Comida de un reducido grupo de periodistas con el senador Luis Miguel Barbosa.
Sin estridencias, se ubica como muy probable candidato a gobernador por Morena.
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Y así habla. Anuncia que de llegar, sí metería a la cárcel a Moreno Valle. Y si no es posible, a muchos de sus cercanos colaboradores. Afirma que hay sobradas muestras de complicidad y elementos para llevarlos a prisión.
También anticipa recursos jurídicos a fondo para revertir reformas legales antipopulares del anterior gobierno.
Su resolución es absoluta. No lo grita. Pero dice que será tema de campaña y parte de sus acciones de gobierno.
Apunta la mira sin titubear: contra la corrupción, la impunidad, la inseguridad, la violencia contra las mujeres, entre otros temas.
Su juicio sobre el ex gobernador es contundente. “Quítenle el poder económico que tiene y no vale nada. Ningún valor tiene. Ni ideológico, ni moral, ni político ni cultural.”
Modera su juicio sobre la esposa del ex gobernante. “Erika es respetable, merece mi respeto y así la trataré. Pero nada tiene que hacer en política. Nada absolutamente.”
No da cifras, pero reitera muchas veces, que las simpatías por Morena en el estado son avasalladoras. En todas partes y en todos los niveles. Dice que a él lo buscan personas de todos los sectores para sumarse a esa organización.
Se le nota a veces un tanto sobrado respecto de su posición. Libra bien el resbalón hacia la soberbia. No se desdice, por cierto, de tal calificativo a López Obrador, pero lo matiza ponderando sus cualidades, su sencillez sobre todo. Y su liderazgo social. Su retórica ante las masas.
Se defiende cuando se le cuestiona su silencio de largos años sobre Moreno Valle. Aduce que desarrollaron tareas conjuntas para el estado, canalizaron millones de pesos en obras. Camina con tenis sobre el tema de los moches. No lo aborda frontalmente.
Se define un político de izquierda moderna, no radical, ni sectario, ni excluyente.
Su desempeño en la comida no es un modelo en las maneras de la mesa. Hay descuido inclusive. También en el lenguaje. Su presencia y personalidad no transmiten un impacto especial, más bien adquieren un tono gris. Inadvertido. Una cierta sencillez que difumina su imagen.
No tiene el empaque de políticos de talla grande. Dimensión y huella que no se tradujo, para Puebla, en honestidad y respetabilidad a toda prueba, también hay que subrayarlo. Con excepción del doctor Toxqui.
Se ubica provinciano, tehuacanero de cepa. Aunque presume una extensa y buena relación con medios de comunicación de la capital. Privilegia este vínculo, pero se le comenta que precisamente eso es razón de hartazgo para los poblanos, quienes han visto a sus gobernantes con los pies en Puebla pero con sueños y promoción y derroche en la ciudad de México.
No rehúye tema alguno. Explica la experiencia vivida internamente en Morena con el doctor Enrique Cárdenas y otros políticos. Lo trata con respeto, pero al final abandona la indispensable diplomacia e indulgencia. Otra vez se inviste de autosuficiencia.
Ni sus modales ni su lenguaje revisten ejecutividad. El lenguaje corporal no lo haría de fácil distinción en un conglomerado de priistas, o perredistas. Pasaría inadvertido en el racimo de unos y otros.
Pero es claro que se siente resuelto en el camino hacia el poder.
Se hace referencia a su salud. Es conocido que tiene una prótesis en una pierna y sufre de diabetes. Maneja el tema con naturalidad, no con esas dosis de humorismo que algunas anécdotas asocian a los políticos en tales condiciones y que convierten en poderosa arma su parcial limitación.
El anuncia que si es candidato a la gubernatura hará su campaña en silla de ruedas donde las circunstancias lo impongan.
No muestra molestia alguna ante la lluvia de comentarios y preguntas. Tampoco tiene salidas particularmente ingeniosas. No deja preguntas al aire. Regresa a algunos temas cada vez que se requiere. Se dice un hombre de trabajo, con la agenda bien cargada, con buenas relaciones y mejor disposición para afrontar el reto.
Al final se despide, con un apretón de manos y un abrazo cordial, y dice al periodista mirándole a los ojos: “no me molesta la crítica, eh…”
A grandes pinceladas, así es el senador Luis Miguel Barbosa en esta primera aproximación.