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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La revolución que viene

Más de un siglo después, el pueblo sigue sirviendo solo para publicar la revista de la revolución

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 21, 2016

  “(Marzo de 70)

Por decreto presidencial: el pueblo no existe.
El pueblo es útil para hablar en banquetes:
"Brindo por el pueblo de México",
"Brindo por el pueblo de Estados Unidos."


También sirve el pueblo para otros menesteres literarios:
escribir el cuento de la democracia,
publicar la revista de la revolución,
hacer la crónica de los grandes ideales…”
Jaime Sabines. Diario oficial (fragmento).

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Como en Marzo del 70, en Noviembre del 2016 el pueblo no existe para las élites gobernantes, para los llamados poderes fácticos, para todos aquellos que viven con privilegios que se edifican sobre las carencias de las grandes mayorías de este país que hizo hace cien años una revolución para cambiar las cosas y logró que todo cambiara para que en muchos aspectos de la vida social todo siguiera igual.

Porque en este aniversario número ciento seis de la revolución mexicana, el pueblo sigue siendo esa abstracción infinita y generosa que permite a los políticos escribir el cuento de la democracia por medio de discursos grandilocuentes, ceremonias protocolarias y banquetes fastuosos que se pagan con los impuestos de los ciudadanos, de esos que en realidad no existen.

Más de un siglo después, el pueblo sigue sirviendo solamente para publicar la revista de la revolución o hacer la crónica de los grandes ideales, esos que hacen lucir a los Diputados y Senadores en la Tribuna del Congreso, al Presidente de la República y a los Gobernadores en sus discursos cada vez más inverosímiles por cínicos y carentes del mínimo decoro.

Cuando aparezca este artículo seguramente se habrán pronunciado muchos discursos que de manera repetitiva y cada vez más carente de sentido recordaron estos grandes ideales de la revolución mexicana: Sufragio efectivo, no reelección; Tierra y Libertad; Justicia para todos.

Quienes los pronunciaron son parte de ese sistema construido a partir del asesinato de todos los héroes originales de la lucha revolucionaria y de la pacificación del país a partir del reparto del poder y la riqueza entre los caudillos y grupos armados que los sucedieron. Un sistema que agoniza pero se niega a morir para dar origen a un nuevo modelo de organización política. Un sistema que se sustentó en un solo partido y que cuando agotó ese rostro construyó uno nuevo con siglas diversas, personajes intercambiables y competencia electoral que sigue regulando el equilibrio entre los mismos grupos que se reparten el pastel de un país que ya no resiste más saqueos.

La celebración de la Revolución Mexicana de 1910 ocurre en un momento en el que la violencia está nuevamente fuera de control, la soberanía –aún en su versión débil e interdependiente fruto del mundo global- amenazada por el triunfo de Trump, el Gobierno Federal con el menor porcentaje de aceptación de toda la historia moderna del país, los escándalos de corrupción de gobernadores que han excedido todos los límites imaginables del abuso y siguen impunes, la inminencia de una severa crisis económica debida a factores externos pero también internos y el inicio adelantado de la fase más intensa y sucia de la campaña por la sucesión del 2018.

Dice Edgar Morin que los ciudadanos de la Tierra-Patria debemos ser “conservadores de todo lo que haya que conservar y revolucionantes de todo lo que haya que revolucionar”.

No podemos caer en la visión simplificadora y reduccionista que niegue todos los avances que trajo consigo la gesta revolucionaria y el régimen que de ella emanó. Tenemos sin duda un sistema de instituciones de salud, educación, vivienda, etc. con instituciones ejemplares en su diseño aunque en medio de severas crisis por su mal manejo. Tenemos organismos electorales, de derechos humanos, de evaluación educativa y de transparencia autónomos que representan un valor para lograr equilibrios y procesos orientados hacia el bien común. Tenemos avances en lo económico, grandes logros culturales y una sociedad civil en proceso de fortalecimiento. Todo esto  y mucho más que no cabe en un párrafo apretado sería lo que tendríamos que velar por conservar.

Pero también es cierto que todos estos logros se encuentran hoy amenazados por la profunda crisis de un régimen que está tocando fondo en su proceso de descomposición y arrastrando a la sociedad a un abismo que no podemos permitir.

La revolución que viene será la que logre enterrar por fin este viejo sistema corporativo, autoritario, corrupto y marcado por la impunidad que nace del nepotismo, el compadrazgo y el amiguismo para construir desde nuevas bases –conservando las instituciones que siguen siendo baluartes de lo logrado en estos ciento seis años- un modelo de convivencia y organización política auténticamente democrático y justo.

La revolución que viene tendrá que anunciar -no desde el poder absoluto de un decreto presidencial sino desde la convicción profunda de una sociedad incluyente- que el pueblo existe y es el agente de su propio desarrollo. A partir de este cambio paradigmático tendremos que reconstruir un país herido y sanar las heridas provocadas por la injusticia, el abuso, el robo y la complicidad para regenerar el tejido social y convocar al trabajo colaborativo que nos lleve a escribir la historia real de la democracia y a lograr grandes hechos a partir de ideales concretos y realizables.

Ojalá los educadores de hoy estemos trabajando en la formación de los ciudadanos conservadores-revolucionantes del mañana. Esta sería la mejor manera de conmemorar la Revolución Mexicana y honrar a los héroes que la hicieron posible.

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