el Maestro había resucitado, como lo había prometido antes de su pasión y muerte.

Es natural que también nosotros, todavía con la incertidumbre respecto al regreso seguro a la nueva normalidad, experimentemos temor y pesadumbre, y en caso de haber perdido a un ser querido, tristeza y desconsuelo.

Jesús se manifiesta resucitado y triunfante de la muerte para alentar y reanimar la fe de sus discípulos y recordarles que la vida continúa más allá de la muerte. La vida no se acaba, solo se transforma.

Muchos de nosotros hemos estado confinados durante más de cinco meses por causa de la pandemia y en algunos momentos habremos experimentado probablemente tristeza, soledad y desesperanza. Ahora empezamos a emerger como náufragos después de la tormenta. Necesitamos acompañamiento, consolación y cuidado. Aunque hemos vencido a la muerte, todavía sentimos cierta inseguridad; estamos convalecientes y deberemos reforzar nuestras defensas interiores: la confianza, la seguridad y la esperanza. 

El Papa Francisco ha estado muy al pendiente de las consecuencias del COVID 19, y ha exhortado a toda la humanidad a prepararse para reconstruir el mundo, a mirarnos nuevamente sin temor, sin caretas, sin distanciamiento, sobre todo cuando ya esté disponible una vacuna eficaz para combatir el virus.

Las secuelas sicológicas y sociales de la pandemia podrían incrementar no solo los niveles de pobreza material, sino también y como consecuencia de los primeros, los hechos de violencia, la frustración de proyectos personales y el desánimo para regresar con entusiasmo vital a la nueva normalidad.

En esta coyuntura que nos ha tocado vivir, quienes ejercemos la docencia o la atención espiritual nos corresponde particularmente acompañar, consolar y cuidar a quienes han sufrido severos desgastes y desajustes personales y familiares por causa de la pandemia. No se trata de realizar obras de caridad asistencial, sino demostrar con hechos nuestro humanismo esencial. Sería un miserable quien se atreviera a lucrar con las ayudas monetarias y materiales que otorga el gobierno o los particulares a las personas y grupos afectados por la pandemia.

Cuando Jesús cura a un paralítico, le dice que se levante y camine sin muletas. Nosotros también, después de ayudar en diversas formas a quienes han superado la enfermedad o la tristeza de ver morir a un ser querido, deberíamos animarlos a retornar a la vida cotidiana y acompañarlos con cercanía fraterna a recuperar su fortaleza interior.

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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