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OPINIÓN

Educación, testimonio y agencia

El acto de escribir como hacer conocer la voz de quienes no la tienen. En la educación hay algo así.

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 16, 2018

 

Para Mariana, a nueve años de su segundo nacimiento.

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Para Luis Alberto Urrea, reconocido poeta y escritor, profesor de literatura en la Universidad de Illinois en Chicago, escribir es una forma de testificar, un acto que implica ser testigo de la existencia de muchas personas que pasan por el mundo sin dejar huella.

Esta noción de la escritura -planteada por Krista Tippett en el episodio del Podcast On being por el que tuve la oportunidad de conocer un poco de la vida y el pensamiento de este autor estadounidense de origen mexicano- tiene su origen en una anécdota que Urrea cuenta en esta entrevista que puede escucharse en: https://onbeing.org/programs/luis-alberto-urrea-what-borders-are-really-about-and-what-we-do-with-them-jul2018/

El escritor caminaba una vez por los cerros del norte de Baja California, cerca de Tijuana, tomando notas para su diario cuando se cruzó con un hombre todo cubierto de lodo que empezó a observarlo mientras escribía. Se le acercó y le preguntó lo que hacía. Urrea le respondió que estaba escribiendo su diario y él le dijo: “Eso es bueno. ¿Y qué es un diario?” a lo que el joven le contestó que era un cuaderno en blanco en el que se escriben cosas. ¿Qué escribes? Le preguntó. “Cosas que veo o que hago, llevo un registro”. Entonces el hombre le cuestionó: “¿Escribes sobre mí?” y él le respondió que probablemente lo haría. Ese fue un momento en el que dice Urrea, él estaba muy cerca de aquél hombre y su sentir era confuso pues no sabía si él lo iba a abrazar o a golpear. De pronto el hombre se volteó a mirarlo a los ojos y le dijo: “Oh, eso es bueno, es bueno. Escribe sobre mí. Porque yo nací en la basura, he pasado toda mi vida pepenando en la basura y cuando muera, me van a quemar en la basura. Escribe sobre mí, díles que yo estuve aquí”.

Un hombre nacido en los basureros de Tijuana, que pasaría toda su vida en esos basureros y moriría para ser quemado allí mismo, sin dejar ningún rastro de su paso por el mundo, ninguna huella de su vida en este planeta. Un hombre como muchos millones que forman parte de esta especie humana que a pesar de que tiene en lo más profundo de su ser el deseo de vivir y trascender, se ve obligado por las circunstancias en las que nace y se desenvuelve, a conformarse con la batalla diaria por sobrevivir, sin ninguna esperanza de construir un proyecto de vida humana y de realizarse a partir del desarrollo de sus potencialidades.

Todos estos millones de personas están clamando por alguien que escriba sobre ellos, que pueda decirles a todos que estuvieron aquí, que existieron, que desearon la felicidad, que sintieron la necesidad muchas veces insatisfecha de ser amados por alguien, de compartir la vida con otros, de disfrutar de la belleza, de aspirar a la realización de sus sueños, de poder al menos tener sueños.

Por eso para Urrea la escritura es un acto de testificar, una forma de dar testimonio de que toda esa gente estuvo aquí, está aquí y nos interpela como sociedad, como humanidad. El escritor está llamado a dar voz a todos estos seres humanos que no tienen voz, de crear la biografía de todas estas personas que no tienen la posibilidad de escribir su propia biografía.

En estos tiempos de masificación y despersonalización existen muchísimas personas que se encuentran en la situación del pepenador de basura que pidió a Urrea contar su paso por el mundo. No solamente los millones que viven en situación de pobreza, marginación y olvido sino todos los que teniendo acceso a los satisfactores básicos o incluso contando con un exceso de posesiones materiales, viven una existencia gris y sin sentido, una vida que no dejará ninguna huella sobre el planeta.

¿Por qué tocar este tema en un espacio dedicado a la educación?

Porque así como los escritores, como dice Urrea son testigos profesionales que se dedican a contar la vida de todos aquéllos que pasan desapercibidos para el resto del mundo, los educadores son también testigos profesionales pero en un sentido distinto.

Porque los educadores son testigos que deben comunicar con su propia vida el llamado y el compromiso que todo ser humano tiene para construir su propia existencia, una existencia que sí deje huella en el mundo que se habita y que aporte elementos para que el mundo sea distinto.

Quienes nos dedicamos a la formación de las nuevas generaciones tenemos un compromiso que va mucho más allá de la enseñanza de ciertos contenidos de una materia específica. Porque como afirma Savater, educar es enseñar a las nuevas generaciones en qué consiste ser humano y el elemento central de toda vida realmente humana consiste en que no está escrita o predeterminada –como desafortunadamente estaba en gran medida la del pepenador de la anécdota- sino que es una especie de diario en blanco que se tiene que ir escribiendo día a día.

Un aspecto central en el enfoque de capacidades para el desarrollo humano que aporta la filósofa Martha Nussbaum es el concepto de agencia. El educador debe mediante su testimonio y su acción pedagógica desarrollar la agencia en sus estudiantes, es decir, la capacidad fundamental para hacerse cargo de su propia vida, para ser los protagonistas de su propio drama, los pilotos que lleven el timón que marque el rumbo de su propia historia dentro de la historia de la humanidad.

Esta dimensión fundamental de la educación para la vida que lleva a los estudiantes a convertirse en agentes de su propio destino y a combatir la fatalidad que les pretende imponer su contexto familiar, social, económico y cultural, tiene por un lado la faceta interior que implica la toma de decisiones sobre la persona que se quiere ser y por otra parte y de manera simultánea, la faceta exterior, que implica definir la huella que se quiere dejar en el mundo, el ámbito en el que se desea contribuir a la transformación de la sociedad en la que se vive.

“No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido” decía Pedro Arrupe, S. J. Prepósito general de la Compañía de Jesús entre  1965 y 1983.

Esta es una expresión que sintetiza la capacidad de agencia que requiere promover un educador mediante su testimonio y su trabajo profesional: formar personas que escriban y cuenten su propia historia y al mismo tiempo, formar seres humanos que dejen una huella en el mundo en el que viven.

Nota: Con motivo de mi receso vacacional de verano, mis colaboraciones en e-consulta tendrán un receso de tres semanas. Espero reencontrarme con mis lectores a partir del lunes 6 de agosto.

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