Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tlatlauqui, Cuetzalan, el arzobispo, el fin de Año...

Lo que hav que vivir en la sierra norte. Las delicias naturales y culinarias. Regreso a la capital.

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Sábado, Diciembre 30, 2017

El tiempo de fin de año es buen pretexto para romper un poco la rutina.

Por ejemplo, echarse un brinco a la sierra norte, mi sierra querida. Enfilar hacia Cuetzalan, pero de pasadita un rato en Tlatlauquitepec. Todas sus casas y edificios del centro de color amarillo piña, sus letreros comerciales uniformes, pero fuera de esto el encanto se pierde.

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 No estoy muy seguro si el  calificativo de pueblo mágico le quedó grande. O si le dieron tal rango sin cumplir exactamente las condiciones. Algo brinca y lo deja a uno insatisfecho. Lo que salva el paso fugaz por este lugar es su comida. En el “Café Colonial” las carnes ahumadas “estilo Mazatepec” son una delicia, con la variedad de salsas para revivir difuntos. Y el agua de maracuyá es el complemento perfecto.

Barriga llena corazón contento. A tomarse un par de vinillos de frutas en una cantinucha famosa del lugar. Se llama “Siglo XX” y está a la vuelta del zócalo, en una especie de pasadizo secreto con olor a orines. Pero es tradición obligada visitar este sitio. Su yolixpa es verdaderamente sensacional. Cuentan que los fines de semana está a reventar, con presencia de lugareños y turistas. El tufo de desechos humanos es por cuenta de la casa…

Partimos a nuestro destino pero entre Tlatlauqui y Mazatepec vale la pena observar y disfrutar  la belleza de las cascadas desde un mirador seguro a pie de carretera. Una grande como cola de caballo, otra pequeña como si estuviera petrificada. Es la majestuosidad de la naturaleza serrana, que se mete por los ojos y se lleva en el alma…

Llegamos a Cuetzalan a la Posada Molina, un hotel céntrico, aseado, confortable y económico. Esta belleza de la sierra  tiene una personalidad seductora. Su niebla es tan mágica como nostálgica; sus calles empedradas con personalidad de pueblo viejo lleno de historia; sus casonas altas con tejados que son paisaje de fondo para mariposas y golondrinas.

Pero también, su gente, nos recuerda la tremenda deuda que todo el país tiene con sus pobladores, que sufren una evidente marginación. Ahí la revolución se pasó de largo, y los gobernantes poblanos se han hecho mustios y sordos…

Llega la hora de comer y recuerdo el consejo que me dieron: “no dejes de comer las pizzas en Cuetzalan..” ¿¡Cómo…pizzas en Cuetzalan!!??? Ahí es la comida tradicional, dije. Perooooo, ¡oh sorpresa! Llegamos al restorán “Xochicalli”, también conocido como “Majos Pizzas”, que está contiguo a la Posada Molina, y nos rendimos ante la excelencia del buen comer.

Uno se puede alimentar en cualquier parte, estamos de acuerdo. Pero comer, del verbo disfrutar, en este lugar, ¡¡¡señoras y señores!!! Lo atiende personalmente su dueño, Armando May Guzmán, reportero de algunos ayeres, pero chef  de altos vuelos por vocación recién descubierta. ¡¡Y en buena hora para los comensales!!

La jornada con pizzas y vino parecía interminable. Hubo de continuar al día siguiente, con guisados de lo profundo de la cocina cuetzalteca: el chayotextle, las enchiladas, los moles típicos y las salsas, me hicieron recordar el dicho de un señor de mi tierra (Tochtepec): “¡¡con esta comida y qué muerte no hubiera…!!”

Todo esto salpicado con la buena charla de Armando, aderezado con  anécdotas de viajeros mexicanos y extranjeros que pasan por su restoran como si fuera aduana obligada. Y casi lo es, eh..! Pero todo esto, sin descuidar la atención y fino trato al resto de las mesas. Un ojo al gato… y el otro a los franceses y alemanes que van llegando  por ahí junto.

Antes habíamos ido a las cascadas del paraje Las Hamacas, una extraordinaria maravilla de la naturaleza. Ahí, entre verdor de mil tonos, rocas gigantes y cascadas de aguas cristalinas y cantarinas, como que el tiempo se acurrucó e hizo un alto para el deleite  humano.

Nos despedimos de Cuetzalan en El Calate, esa cantina  del centro donde se saborea de todo, incluidos los famosos toritos veracruzanos. Siempre está  llena, razón por la cual sus dueños deberían mostrar esmero en el trato y buena cara a la copiosa clientela, a la que parecen ver sólo como una mina inagotable.

Ya en Puebla, en víspera de la noche vieja la cena tradicional del arzobispo don Víctor Sánchez con un pequeño grupo de periodistas. Platillos suculentos dentro de la ortodoxa tradición poblana de estas fechas. Pero lo mejor, la enorme calidad humana, sentido ecuménico, gentileza finísima y agradable charla del jerarca de la iglesia católica poblana.

Es un hombre de mentalidad y espíritu abierto a todas las corrientes. Utiliza un lenguaje diplomático, sencillo, con el que aborda todos los temas sin reñir ni confrontar a nadie.

Tiene atenciones para sus invitados francamente inmerecidas. Pero es parte de su impronta, de su don de vivir su ministerio y cultivar la amistad. Señor Arzobispo, buena salud y larga vida para usted!!

xgt49@yahoo.com.mx

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