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El derecho al pesimismo, la urgencia de la esperanza | Juan Martín López Calva

Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El derecho al pesimismo, la urgencia de la esperanza

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Domingo, Mayo 31, 2020

La posibilidad antropológica, sociológica, cultural y mental de progreso, restaura el principio de esperanza pero sin certeza «científica» ni promesa «histórica». Es una posibilidad incierta que depende mucho de la toma de conciencia, las voluntades, el ánimo, la suerte... Por esto, las tomas de conciencia se han vuelto urgentes y primordiales.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 36.

Más artículos del autor

https://www.uv.mx/dgdaie/files/2012/11/CPP-DC-Morin-Los-siete-saberes-necesarios.pdf

 

Con el inicio del mes de junio, el mes que marca la mitad de este año perdido en muchos sentidos para el mundo y para nuestras vidas termina la llamada Jornada nacional de sana distancia que inició el lunes 23 de marzo. Según la cuenta de una amiga que ha ido publicando diariamente el conteo en su muro de Facebook, esto sucederá después de 72 días de encierro y paralización de las actividades consideradas no esenciales.

Sin embargo los que nos dedicamos a la educación seguiremos trabajando desde casa puesto que las escuelas y universidades son parte de las instituciones que permanecerán cerradas en principio hasta el mes de agosto, aunque el regreso para iniciar el próximo ciclo escolar está condicionado al estado del semáforo nacional sobre la enfermedad producida por el nuevo coronavirus y tendrá que efectuarse, si todo se desarrolla conforme a lo planeado, con muchas medidas de prevención que harán que la vida escolar y universitaria sea muy distinta a la que conocimos hasta antes de esta pandemia.

Muchas personas hablan en sus redes sociales de la oportunidad que ha significado esta etapa de contingencia para revalorar los aspectos esenciales de la vida, reflexionar, convivir más intensamente con la familia y hacer muchas cosas que en la antigua normalidad no tenían tiempo de hacer como leer, ver cine o series, escuchar música, etc.

La llamada dictadura de la felicidad que vivimos en nuestros tiempos voluntaristas y emotivistas nos plantea en un bombardeo constante de memes, frases románticas, consejos de superación personal, videos y canciones motivacionales y otros medios la obligación de ver positivamente estos tiempos de miedo, enfermedad, aislamiento y muerte.

Como si no existieran el temor constante a contagiarnos, la tristeza por las muertes que tocan a personas cada vez más cercanas a nosotros, la ansiedad y la depresión que empiezan a aquejar a muchas personas por el encierro, el aumento de la violencia intrafamiliar y de género y muchos otros pesares existenciales.

Como si –en el caso de los educadores y educandos- tuviésemos que ignorar el desgaste por el trabajo en casa, las clases virtuales que son doble o triplemente demandantes, la continua presión para llenar reportes, acopiar y enviar evidencias, la tristeza y la frustración de miles de estudiantes que terminaban ciclos de estudio y no pudieron tener una despedida humana, una ceremonia simbólica de cierre de sus estudios y de sus etapas vitales.

Como si fuese muy motivante saber que el regreso a la escuela y la posibilidad de convivir con nuestros compañeros y con nuestros educandos que dan sentido a lo que hacemos se ve cada vez más lejos y más lleno de restricciones.         

Dicen con razón que un pesimista es un optimista bien informado y quienes estamos medianamente bien informados cuando no ahogados por la avalancha de hiper-información sobre a situación que estamos viviendo en el mundo, no tenemos muchos motivos para sustentar y experimentar el optimismo.

En su libro El valor de educar, el filósofo y escritor vasco Fernando Savater dice que los educadores tenemos que ser optimistas y que si no, deberíamos dedicarnos a otra cosa. Yo no estoy de acuerdo con esta afirmación porque me parece que los educadores debemos estar bien informados y ser conscientes de los problemas, desafíos, contradicciones, injusticias, exclusiones y desigualdades que se viven en la sociedad y que se reflejan en la escuela y la universidad y eso no permite en general abrigar el optimismo.

De manera que, disculpándome de antemano con mis cinco lectores, este artículo es una defensa del derecho de los educadores al pesimismo. La realidad que hoy vivimos es lo bastante dura y cruel como para justificar este derecho. En las condiciones actuales me parece que ser optimista tiene mucho más que ver con evasión de la realidad, con ingenuidad o con un voluntarismo superficial que con una actitud sustentada y consistente.

Un mundo amenazado por la pandemia más grande de los últimos tiempos, una crisis económica y social derivada de esta contingencia que dejará muchos millones más de pobres que los que ya teníamos, una situación política en la que el gobierno y sus simpatizantes al igual que los opositores débiles y anacrónicos no entienden que no entienden y siguen enfrascados en una batalla estéril, un sistema educativo que recuperó la calma de la mediocridad porque la nueva reforma regresó todo al viejo sistema de baja complejidad son motivos suficientes para reivindicar el derecho a ser pesimistas.

Sin embargo, como lo he escrito en muchas ocasiones los educadores somos los profesionales de la esperanza y reitero aquí que el derecho al pesimismo no sólo no permite perder la esperanza sino que la vuelve una urgencia.

La esperanza no es igual que el optimismo. La esperanza es la convicción profunda de que existe una posibilidad antropológica, sociológica, cultural y mental –y espiritual- de progreso para la humanidad a pesar de que no tenemos certeza científica ni histórica de que este progreso tenga que ocurrir necesariamente.

Se trata de una posibilidad incierta que depende de muchos factores entre los cuales uno muy importante es la toma de conciencia. Desde y para esa toma de conciencia debemos educar hoy teniendo como finalidad que los futuros ciudadanos se hagan cargo de la realidad compleja y preocupante que les toca vivir.

“Lo que conlleva el peor peligro conlleva también las mejores esperanzas…” dice Morin. Los educadores tenemos hoy todo el derecho al pesimismo pero también necesitamos asumir la urgencia de la esperanza ante el peligro que vivimos y convertir nuestra labor educativa en una apuesta que confíe en lo inesperado y trabaje por lo improbable, según las palabras del mismo pensador francés.

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