Prácticamente todo habrá de cambiar en paralelo con la pesadilla que es el covid a escala mundial.
La pérdida de vidas humanas es el saldo más doloroso, desde luego.
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Aquí millones de personas habrán de trabajar la parte emocional. Lo hacen ya, empujados por las tristes circunstancias. El duelo, con sus componentes de recuerdo, hábitos, cercanía, amor, vacío, soledad, tristeza.
Es válida la comparación con las huellas y secuelas de una guerra.
La economía, el terrible impacto de millones también sin empleo, o con reducción de salario y horarios. El cambio de ocupación, el empezar de nuevo. La falta de ingreso o de dinero suficiente para hacer frente a las necesidades hogareñas más elementales.
La falta de espacios laborales para profesionales o sin preparación; el vacío de ingresos frente a compromisos contraídos; las deudas y la presión para pagarlas; la frustración de estar capacitado o altamente preparado, y no encontrar ocupación.
El flanco educativo en las familias; las ilusiones de la escuela, la inercia abruptamente rota de no estar en las aulas, perder amigos, maestros, esa relación humana que genera calor, forja amistades, estrecha vínculos, deriva recuerdos. Todo se ha truncado. Partir de cero otra vez.
La revisión de vocaciones profesionales, o la reorientación de las mismas, con destinos inciertos por los costos, la calidad, las distancias, la parálisis de la economía y del mercado con profundos huecos e incertidumbre respecto de la ocupación futura de egresados de universidades.
El poder adquisitivo paupérrimo, ese combustible de la economía, que vendrá a ritmo de tortuga.
El frenón rotundo para medianos, pequeños o micronegocios. Sueños que se paralizan o volatilizan. Esos pequeños negocios, changarros o unipersonales empresas, que están ya en el asfixiante círculo vicioso: no compra la gente por la pandemia, no se surte el negocio porque no hay dinero, no se mueven las ventas por carencia de circulante.
Los empleados de negocios de servicios, de diversión o de necesidades menores. Los ingresos buenos, regulares o modestos, desaparecieron hace cuatro o cinco meses. Ni sueldos, ni comisiones o propinas. Los ahorros se volatilizan, los préstamos familiares han llegado al punto de agotamiento. Los bolsillos están rotos.
El sentimiento de frustración, la depresión, las crisis familiares o de pareja, el estado anímico a nivel del calzado, la irritabilidad, la somatización de todo esto en debilitamiento del sistema inmunológico individual, familiar y colectivo.
El fantasma de vacío, soledad, parálisis, interrogantes o tonos de incertidumbre, que recorre ciudades, pueblos, calles, rincones.
Lo que la gente piensa, rumia y se guarda. Lo que no se ventila y cuya reserva en cada humano desajusta el ánimo, impacta en el alma.
Y sin embargo, esta es la realidad, no hay otra.
Este es México y este es el mundo.
Y frente a esta realidad, más de una vez, en micro o en grandes crisis, el ser humano da lo mejor de sí. Descubre de qué está hecho.
Se da cuenta que la guarida de la aflicción, la actitud pasiva, o el canto trágico de su circunstancia para despertar la conmiseración es el peor de los mundos posibles.
En todas partes, la resiliencia es motor y trampolín.
Lo acuciante del momento, la forma brutal como espolea al hombre no es terreno para timoratos o pusilánimes.
Acorralado por la adversidad en todas sus agresivas o fatales formas, el mexicano se crece. Ni se achica ni se arredra.
Cuando aparece el letal aguijón de un dolor, una pena, una tragedia, un fracaso, de un conflicto, o una tribulación de cualquier tipo, el ingenio se aguza, la creatividad brota y adquiere dimensiones insospechadas.
Las caídas y los fracasos son el resorte que proyecta nuevos derroteros. Operan como ariete invisible pero tangible para explorar nuevos e insospechados caminos…o hacerlos.
Esta circunstancia ha sido consustancial al ser humano en todas partes. Y en todos los tiempos.
Nunca un mar en calma ha forjado buenos marineros.
Los buenos aceros se han templado siempre a fuego y golpes.
El apuro, el duro trance, y la visita abrupta de la tribulación, son el acicate para el despegue, para la imaginación, impelen a la creatividad y a la audacia, abren la puerta a riesgos pensados, inteligentes, calculados.
Frente a esta verdad que se vive, en México y el mundo, ni se vale ni se admite el temor, la postración o la autoflagelación.
Se impone ver el vaso medio lleno, y completarlo con esfuerzo, trabajo, imaginación, decisión, resolución y aplomo.
Cierro con lo que decía un señor de mi pueblo siempre que un grave problema sembraba el dolor en una familia o en la comunidad: “¡Vamos adelante…peores las he visto, y se han casado!”.