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OPINIÓN

Uno no siempre dice lo que quiere

La criticidad contra el statu quo. Necesidad de mirar las circunstancias. A veces silencio y llanto

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 11, 2018

“Uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede…”[i]

 

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El viernes pasado durante la presentación del libro Políticas públicas, educación y cultura del Dr. Pedro Flores Crespo en la UPAEP, una estudiante de posgrado muy consciente y comprometida con la necesidad de transformación de nuestro sistema educativo tuvo una intervención en la que comentó la dificultad de expresar cualquier tipo de crítica por el talante vertical, autoritario y muchas veces represivo de la sociedad en la que vivimos.

Este comentario siguió al de otro profesor experimentado, que planteó una experiencia de su institución en la que se evidenciaba la falta de criticidad de sus colegas y la aceptación ciega de todas las propuestas y modelos pedagógicos, curriculares o administrativos que vienen “de arriba”, de la autoridad educativa que cuando propone, prácticamente impone.

La pregunta de Mariela –así le nombro aquí para resguardar su identidad dado que no cuento con su permiso para mencionarla- se dirigía al autor del libro para cuestionarlo acerca de cómo podemos ser agentes de cambio en una realidad en la que cualquier cosa que expresemos que no coincida con lo que viene de la autoridad puede costarnos el trabajo y como el empleo no abunda en este país, hay que pensar mucho antes de lanzarse a hacer planteamientos críticos de lo establecido, aunque se hagan con la mejor intención de mejora y sin ningún ánimo destructivo o de ambición personal.

En efecto, como dice el poema de Benedetti, uno no siempre hace lo que quiere y en el contexto de esta conversación que relato, uno no siempre dice lo que quiere, porque la realidad impone siempre restricciones a lo que uno piensa o desea.

“Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere”.

Es muy natural pensar como Mariela y creer que la criticidad requiere de condiciones ideales de apertura y de un terreno fértil de pluralidad para poder florecer, expresarse y plantear cuestionamientos, reflexiones, juicios que rompan con lo establecido y ayuden a generar ideas renovadoras para contribuir a mejorar las realidades en las que vivimos para hacerlas más humanas, democráticas y justas.

Pero el pensamiento crítico, como todo lo humano, incluyendo la libertad, no encuentra nunca las condiciones más idóneas para florecer. Por el contrario, precisamente en los contextos difíciles y llenos de obstáculos es donde el pensar críticamente puede y debe emerger, donde resulta más necesario.

Una vez que surge, a partir de todos los obstáculos o las realidades negativas y restrictivas que se viven, el pensamiento crítico tiene que encontrar los cauces adecuados para ponerse sobre la mesa de la discusión.

¿Cómo podemos hacerlo?

Una de las características del pensamiento crítico según el filósofo estadounidense Mathew Lipman es precisamente la sensibilidad al contexto. Un pensador crítico debe desarrollar esta característica clave que le permita captar y entender las dinámicas y las fuerzas encontradas que están presentes en cada realidad concreta para poder buscar los momentos y las formas más adecuadas para expresarse de manera estratégica, es decir, buscando ser comprendido y sembrar posibilidades de cambio más que un simple ruido o conflicto.

El pensador crítico es sensible al contexto y por ello trata de encontrar o de construir los espacios, los momentos, las oportunidades y las condiciones propicias para poder aportar elementos disruptivos para el cambio.

De manera que un pensador crítico auténtico no es un generador de conflictos o un rebelde sin causa sino una persona que busca hablar en verdad, buscar lo que realmente conviene o funciona, lo que aporta además de preguntas incisivas, agudas y asertivas, elementos de prueba o evidencia de lo que está mal, de lo que es necesario transformar si se quieren mejorar las cosas.

Esto no quiere decir que un pensador crítico no tenga que vivir eventualmente conflictos o situaciones de incomprensión o desagrado, puesto que la verdad, como bien dice el dicho popular, “no peca pero incomoda”, sobre todo al que ostenta el poder y se siente amenazado por cualquier cuestionamiento al estado actual.

Pero el verdadero pensamiento crítico, más que buscar el conflicto, intenta generar incomodidades productivas, desajustes constructivos, ruidos generadores de dinámicas de cambio.

Cuando esta aportación no es viable, al pensador crítico le queda al menos la postura que plantea el poema: no hacer o no decir lo que no quiere. Porque uno no siempre puede hacer o decir lo que quiere, pero siempre tiene el derecho de no hacer o no decir lo que no quiere o lo que considera éticamente inaceptable.

“…porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.
Llorá
pero no olvides”.

Y en última instancia, al pensador crítico, comprometido con el cambio le queda la opción de llorar, de padecer la injusticia antes que cometerla, de sufrir las consecuencias de su hacer y decir antes que traicionar o traicionarse.

No es lo común en nuestros tiempos, en esta época del sálvese quien pueda. Pero Mariela y muchos otros profesores críticos son ejemplo de esperanza para el cambio a pesar de que lo de hoy, sea la aceptación ciega o la traición conveniente.

 

[i] Todos los fragmentos citados textualmente están tomados de: Mario Benedetti. Hombre preso que mira a su hijo (ver aquí la referencia).

 

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