“Siempre recuerdo aquel fragmento de Hannah Arendt en el libro Entre el pasado y el futuro (1996) en el que se pregunta –y nos pregunta- si el educar no tendría que ver con cierta forma de amar al mundo lo suficiente como para no dejar que se acabe y abrir, así, el paso a lo nuevo en tanto nacimiento; y si el educar no tendría que ver con una cierta forma de amar a los demás lo suficiente como para no librarlos a su propia suerte, a su propio destino en apariencia inconmovible e inmodificable.”
Carlos Skliar. Pedagogías de las diferencias, p. 16.
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Educar implica brindar las herramientas necesarias a los niños para salir al mundo y ahí aprender a vivir, decíamos en este espacio la semana pasada compartiendo algunas de las ideas del investigador argentino Carlos Skliar en su contribución durante la mesa de cierre del IV Congreso latinoamericano de Filosofía de la Educación celebrado en la Universidad Nacional de San Martín, en Buenos Aires, del 10 al 13 de octubre.
Dada la gran riqueza de este planteamiento, quiero continuar con esta reflexión a partir de lo que el mismo autor sostiene en la introducción de su libro Pedagogías de las diferencias, publicado por NOVEDUC en este 2017.
Mundo y vida, realidad y humanidad, son dos elementos centrales en la esencia de todo proceso educativo según sostiene Skliar en este libro. Dos componentes fundamentales que deberían mover –y a pesar de todo mueven- a quienes comparten la vocación educadora entendida, como hemos dicho aquí en otras ocasiones, como la profesión de la esperanza.
Mundo y vida, realidad y humanidad articulados por el amor: el amor al mundo y el amor a la vida, el amor a la realidad –que nos impele a conocer, a buscar la verdad o las verdades que la conforman- y el amor a la humanidad –que nos llama a construir una vida mejor, una vida en la que sea posible “salvar al a humanidad, realizándola” como afirma el pensador francés Edgar Morin-.
Carlos Skliar nos recuerda la pregunta de Arendt acerca de la educación como amor al mundo: educar implica una manera de amar al mundo lo suficiente como para no dejar que se acabe, para cuidarlo, mantenerlo, obedecer a la vida porque somos parte de ella, una especie que es evidencia consciente de la complejidad y la maravilla de la vida, del misterio del mundo.
Amar al mundo lo suficiente como para abrir en él el paso a lo nuevo en tanto nacimiento, porque como especie arraigada al mundo pero simultáneamente desarraigada de él, tenemos la enorme responsabilidad no solamente de obedecer a la vida sino también de guiar la vida y generar las condiciones no solamente para que el mundo no se acabe sino para que se desarrolle como un espacio permanentemente propicio para lo nuevo en tanto nacimiento.
Educar es entonces una manera de amar el mundo lo suficiente como para cuidarlo y desarrollarlo, para mantenerlo y regenerarlo. Educar es promover en las nuevas generaciones este amor al mundo que se manifiesta en competencias ecológicas que generan nuevos modos de vida personal y de organización social más sustentables.
El pedagogo argentino nos trae a escena otra pregunta de Arendt, la de la educación como amor a los demás, la pregunta que nos hace reflexionar acerca del sentido profundo de la educación como forma concreta de amar a los demás lo suficiente como para no dejarlos ser víctimas de su propia suerte, objetos de su propio destino aparentemente inevitable e imposible de modificar.
Amar a los demás lo suficiente como para acompañarlos en el desarrollo de un proyecto de vida en el que se vuelvan actores, agentes que definan el sentido de lo que quieren llegar a ser y hacer en el mundo, para diseñar la huella que quieren dejar en la realidad que les toca vivir.
Educar es una forma de amar a los demás –y si no lo es, es pura pedantería, decía el gran maestro Edmundo O´Gorman- de tal manera que nos convertimos en acompañantes de su proceso de construcción de espacios de libertad y solidaridad, en promotores de la antifatalidad –de la resistencia eficiente contra el destino- en la sociedad que con sus estructuras y modelos parece tener ya escritos todos los roles y definida la historia completa de la existencia humana que paradójicamente tiene que construirse dentro de esas estructuras pero luchando contra sus condicionamientos.
Educar es un acto de amor al mundo y de amor a los demás. ¿Es así como la estamos entendiendo y viviendo en estos tiempos de prisa y consumo?