La permanente rivalidad, aun estando emparentado entre ellos, las dinastías de Tezozómoc de Azcapotzalco y los Izquixóchitl de Texcoco, por el poder supremo de Tenochtitlan, descrita con lujo de detalles por Juan de Torquemada en la Monarquía Indiana, rememora en mucho la que al respecto de Roma sostuvieron los también emparentados integrantes de las gens “Julia” y “Claudia”, descrita por su parte por Suetonio en La Vida de los Doce Césares, y de la que hace un magistral análisis Gregorio Marañón en su obra sobre Tiberio.
Paralelismos de tal índole me llamaron la atención , cuando, por una parte, leí en La Vida Literaria en México que, a decir de Luis G. Urbina, el pasaje de Nezahualcóyotl y Azacatzochinzin había sido en realidad inventado por los monjes misioneros tomados del pasaje bíblico correspondiente a David y Betsabé; en tanto que, para un investigador tan acucioso como José Luis Martínez resulta un pasaje plenamente verídico, destacando, no obstante, en su libro sobre “el príncipe poeta” la enorme similitud entre ambos pasajes.
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La lectura de Claude Lévi-Strauss sobre el parentesco da noticia de que, si bien el matrimonio cruzado con primos , hijos de la hermana materna, no son una regla de alcance universal, si está presente en forma generalizada entre diversas culturas de la antigüedad por prácticamente todas las regiones del orbe, y que, tal “estructura del parentesco” genera en la historia humana, por una parte, ciertamente un elemento de cohesión, pero, por otra, también fuertes enfrentamientos entre parientes por el dominio cuando la organización horizontal de asambleas es sustituido por una aparato administrativo más complejo.
El parentesco entre primos por la vía de los hermanos de la madre que escudriña Lévi- Strauss se hace manifiesto en el pasaje bíblico de las bodas de Jacob con Raquel , hija de Labán , quien era hermano de la madre del propio Israel; la disputa por el poder entre núcleos de familias emparentadas entre sí a su vez, parece haberse extendido durante largos periodos, a grado tal de que, en la obra de Shakespeare, hay un pasaje singular al final de la misma , cuando los despojos fúnebre de los amantes son presentados al “Duce de Verona” quien dice: “Yo también he perdido a familiares, todos hemos sido castigados”, para que el narrador recite a continuación el texto final de la obra: “ Hay un triste esplendor esta mañana, el sol de pena no asomará la cara”.
Shakespeare no alude en ningún otro momento de la obra teatral a la eventual existencia de parentesco alguno entre los Capuleto y los Montesco, aun cuando acaso pudiese existir en el poema de Arthur Brooke o en los cuentos de un siglo atrás de Matteo Bandello y Luigi da Porto, no obstante, la potente voz del “Duce” en el drama puesto en escena en el Teatro del Globo, permite válidamente hacer una conjetura en tal sentido.
La diatriba existente entre los Tezozómoc y los Izquixóchitl, reconoce como momento culminante el ascenso al mando del tirano Maxtla, sin estar legitimado para ello y previo al asesinato del padre de Nezahualcóyotl, dinastías ambas que, a fin de cuentas, resultan por demás clave para la historia de nuestro país, tanto por lo que hace a la sucesión de los aconteceres como por lo que respecta a la narración de los mismos.
La crónica preservada por la familia Izquixóchitl se manifiesta en primer término en la crónica del dominico fray Diego Durán que acompaña el códice que lleva su nombre, y queda plenamente asentada en la relación que al rey Felipe III escribe Fernando Alva, conocida como “Historia Chichimeca”; la versión que encuentra un momento culminante en la crónica de Alvarado Tezozómoc, por su parte, describe la muerte de su ancestro Moctezuma como un asesinato por parte de Hernán Cortés y es recogida por Alfredo Chavero en el capítulo correspondiente de la magna enciclopedia que es, y ha sido siempre México a través de los siglos.
Los alfareros de la región de Acatlán en Puebla se caracterizan por dar forma a los “árboles de la vida”, y de perder de vista que en la cultura mixteca el árbol reviste una enorme fuerza simbólica en el transcurrir del mundo a la manera de cómo lo representa la ceiba entre los mayas, podría muy bien pensarse en las “sefirots” de la escala de Jacob o en el libro de Zohar de Moisés León; claro que, el hecho mismo de que no fuese una superposición cultural como lo afirmara Luis G. Urbina en relación a los amores adúlteros de David y Betsabé, no impide pensar que, en relación a “Los Árboles de la Vida de Acatlán”, no pocos de los monjes judaizaran, algunos de manera inconsciente, y otros de manera por demás deliberada
El Códice Mendocino nutre sus raíces en Historia General de las Cosas de la Nueva España, monumental obra de Fray Bernardino de Sahagún, códice en la que el águila no devora a una serpiente, asentándose en un nopal con tunas rojas que simbolizan corazones, así que de no ser por sobre relieves existentes en monumentos del México antiguo, sería posible concluir a la manera de Luis G. Urbina, que la imagen de “el águila y la serpiente” , podría muy bien haber sido sobrepuesta por los monjes a partir de algún oráculo del dios Apolo.
Las similitudes de los pasajes descritos por Torquemada y Suetonio , habrían de sugerirnos a partir de las investigaciones sobre el parentesco que escudriña Lévi-Strauss, que, en medio de la formidable riqueza que las diferencias traen consigo aparejadas, no deja de ser contar con plena validez la afirmación de José Luis Martínez sobre la condición universal de los hombres que esgrime ante los pasajes de David y Nezahualcóyotl al dejarse cautivas por la desnudez de las mujeres que motivaron el ardor de sus respectivos deseos.