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OPINIÓN

¿Normalidad electoral?

Final feliz con excepción de Puebla. Buenos perdedores. La violencia y su haz de muerte.

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Julio 4, 2018

Desde el punto de vista de las elecciones democráticas, la jornada del 1 de julio tuvo un final feliz (con alguna excepción, como Puebla): los perdedores aceptaron su derrota, el triunfador festejó, y no hubo dudas sobre el resultado. Se dieron múltiples alternancias sin mayor problema. Pero esto no significa que la democracia mexicana sea una democracia madura. Se conjuntaron al menos tres factores para dar lugar a este final: amplísimo margen entre el ganador y el segundo lugar, buenos perdedores, y ganó un partido de oposición.

Estos tres factores faltaron en 2006. Habrá distintas apreciaciones entre las dos elecciones. Para algunos la de 2018 fue limpia y la de hace doce años un robo. Para otros, simplemente ahora el margen de triunfo fue muy grande, perdió el partido en el poder, y los perdedores fueron buenos perdedores.

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De cualquier manera es bueno darle la vuelta a la página, dejar atrás las elecciones y pasar a lo que sigue, la formación de los nuevos gobiernos. Así como los discursos de Meade y de Anaya mostraron que saben perder, el de López Obrador fue el de un buen ganador. En un sentido concreto: llamó a la unidad. A dejar atrás las discordias electorales y a trabajar por el país. El poder parece caerle bien. El triunfo le cambió la expresión y el ánimo. Se le notan las ganas de estar en la presidencia. Lo que sin duda es bueno, pues nada sería peor que un presidente desganado.

Si la jornada electoral tuvo un final feliz, no puede decirse lo mismo del proceso electoral en general. La OEA calificó a estas elecciones mexicanas como las más violentas en la región. Más de 100 asesinatos políticos, prácticamente todos impunes. Un tema más en la complicada agenda de los próximos gobiernos.

Pero viene ahora lo que más preocupa a los críticos de López Obrador, el ejercicio del poder. Todas las encuestas serias señalaban que ganaría. Pocas con un margen tan amplio. No hubo gran sorpresa en el resultado. Las incógnitas están en cómo gobernará, si estará a la altura de las expectativas que generó.

La situación recuerda el doble significado que en español tiene la palabra “ilusión”: la primera es sinónimo de ideal, valor, aspiración; la segunda, común a todas las demás lenguas europeas, de engaño, de aquello que hacen los ilusionistas: engañar a los sentidos, hacernos ver como ciertas cosas que no lo son. Hay una enorme ilusión en el triunfo del candidato de MORENA. Queda por ver en qué sentido.

Queda por ver qué pasará con los muchos cargos de elección popular que ganó MORENA. Tendrá mayoría en las dos cámaras federales y al parecer en 19 locales. Además gobernará un gran número de municipios. No es claro el perfil del nuevo partido, que ni siquiera parece considerarse un partido, sino un “movimiento”. Hay en él muchos experredistas y expriístas. En Puebla, por ejemplo, el congreso y los municipios más importantes serán gobernados por morenistas. ¿Cambiarán la dinámica de estas instituciones? ¿En qué sentido? ¿Habrá avances en la resolución de los grandes problemas nacionales y locales, como la inseguridad pública y la violencia?

En lo que se refiere a la elección de gobernador, el caso poblano ha llamado la atención. Asesinatos, balaceras, robo y quema de urnas, presuntas mapacheras. Cosas que no veíamos desde hace décadas, cuando el PRI hegemónico se negaba a morir. Una realidad inesperada y muy lamentable. Es de esperarse que se aclare, por el bien de todos.

Pasó casi desapercibida una declaración del dirigente nacional priista, René Juárez, en el sentido de que su partido deberá hacer un análisis cuidadoso de su derrota. Lo mismo deben hacer los otros dos partidos que iniciaron el siglo XXI mexicano y que son, junto con el PRI, los grandes derrotados de esta elección, el PAN y el PRD. En algunos casos no tendrán que buscar mucho. Las causas por las que los ciudadanos les dieron la espalda son claras: miembros de esos partidos les dieron la espalda a los ciudadanos, al centrarse en su interés particular y no en el interés público. Veremos si son capaces de ese análisis.

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