Las campañas políticas van. Descoloridas, con viejos y viciados modos y con promesas falsas. Digamos que todos van por la misma senda. Contados candidatos destacan porque han entendido el momento. Otros esperan el carro del oportunismo. Otros más anticipan los derroches de siempre a costa del erario.
Se ven algunas cosas. Por ejemplo, en el lado de Morena el activismo de Alejandro Armenta no tiene paralelo. En la calle y en las redes muestra una actividad como de preparatoriano. Camina, perifonea, sube, baja, da entrevistas, lanza proclamas, va a los medios. No hay otro que le aguante el ritmo. Y así anda desde hace muchos meses.
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Para ser sinceros, su actividad se nota, con mucho, más que la de Luis Miguel Barbosa por la gubernatura. Para decirlo claro: Armenta se nota, Barbosa aún no. Claro, se ajustan a los tiempos del calendario, pero a pesar de eso…
Al ex senador Barbosa no se le advierte hambre sana de poder. Va al trote, como en un jamelgo flacuchón. El tsunami de Morena necesariamente lo va a arrastrar a otra dinámica. Habrá que ver cómo se dinamiza.
La esposa de Moreno Valle, doña Martha Érika, como que va al contragolpe. Se le ha visto en pequeños auditorios controlados. Acusa temor a los escenarios abiertos. Y a leguas se advierte que más teme a la polémica. Las huellas del sexenio ido van a retumbar mucho en sus pasos. Y no para bien…
El doctor Enrique Doger muestra más voluntad que posibilidades. El peso de las encuestas que lo sitúan en tercer sitio, muchos puntos debajo de Barbosa y Alonso, son una losa ineludible. Algunos cercanos suyos se justifican: aún no empieza la campaña. Algunos priístas expresan en voz baja dudas y preocupación real.
Se escucha, por ejemplo, que mientras Jorge Estefan Chidiac tenga el control del PRI la campaña irá como con una camisa de fuerza. Se revive el tono de la campaña de Blanca Alcalá: una simulación de contienda en un escenario en el que no se busca ganar sino mantener bajo control los intereses reales.
José Antonio Meade no es del todo ajeno a estas sospechas. Él estuvo al tanto, desde Hacienda, de la estrategia de intereses y negocios que era el trasfondo real de aquella campaña. Hubo piezas claves que formaron parte de aquel terreno minado para el PRI.
Peña Nieto y Osorio Chong tenían intereses en constructoras y obras que aquí se hacían. Esto se comentó y denunció por parte de algunos dirigentes y en los medios. Y sin embargo, todo se mantuvo intocable. Osorio Chong fue la pieza clave para no mover un palillo contra el gobierno poblano, “porque así lo indicaba una estrategia superior”.
Su homólogo en Puebla era Jorge Estefan. Y ahí sigue estando. Entonces…
Múltiples cabos sueltos, sospechas, alianzas partidarias, personajes colocados en delegaciones, en fin, diferentes piezas que no encajan en el rompecabezas. A eso agregue un velo de desconfianza en la cúpula priísta. En la formal y en la real.
Más el mal momento en que le toca bailar al ex rector y alcalde: la pareja más dispareja para sus aspiraciones, el señor Meade que no sube, quien lleva a cuestas al presidente Peña que le impide ascender.
La única certeza es la sombra de la duda que rodea la campaña de Doger.
Con un despliegue de propaganda que huele a derroche y a uso de recursos públicos van también Jorge Aguilar Chedraui y Mario Riestra. El tráfico de intereses es más que evidente, manifiesto en el autotransporte concesionado ya sabemos cómo. Esto es, la técnica priísta de otros tiempos, (ni)corregida y sí aumentada.
En algunas calles, también, visible asimismo la herencia del poder que no diferencia a partidos. Si los hijos de Gamboa Patrón y Manlio Fabio, igual que muchos con esposas, cuñados, sobrinos o amantes cosechan fracciones de poder heredadas por sus más encumbrados parientes, por qué no la hija de doña Blanca Alcalá hace valer el apellido, faltaba más…
El poder como patrimonio familiar que se hereda unifica a los partidos. Adolecen del mismo cáncer genético.
En fin, hay mucho que ver y esto apenas empieza.