“Así, vivir nos aparece plena y simultáneamente como un juego, un oficio, un misterio”.
Edgar Morin, Método II. La vida de la vida, p. 472.
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Se habla y se escribe mucho hoy acerca de la educación para la vida, es decir, del reto de construir una visión integral el proceso educativo que prepare a las futuras generaciones no solamente para obtener y ejercer eficientemente un empleo sino para construir un proyecto de vida personal, familiar y ciudadana que sea significativo y contribuya a la auto-realización y la auto-trascendencia.
El discurso está todavía, lamentablemente, lejos de las prácticas y de las políticas públicas que orientan las prácticas que prevalecen en un sistema educativo –nacional e internacional- que está prácticamente colonizado por la perspectiva empresarial y la visión de la educación como una mercancía más en el mercado global.
Sin embargo y precisamente por eso resulta muy necesario seguir impulsando y difundiendo la pertinencia y la necesidad cada vez más urgente de una educación que prepare para la vida en toda su amplitud y complejidad. Nos va en ello, como dice Morin, la supervivencia como especie en el planeta y la defensa y consolidación de las sociedades democráticas en las que haya condiciones para poder vivir humanamente, como afirma Nussbaum.
Es por ello que vale la pena insistir en este espacio que generosamente me brinda E-Consulta en la necesidad de educar para la vida a nuestros niños y jóvenes. En esta entrega me gustaría explorar un poco el significado de esta educación integral, a partir del epígrafe de Morin que señala acertadamente que la vida es simultáneamente un juego, un oficio y un misterio. Para las tres dimensiones de la vida humana deberían prepararnos la escuela y la universidad.
Los niños y los jóvenes deberían ir a la escuela y la universidad a aprender el juego de la vida. Porque los seres humanos somos además de homo sapiens-demens, homo ludens, seres lúdicos que aspiran a disfrutar la aventura diaria de la existencia, que no viven solamente para sobrevivir sino que sobreviven para vivir y esto implica la aspiración fundamental a ser felices.
Desgraciadamente esta perspectiva lúdica de la vida se aborda fugazmente en el nivel preescolar y desaparece prácticamente en cuanto un niño ingresa a la Primaria, porque ahí empieza “la educación para la vida en serio”, es decir, la capacitación predominantemente lógica y racional en la que el juego, la diversión, el disfrute, son mal vistos porque ponen el desorden en el aula y en la escuela.
¿Cuántos niños se van a dormir el domingo con la emoción de que al día siguiente inicia una semana de asistencia a la escuela? Tal vez este sea un parámetro para evaluar la muy débil presencia del juego de la vida como parte de la educación formal.
Nuestros niños y jóvenes deberían por supuesto también ir a la escuela a aprender el oficio de vivir. Porque la vida además de disfrute y juego tiene mucho de arte o artesanía que requieren de herramientas y estrategias para enfrentarse con buenos resultados en términos humanos.
El oficio de vivir tiene que ver en parte con lo que Morin llama la dimensión prosaica de la vida, es decir, la parte de la vida que requiere esfuerzo y constancia en la lucha por eso que llamamos acertadamente “ganarse la vida”, trabajar por la supervivencia en un contexto natural y social que presenta amenazas y desafíos continuamente.
Pero el oficio de vivir también tiene relación con la dimensión poética, con la parte que tiene que ver con la construcción de una vida plenamente humana. Porque apreciar la belleza, construir y cultiva la amistad, enamorarse y vivir el amor, desarrollar la espiritualidad y construir la propia identidad requieren también de oficio porque implican herramientas, estrategias, métodos de abordaje de los dilemas y conflictos que están implicados en todas las dimensiones de la vida.
¿Qué tanto se desarrollan estas herramientas o se brindan estas estrategias en la escuela y la universidad? O ¿Simplemente se enseñan asignaturas aisladas y se asume que cada persona debe desarrollar por sí misma y en automático el oficio de vivir?
Las nuevas generaciones del país deberían ir también a la escuela y la universidad a explorar el misterio de la vida. Porque desde la perspectiva científica la vida es una emergencia improbable, un fenómeno que surgió contra todas las condiciones adversas y sin embargo se ha mantenido y desarrollado en un dinamismo complejo en el que a medida que aumentan los peligros de extinción, aumentan también los elementos que salvan según afirma Hölderlin.
Esta es una primera aproximación al misterio de la vida: el abordaje de la vida natural y el trabajo para desarrollar la convicción en cada estudiante de sumarse a la apuesta por la vida, a pesar de ser algo tan frágil y carente de garantías de permanencia.
En este contexto de improbabilidad de la vida surgió también la vida humana, la vida consciente e inteligente capaz no solamente de conocer el entorno sino de auto-conocerse, no solamente de entender el entorno sino también de entenderse a sí misma.
La naturaleza presenta problemas, que se van paulatinamente resolviendo mientras que la humanidad nos enfrenta al misterio que a cada respuesta va aportando nuevas y más profundas preguntas, según afirmaba el filósofo Gabriel Marcel. Esta es otra parte del misterio de la vida que debería explorarse en la educación formal. ¿Quiénes somos los seres humanos? ¿Por qué y para qué vivimos? La exploración del misterio de la vida específicamente humana sería un elemento fundamental para formar integralmente a las nuevas generaciones.
¿Qué tanto se aborda el misterio de la vida natural en la escuela o más bien qué tanto nos quedamos en la enseñanza de las Ciencias naturales? ¿En qué medida se aborda el misterio de la vida humana en las aulas o más bien reducimos la escuela y la universidad a la enseñanza de contenidos –cada vez más escasos- de Humanidades y Ciencias Sociales?
Educar para la vida implica formar para jugar el juego del vivir, ejercer eficazmente el oficio de la existencia y abrirse reflexivamente al misterio de la vida. Ojalá podamos caminar hacia allá.