“En pocos asuntos, el Estado se enfrenta a cuestiones trascendentes – a través de los ministerios de educación que con en realidad ministerios del futuro-, como cuando se trata de responder al para qué de la educación… el ámbito de la política educativa es el único donde el Estado se define a sí mismo como entidad de valores, toma consciencia de su identidad como guía del país, se confronta con los grandes asuntos del hombre y de la sociedad y, por un momento, se aparta del obligado pragmatismo de su hacer cotidiano…” Pablo Latapí Sarre. Educar, ¿para qué? En: Finale prestísimo. Pensamientos, vivencias y testimonios, p. 30.
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Reanudo con esta colaboración mis entregas semanales para e-consulta con el gusto de estar nuevamente en contacto con los lectores y mi agradecimiento por el espacio que este importante medio periodístico me brinda. Lo hago en un momento especialmente significativo para el país, dado que estamos viviendo una –muy larga- transición entre el gobierno del presidente Peña Nieto, que se encuentra prácticamente borrado del mapa y terminará con ínfimos niveles de aprobación social y una cauda muy larga de escándalos de corrupción y malos resultados en muchos ámbitos, y el de Andrés Manuel López Obrador, que asumirá el poder con una gran legitimidad otorgada por el alto número de votos obtenidos en la elección, la gran diferencia respecto a los otros candidatos y el triunfo también arrollador de su movimiento en el Congreso y un gran número de gubernaturas y alcaldías.
En este tiempo entre las elecciones y la toma de posesión, el virtual presidente electo y los miembros de su equipo cercano y del futuro gabinete ya designado han estado trabajando en la planeación de las líneas centrales del nuevo gobierno que entrará en funciones el próximo primero de diciembre. Dentro de estas líneas, la educación debería ocupar un lugar fundamental.
Como afirma Latapí en la cita que sirve de epígrafe al artículo de hoy, en pocos asuntos, muy pocos diría yo, el Estado se enfrenta a cuestiones verdaderamente trascendentes como cuando se trata de contestar a la pregunta por el para qué de la educación, es decir, cuando se tienen que definir las finalidades del proceso educativo en todos los niveles, pero sobre todo en la educación básica y media superior que son los niveles que deben aportar los elementos esenciales a los futuros mexicanos para que sean capaces de construir un proyecto de vida personal fructífero y vivir una ciudadanía responsable y constructiva.
Porque la Secretaría de Educación Pública es el ministerio del futuro, la instancia que debe encargarse mucho más allá de la administración y el control del sistema escolar, de la definición de las finalidades de todo el proceso formativo para responder, desde la propuesta de qué país queremos construir, el sentido de la educación que necesitamos para apuntar hacia este proyecto de nación, desde la definición clara de un perfil del mexicano del futuro que cuente con las herramientas teóricas, metodológicas, prácticas, éticas, sociales, culturales y espirituales para contribuir a esta construcción que requiere del concurso de todos.
Para lograr esta tarea es necesario que como dice Latapí, el gobierno se aparte “por un momento del pragmatismo de su hacer cotidiano” y se confronte de manera seria, sistemática, científica, interdisciplinaria, con los grandes asuntos del hombre y de la sociedad, con los desafíos del hombre y de la sociedad global del siglo veintiuno y se asuma como “entidad de valores” para definir los principios básicos comunes que deberán guiar el proceso educativo de las nuevas generaciones, tomando en cuenta la pluralidad y la diversidad política, social, cultural, ideológica y religiosa que conforma la sociedad mexicana actual.
Ojalá el próximo titular de la SEP asuma esta visión y no realice la tarea de revisión de la reforma educativa desde el mero pragmatismo político obligado por su hacer cotidiano sino desde el análisis profundo de estos grandes asuntos humanos y sociales que toquen el fundamento y las finalidades de la educación de nuestro país.
No se trata desde luego de una tarea que inicia de cero, no estamos frente a la misión de la “invención del hilo negro”. Existen ya en los documentos de la reforma educativa actual y en los del Nuevo Modelo Educativo para la educación obligatoria, muchos elementos que apuntan a esta definición. Habrá que retomarlos y revisarlos a la luz de la nueva etapa que inicia en el país.
Uno de los ejes centrales de la propuesta del gobierno electo tiene que ver con la preocupación por combatir la pobreza, la desigualdad y la corrupción y con la creación de una visión más austera del servicio público –que podría extenderse hacia una visión también más sustentable y austera de la vida social-.
Otro de los ejes es una visión nacionalista que propone revalorar nuestra riqueza natural y cultural. Estas dos líneas pueden resultar muy positivas en la definición del para qué de la educación nacional en esta nueva etapa, para trascender las presiones internacionales que están apuntando a una educación meramente centrada en el mercado y en la capacitación técnica.
La educación debe preparar a los futuros ciudadanos para adaptarse al mundo en el que les toca vivir y en este sentido es importante no desechar las finalidades educativas orientadas a esta capacitación técnica y a la formación de personas aptas para el mercado global competitivo en el que les toca vivir a las generaciones actuales y futuras de mexicanos.
Pero la educación tiene también que formar a los futuros ciudadanos para ser capaces de adaptar el mundo en el que viven y volverlo un lugar más justo, democrático, pacífico y fraterno. Por esta razón resulta importante que las finalidades de la educación incluyan como elementos relevantes la formación humana integral, la formación de ciudadanía democrática y el desarrollo de una conciencia social eficiente.
Ojalá que el futuro gobierno, a través de la SEP asumida como un verdadero ministerio del futuro asuman este compromiso y logren una revisión y definición del para qué de la educación que equilibre estos dos vectores fundamentales.