Si hay un área donde se puede ver y leer la degradación de la política mexicana, esa es en los partidos políticos. Y más específicamente en el cambio de los “políticos” de un partido a otro. Hoy en día este fenómeno es una pandemia.
Hay toda una tipología de los mutantes. La parte más baja y ancha de la pirámide la forman especímenes de la familia de los múridos. Carentes de principios, formación y elemental educación, van por el botín, la carroña.
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Por casualidad entraron a un partido como quien entra a un mingitorio. Encontraron el dinero fácil y vieron el camino de hacer carrera. Y ahí están. Forman legiones, de todos los colores, de todas las categorías sociales. Se disfrazan, hacen de la genuflexión un hábito. Cortejan y se someten al superior. Son profesionales de la simulación, con maestría en cinismo.
Este es el cáncer mayor del mundo político mexicano. Van de un partido a otro, forman una clase parasitaria espesa. Huelen los espacios propicios para roer. Y tienen jefes con idéntica catadura.
Véalos, no cuesta trabajo identificarlos, están en la escena, a su derredor.
Otro estamento lo constituyen los negociantes. Son empresarios ávidos del dinero. Ellos ven en los partidos un negocio, una mina. Se fingen miembros o militantes de la organización, sin haber leído jamás dos párrafos seguidos de un texto político. Forman parvadas de buitres que venden o consiguen todo para los partidos.
Hay creyentes que pensaron que, en efecto, los partidos eran un camino más o menos honorable para la escala del poder. Muchos, profesionales recién egresados de universidades, bienintencionados, bien pronto se dieron cuenta que la luna no es de queso. El desencanto los llevó al mundillo de la corrupción. Y de ahí, se volvieron saltimbanquis de todo eso que resulta abominable para la sociedad mexicana.
En todas estas categorías hay citadinos y pueblerinos. Si algo tiene la corrupción es que no discrimina. Los jefes y jefecillos de esta especie de cárteles los promueven y usan. Los llevaron de regidores a alcaldes, de ahí a diputados, algunos han llegado al senado y hasta a gobernadores. Por supuesto son esa clase de politicastros a la que llaman comúnmente chapulines.
Mala analogía. Estos animalitos al menos son una especie zoológica limpia y nutritiva para el ser humano. Los especímenes a que nos referimos son fauna nociva.
Hacia la cima de la pirámide hay, sin embargo, elementos que merecen una consideración especial. La franja es angosta, ciertamente.
En esas categorías, existen elementos que se cambiaron de partido por razones comprensibles. Lucharon internamente y sus ideas, sueños o aspiraciones chocaron con el férreo techo de las estructuras partidarias. El orden establecido. Los poderosos intereses o compromisos. Las nomenklaturas.
Se encontraron con una especie de jaula formada por barrotes de corrupción donde no cabían más.
Empujaron, presionaron, propusieron y siempre chocaron con la muralla. Sus actos resultaron subversivos al orden impuesto. Fueron relegados, marginados, reprimidos o expulsados. O bien, entendieron que ellos seguían con el idealismo que los llevó ahí, pero sus partidos se anquilosaron, se sometieron a la madeja de intereses de una camarilla, o se volvieron una pieza más del engranaje que sostiene al sistema.
Se mudaron a otros segmentos de lucha o crearon nuevas organizaciones. Con el tiempo, el proceso evolutivo de muchas de esas organizaciones se repitió y hoy, o deambulan como satélites en órbitas extra partidarias, o desesperanzados han abandonado para siempre tales organizaciones.
Son contados quienes se mantienen, pese a todo, y no sin extrañas y no siempre comprensibles piruetas, fieles a sus ideas y principios. Ellos merecen respeto.
Rarae aves son los Madrazo, Cárdenas, Muñoz Ledo, González Guevara, González Pedrero, Castillo Peraza o Germán Martínez. A todos, por lo común, el tiempo les ha dado la razón.
Experimentaron en su momento los anatemas y las piras verbales propias de la inercia de los intereses creados, pero el valor de sus ideas y su estilo de vida –no exento de claroscuros- terminó por singularizarlos ante las masas del statu quo corrupto.
Por todo esto, no resulta saludable generalizar cuando se revisa la fiebre de políticos saltarines. Es mejor detenerse en los contados casos y apreciar de cerca personas, ideas, trayectorias y congruencia. No constituyen legiones, pero los hay.
Son, como una frágil balsa que flota en el océano de la podredumbre nacional.
Y la gente lo sabe.