Lo que sucedió estaba muy perfilado y muchos no lo querían ver. Le cerraban la puerta a la realidad. O cerraban los ojos. Las encuestas lo repetían de modo insistente y coincidente. Ominosamente para unos, realistamente para otros.
Pero esa realidad se apersonó derribando puertas. El primer signo fue la cantidad de votantes. Las cifras lo habrán de decir. Pero yo jamás en la vida había visto tales concurrencias, en algunos casos multitudes en las casillas. A media mañana del domingo, después de votar –lo que me ocupó una hora exacta- yo creí ver eso como una sublevación cívica.
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Me formé en la cola de unas doscientas personas por ahí de las 9 de la mañana. Y cuando salí de la casilla, otras doscientas cincuenta estaban atrás de mí.
Por la noche recorrí algunas casillas y, ya tarde, aún no colocaban las “sábanas” con los resultados del conteo. Los medios trajeron la noticia principal, el contundente triunfo de López Obrador. Apabullante. Una aplanadora. PAN, PRD y PRI quedaron hechos añicos.
AMLO refrendó su genio y figura por la noche. El discurso formal, leído y con tono y contenido presidencial ya. Prosa con mesura, texto cuidado. No faltó a su línea, pero moderó el tono, como correspondía a la investidura de presidente electo. Es un tipo que sabe jugar perfectamente con roles y tonos, formas y acentos.
Después lo suyo, el discurso en la plaza pública. Más suelto, más en su estilo. No lanzó condenas. Calentó a la multitud como él bien sabe. El zócalo de la CDMX casi lleno. Otra vez ese imán verbal que conecta emociones. Pero ahora con el tono de la seguridad que da la victoria. La emoción bien contenida que no se quebró. Tampoco brotó el llanto. Y cerró con gratitud a los millones que lo siguen: “amor…con amor se paga”, les dijo.
Tuvo un agradecimiento público para Peña Nieto, quien le llamó antes para felicitarlo. Le reconoció la atención y el respeto por reconocer los resultados. Destacó lo distinto de este comportamiento al de presidentes anteriores. La gratitud fue tan simple como eso. Lejos de la adulación.
Y luego el anuncio de un encuentro con el presidente en el Palacio el martes 3, para empezar a afinar la transición. Peña fue simplemente sensible a una realidad imbatible. Sensibilidad que no tuvo tres días antes, cuando hizo falta el estadista que pusiera bálsamo verbal a las horas de incertidumbre previas a la elección. Ahí falló Peña.
No apareció el presidente para infundir confianza, respeto y paz frente a barruntos de violencia en el país. La contienda había calentado ánimos, desató especulaciones, tensaba las horas previas a la elección. Ese ingrediente, el de especulación y los díceres anónimos, tan manipuladores cuanto provocadores, requería la atemperada voz presidencial.
El estadista nunca llegó. Y la noche del domingo apareció tarde, hasta después que lo hizo el presidente Trump. Pero llegó por lo menos…
En política es tan importante el hecho como el momento preciso del mismo. La oportunidad de una presencia, un mensaje, un acto de gobierno, es fundamental. La forma es fondo. Un político sabio huele la oportunidad, la calibra, y la aprovecha.
Vendrá el tiempo de gobernar para Andrés Manuel. Ese papel implica otras condiciones, reclama otros deberes, impone otras formas. Es el momento duro de la realidad. Pasó la poesía, viene la prosa.
Y mientras, en Puebla la incertidumbre sigue. Ésta, rodeada de nubarrones de sospecha.
La noche del domingo se desataron severos temores de que un gigantesco fraude está en ciernes. Un abierto y rudo contraste con el oleaje que sacudió al país y a Puebla misma con la copiosa votación para Amlo. Sencillamente no se concibe que la abultada votación morenista no guarde correspondencia alguna con la que suma Barbosa.
La recopilación y suma de votos se cobija al amparo de la noche dominical. Una densa noche llena de sospechas, temores, dudas y especulaciones. En Morena, desde semanas atrás se olfateaba un apenas disimulado colaboracionismo del candidato Doger con la señora Martha Erika Alonso de Moreno Valle.
Las encuestas, con el candidato priista muy al fondo del sótano, configuraban la posibilidad de un arreglo cupular de ambos contra Barbosa. Tal creencia se extendió firmemente entre muchos priistas. Y los hechos nunca lo desmintieron.
Lo que sucede en Puebla a partir del recuento de votos, ha levantado una montaña de sospechas con siniestro presagio: el despojo de un triunfo de Barbosa, o el propósito de reventar la elección con igual desenlace tras bambalinas electorales. No olvidar que el órgano local responsable de la elección está controlado.
Sólo que parecen olvidar que un eclipse de poder está ocurriendo. Los árbitros de ayer ya no son los de mañana. La correlación de fuerzas ha cambiado con el triunfo de López Obrador y, ese factor tendrá que llevar a pensar dos veces a los protagonistas de una maniobra así.
Para empezar, el PAN de Anaya queda desarticulado; Anaya mismo –ninguneado en Puebla- tendrá escasa voluntad de defender a su candidata en Puebla, máxime que no es nada buena la relación de él con Moreno Valle.
Por otra parte, al gobernador Gali como responsable político de la elección en su estado, y sumado a la disciplina de otros seis gobernadores panistas para buscar una nueva alianza con Amlo, poco grato le resultará debutar con un conflicto frontal con el presidente electo. Sería un gravísimo error político.
Ese interregno que vive el gobernador Gali, acaso sea la hendidura que haga de su relación con su antecesor el principio natural de un destino divergente. Para Gali también él árbitro ya cambio. Otros ojos lo miran de cerca y le empiezan a llevar la cuenta a partir de este día.
Y Barbosa, tocando las puertas de la gloria, no dudará en mover todo cuanto sea necesario para impedir una maniobra truculenta y escandalosa que le quiere arrebatar en la mesa lo que muy probablemente ganó en las urnas.
Las huestes de Andrés Manuel en el país, que suman millones, disfrutan las mieles del triunfo a partir de ahora.
Los poblanos, desde la espesa negrura de la noche dominical, aguardan y temen un tremendo lunar canceroso que los señale con índice de fuego en el mapa nacional.