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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Estructuras de pensamiento irracional

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Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Octubre 21, 2015

El poeta y psicoterapeuta chiapaneco Efraín Bartolomé acaba de publicar la tercera edición de su libro Educación emocional en 20 lecciones (Paidós, México, 2015). Es un libro claro y profundo: lo que se espera de quien ha practicado la psicoterapia por casi 40 años y es además poeta, es decir, tiene el arte de la palabra por oficio. Un interés adicional de la perspectiva del libro, la terapia cognitiva-conductual, es que permite reflexionar sobre la forma como vemos y valoramos la política.

Esa perspectiva considera que la neurosis está causada por estructuras irracionales de pensamiento. Actuamos o sentimos neuróticamente cuando le pedimos a la realidad cosas que no puede dar, cuando le pedimos que funcione de una forma en la que no puede funcionar. Bartolomé va mostrando y ejemplificando las “estructuras del pensamiento irracional” que generan neurosis. Las divide en primarias y secundarias.

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Las primarias son cuatro: confundir nuestros deseos con la realidad, magnificar la realidad, la tendencia a la indefensión y la tendencia a condenar. Los argumentos y los ejemplos son convincentes. Pero, ¿podemos aplicarlos a nuestra visión de la política? ¿Habrá casos en los que veamos a la realidad política y la deformemos a partir de alguna de estas estructuras de pensamiento irracional? Me parece que sí.

Puede ser el caso de la primera estructura: confundir la realidad con nuestros deseos. Quisiéramos una realidad política en la que no hubiera problemas. En la que todo funcionara a la perfección. La cuestión, planteada aquí por Bartolomé para la terapia individual, pero que coincide con las críticas al pensamiento utópico de autores como Weber, Ortega y Gasset e Isaiah Berlin, es que la realidad tiene una estructura de funcionamiento propio, actúa, como la naturaleza, siguiendo ciertas leyes. Y algunas de ellas no pueden ser modificadas por la acción humana.

La segunda estructura primaria, el magnificar la realidad, también puede observarse en ciertas actitudes ante la política. Suele estar acompañada por la falacia de la generalización. Tomamos algún problema, en sí mismo muy grave, y lo hacemos mayor de lo que es y lo generalizamos. Aumenta el índice de homicidios (aunque se mantenga más bajo que el de países como Brasil y Venezuela) y concluimos que “el país es un ataúd”.

Estos planteamientos pueden dar la impresión de claudicación, de llevar a una actitud que acepta a la realidad tal cual es y se niega a la más mínima transformación. Pero es exactamente lo contrario: la propuesta de Bartolomé y de las tradiciones en que se basa es tratar de transformar la realidad, en su caso la individual. Pero de hacerlo de una forma eficaz. Y las estructuras irracionales impiden la transformación. Los perfeccionistas rara vez han logrado cambios positivos. Han dado lugar a la pasividad, a frustraciones y, en algunos casos, a tragedias.

A eso se refería Max Weber cuando criticaba la actitud de quienes, después de propuestas y acciones insensatas que no funcionaban o daban lugar a consecuencias contrarias a las buscadas, concluían “el mundo es estúpido y abyecto, pero yo no”.

El mundo, personal y social, tiene su propia estructura. Podemos cambiar algunas cosas. La perspectiva que presenta el libro Educación emocional en 20 lecciones y las diversas tradiciones que la sustentan tienen ese solo objetivo: transformar la vida de las personas. Pero es claro que los puros buenos deseos no bastan. Hay que conocer la estructura de la vida, detectar sus mecanismos, estructuras, leyes, y actuar sobre ellos.

Puede ser muy cómodo condenar la realidad porque no es como queremos. Podemos sentirnos bien, superiores a otros: nosotros sí somos críticos, no conformistas. Pero quedarse ahí no aporta nada, excepto la satisfacción narcisista.

Lo anterior es una de las muchas reflexiones que el libro de Bartolomé puede suscitar. Pero el libro es mucho más que eso. Una lectura útil, agradable, recomendable.

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