No hay la menor duda de las bondades de un debate en la lucha de las ideas. Con todos sus defectos es una herramienta indispensable. Y una de las características del modelo que se ha usado en esta campaña presidencial es que los actores, en general, han estado por debajo de las expectativas.
Por varias y diferentes razones. Así, groso modo, no faltarán personas a quienes los debates les hayan provocado más confusiones de las que tenían antes.
Más artículos del autor
Y es que la pantalla de la televisión agiganta defectos o empequeñece actitudes. Es una suerte de microscopio que utilizan millones de ojos. Y es también, ante todo, un escenario teatral. No es una sala de conferencias, ni un salón de clases, ni un parlamento.
Y entonces, nuestros protagonistas, no avezados en este ejercicio, o no preparados para la ocasión como debiera ser, se van por caminos laterales. Y es por ello que vemos fragmentos de la discusión que se quedan en el terreno de lo emocional y no generan ideas persuasivas.
Con frecuencia derrapan en la crítica circunstancial, parcial, superficial. O en las ocurrencias.
Los medios, o buena parte de ellos, azuzan al público para arrancar juicios sobre un ganador. Y eso, en estricto sentido no se puede dar. En primera porque no se trata de una carrera de cien metros, ni se tienen mecanismos de medición precisos, y entonces se pueden dar evaluaciones subjetivas o tramposas, parciales o manipuladas.
Con elemental sentido común, lo visto por la televisión en este segundo debate, nos muestra que Anaya y Meade son personajes disciplinados y estudiosos para esta clase de vivencias. Dieron evidentes muestras de preparación, argumentativa e histriónica. Eso no tiene discusión.
López Obrador es un dirigente que no se mueve con soltura en este tipo de foros. Se le aprecia incómodo, lento, y a veces hasta pobre. No exhibe preparación, eso queda claro.
Y El Bronco transmite la impresión de que él está ahí como un favor hacia su persona y para cumplir un encargo. Y en esa tarea lo hace bien, devenga justamente los términos del contrato.
Ricardo Anaya, con una gran habilidad verbal y teatral, estupenda memoria y creatividad escénica, luce enormidades en ese marco. Lo mata su sonrisa entre sardónica y autosuficiente, sobrada. Y con eso atropella burdamente la credibilidad que se afana por ganar.
Se le ve burlón, infantil, inmaduro. Puede ganar dos o tres puntos, como en el primer debate, pero, según mi impresión, no seduce con eso a las multitudes que ven la televisión. Dudo que luego de los debates salga con un gran cargamento de confianza.
Y un líder tiene que convertir su seducción en confianza. Si no, se queda sólo en un virtuoso actor. El liderazgo es otra cosa, tiene otro sustento y componentes.
Meade es el prototipo del profesional aplicado. Un tecnócrata digamos que brillante. Se desplaza con la maestría de un académico en las aulas de una universidad. Tiene la cadencia para impresionar a economistas, quizá a empresarios o banqueros, pero con todo ello no conecta con Juan Pueblo.
Su escenario natural son foros como este que vimos en la televisión. Luce ahí, y luce bien. Pero su lenguaje corporal, facial sobre todo, no tiene el ropaje de un líder. Se exhibe conocedor, dedicado, empeñado en desarrollar los temas encomendados. Todo esto muy bien.
Pero carece de ese algo que tienen los líderes. Tiene más la pasta y empaque de un gerente sumamente exitoso. De un director de empresa que conoce el terreno que pisa porque lo ha estudiado, repasado. Exhibe diplomas que así lo atestiguan. Se come a sus adversarios con su hoja de servicios.
Pero, para decirlo coloquialmente, no levanta… ni un clip. No conecta… ni una plancha. No mueve… ni un coche en bajada. Y eso se pone en evidencia en los mítines o actos masivos. Los asistentes no se prenden y se van con un gozo artificial, entre obligado y cortés.
Andrés Manuel no sale bien en este tipo de encuentros. Porque para pararse ahí se requiere disciplina, dedicación, estudio y trabajo. Y los resultados brotan: se desenvuelve con limitaciones casi de todo tipo. Lo suyo no es esto. Pero para su fortuna tiene de sobra lo otro.
En medio de las multitudes tiene un desempeño escénico excepcional, superior a los demás con creces. Ahí radica su innegable liderazgo y su elevado puntaje sostenido en las encuestas.
La perfección no existe. Estos personajes que hemos visto en los debates acaso muestran con buen grado la realidad política del país. Por un lado un liderazgo social conquistador de masas pero incompleto. Carente de ese, en estos tiempos, exigible grado de preparación académica y dominio en escena.
Y, por el otro lado, un nivel teórico y apostura social que no desmerecería en Versalles, probablemente. Pero huérfanos de contacto y raigambre con las mayorías de este país llamado México. Y esas multitudes… no se mueven en Versalles.