El General-Secretario habría expresado en el discurso pronunciado el pasado 9 de febrero con motivo del aniversario del inicio de la “Decena Trágica” y ante los titulares de los poderes públicos, palabras más o palabras menos , las siguientes consideraciones : por más que existan quiénes estén interesados en divorciar a las fuerzas armadas del pueblo , los soldados de México son el pueblo mismo .
Locución que, en principio, habría que atribuir a mero juego verbal de retórica política, esgrimido con motivo del denominado “día de la lealtad” en que se conmemora, precisamente, el momento en el que Presidente Madero habría sido escoltado por cadetes del Heroico Colegio Militar, desde el Castillo de Chapultepec, antigua residencia de los jefes del estado, hasta el despacho presidencial ubicado en las instalaciones del Palacio Nacional.
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El discurso pronunciado días después por el señor Solana en su carácter de presidente de la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio, respaldado con su presencia por los titulares de la COPARMEX y el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, y en que se señalaba que el empresariado “impediría” a toda costa que se realicen pesquisas de índole policial en los cuarteles militares con motivo de la desaparición de los 43 estudiantes de la escuela normal “Isidro Burgos” de Ayotzinapa, pareciera dotar de un especial significado a las palabras que el General Cienfuegos pronunciara ante el Presidente de la República el pasado 9 de febrero.
Es sabido que, en tiempos pasados, Winston Scott, legendario jefe de estación de la Agencia Central de Inteligencia en México, invirtió durante los conflictos estudiantiles del año de 1968 , cuantiosos recursos logísticos y propagandísticos con el deliberado propósito de que, mediante un “golpe de estado” , fueran depuestas las autoridades constituidas y se entronizara en la jefatura del estado al General Alfonso Corona del Rosal , a la sazón jefe del Departamento Central del Distrito Federal.
Sabido es, también, que los referidos planes se frustraron de manera estrepitosa , gracias, fundamentalmente, a la inquebrantable decisión del Secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, de respaldar a toda costa la institucionalidad imperante en el país en aquellos momentos; situación que acaso, constituirá un invaluable antecedente, que en mucho nos facilitaría poder esclarecer el sentido y alcance del discurso que fuera pronunciado en días recientes por el General Cienfuegos con motivo del “día de la lealtad”.
La denominada “Guerra contra el narcotráfico” fue desatada, según se recordará, tras una endeble victoria electoral alcanzada al desbandar a la opción favorita en la intención del voto del momento, gracias a la implementación de una estrategia publicitaria típica de lo que se ha denominado “propaganda negra”, desde los lejanos días en que el psiquiatra de nacionalidad peruana, Carlos Oswaldo Seguín, decidió colaborar con la CIA en la campaña que entronizó a Bordaberry como Presidente de la República Oriental del Uruguay.
En su momento más álgido, por lo demás, los mismos estrategas en la promoción de imagen, al unísono de que era llevada a cabo una cacería de brujas entre los altos mandos del ejército mexicano, decidieron promover un abierta distanciamiento entre los mandos de la Secretaría de la Defensa Nacional y los que le asisten al caso a la Marina Armada de México, en lo que pareciera un juego por demás peligroso.
El riesgo de emplear a las fuerzas armadas en una lucha de índole policial contra la delincuencia organizada transnacional, tal y como al efecto ésta es definida y delineada en la “Convención de Palermo” de la Organización de las Naciones Unidas, estriba, precisamente, en contaminar a la máxima instancia de salvaguarda de la seguridad nacional de nuestro país.
La preservación de la integridad institucional de nuestras fuerzas armadas, por lo demás, no se alcanza desvirtuando o evitando las pesquisas ministeriales que al efecto fueran conducentes para castigar la eventual comisión de conductas delictivas, y, mucho menos, entonando las fanfarrias de un cuartelazo, tal y como al parecer, lo entiende a cabalidad el General Salvador Cienfuegos Zepeda.