El largo período electoral mexicano dividido artificialmente en pre-campañas, inter-campañas y campañas ha ido generando una creciente polarización entre los candidatos, partidos y ciudadanos.
El enojo, la rabia, la rebeldía, el hartazgo de la gran mayoría de los ciudadanos frente a la realidad nacional plagada de violencia, corrupción, impunidad, desigualdad, pobreza y abuso es el caldo de cultivo natural para este escenario de división y tensión entre los grupos que se identifican o simpatizan con una de las tres -¿cuatro?- candidaturas presidenciales que obviamente eclipsan las contiendas locales y la competencia por el Congreso.
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Como resulta natural, la división se manifiesta sobre todo entre quienes siguen al candidato que se encuentra en el primer lugar de las preferencias en todas las encuestas y quienes se expresan como abiertos opositores de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador.
Esta expresión dialéctica entre quienes apoyan al candidato que se encuentra a la cabeza en los sondeos y sus opositores sería lo normal en cualquier sociedad democrática madura y se traduciría en un debate racional, fundamentado y respetuoso entre ambos grupos.
Desafortunadamente no es el caso de nuestro país que en términos de la transición a la democracia se encuentra claramente estancado en un impasse que parece eterno y en el nivel de la opinión pública se haya en un estado aún muy inmaduro, marcado por la emoción visceral y la ausencia de argumentos.
En este estado de cosas la próxima elección presidencial será una batalla entre el enojo y el miedo, dice con razón Luis Rubio en su más reciente editorial del diario Reforma, que se puede consultar aquí: https://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=132075
El enojo se ha decantado hacia un apoyo emocional -y en un alto número de personas poco reflexionado- al candidato que lleva doce años posicionándose como la única opción anti-sistema. Este apoyo se expresa de maneras muy agresivas en contra de cualquier manifestación, idea o artículo que se atreva a criticar alguna de las posturas o propuestas de López Obrador.
Del otro lado del péndulo se ubican quienes se asumen como víctimas del miedo, lo que los lleva a aceptar como válidas todas las manifestaciones anti-AMLO y a difundir noticias falsas, frases fuera de contexto o comparaciones poco sustentadas del candidato líder en las encuestas, lo que ha llevado a algunos a crear y caracterizar el término “Peje-fobia” o “AMLOfobia”. Para informarse de este término se puede ir a la siguiente liga: http://www.eluniversal.com.mx/articulo/hernan-gomez-bruera/nacion/la-pejefobia
Esta fobia contra el candidato puntero ha generado la percepción entre sus seguidores de que cualquier cuestionamiento a las posturas de su “Proyecto alternativo de nación” es una manifestación del miedo de quienes creen todas las versiones falsas o distorsionadas acerca de su líder o aún peor, una defensa del sistema, una complicidad con el estado de cosas que mantienen al país en la profunda crisis social en la que hoy se encuentra.
Pero en este escenario de polarización intensa se pierde de vista que también existen en el país muchos ciudadanos –como yo- que se encuentran decepcionados de todos los partidos y candidatos, que se sienten confundidos en un escenario que corresponde a lo que Sartre llamaba el universo de las opciones degradadas, es decir, un horizonte en el que no existen las condiciones para elegir en libertad entre opciones diversas.
Se trata de un gran porcentaje de ciudadanos que se plantean la pregunta que hacía el periodista y escritor Germán Dehesa al referirse a este concepto del filósofo existencialista aplicado a la realidad nacional: ¿qué ocurre en un universo en el cual, escojas lo que escojas, desembocarás en la frustración?
He leído y escuchado a muchos simpatizantes de López Obrador interpelar a quienes cuestionamos sus propuestas –y las de todos los demás candidatos- pidiendo que todos expresemos claramente por qué candidato votaremos y las razones que orientan nuestra decisión.
Desde este espacio reivindico el derecho a la duda, el valor del cuestionamiento, la validez de la confusión en un escenario de opciones degradadas que marca hoy la realidad de la política nacional.
Porque la decepción, la frustración y el enojo no deben necesariamente desembocar en la certeza apasionada y muchas veces poco reflexionada de apoyo a quien se presenta como algo distinto a lo que hay, incluso si esto distinto no es necesariamente mejor.
Porque la rebeldía y la rabia contra el estado de cosas que dominan el escenario nacional no tiene por qué aterrizar en el voto del miedo que se opone al cambio a partir de fantasías y fantasmas.
Porque los tiempos obscuros que vive la patria también llaman y con razón, a un proceso de duda y cuestionamiento que puede, a partir de la crítica razonable a todas las opciones degradadas del presente, tratar de pensar con detenimiento y pausa ciertas posibilidades limitadas y pequeñas pero posibles de construcción de un verdadero futuro diferente para México.
En tiempos de confusión, la certeza absoluta en cualquier sentido puede no ser la mejor respuesta. Los seres humanos necesitamos aprender a enfrentar la incertidumbre y a vivir con ella.
Como afirmaba Voltaire, la duda es un estado incómodo pero la certeza es un estado ridículo y si queremos educar a los futuros ciudadanos en una verdadera y pertinente ciudadanía democrática deberíamos enseñarlos a abrirse a la duda, aunque sea incómoda y a sospechar de sus certezas porque pueden muy probablemente ser ridículas.