A propósito de la relevancia que ha adquirido el tema de la evaluación en el sistema educativo nacional, se ha repetido con insistencia –y lo dicen en primer lugar los funcionarios del INEE- que evaluar es una condición necesaria pero no suficiente para mejorar la calidad educativa.
En efecto, la evaluación es sumamente importante porque permite contar con información objetiva sobre el nivel de aprendizaje de alumnos y profesores, pero el hecho de evaluar no implica una mejora automática de la calidad de la educación.
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Para lograr el incremento progresivo de la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje se requiere contar con instrumentos y procesos válidos y confiables de evaluación que arrojen información significativa sobre el impacto que tiene lo que sucede en las aulas, pero es indispensable que dicha información sea adecuadamente analizada para sacar conclusiones que orienten las estrategias y acciones concretas de innovación y ajuste y que estas acciones se realicen con eficacia y eficiencia para incidir en la transformación real de las prácticas docentes.
En una conferencia sobre el tema, impartida por una funcionaria del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) hace unos años, escuché por primera vez la imagen que compara la evaluación con el termómetro. Usar el termómetro sirve para obtener información sobre la temperatura del paciente; sin embargo, no se puede esperar que poniendo el termómetro muchas veces al paciente y llevando un registro minucioso de la variación de su temperatura, el enfermo sane. Para curar al enfermo se necesita interpretar el dato que arroja el termómetro y analizar los demás síntomas que reporte para hacer un diagnóstico correcto y prescribir el tratamiento médico adecuado para esa enfermedad.
De la misma forma, la evaluación de los estudiantes y la de los profesores aporta información acerca de sus conocimientos, habilidades y/o competencias en el momento de aplicar los instrumentos pero se requiere un análisis de los resultados que, en conjunto con otros factores que intervienen en el proceso educativo, permitan elaborar un diagnóstico del que se derive un tratamiento –intervención para la mejora- que abone a la superación de las deficiencias y contribuya a la mejora progresiva de la calidad educativa.
A pesar de que esta imagen del termómetro es bastante clara para entender el alcance y las limitaciones de la evaluación en el proceso educativo, en los últimos años hemos vivido un debate en el que con frecuencia se suelen enfrentar dos posiciones extremas: la de los que consideran a la evaluación como un fin en sí mismo y parecen entenderla como un mecanismo de mejora automática y la de quienes descalifican todos los intentos de evaluar la calidad educativa atribuyendo a la evaluación la responsabilidad sobre las enormes carencias de nuestro sistema educativo o considerándola un instrumento perverso para desprestigiar a los docentes.
A raíz de la publicación de los resultados del concurso para acceder a las plazas en el Servicio Profesional Docente de las que hablamos en el artículo de la semana anterior, se han publicado nuevamente varios análisis en los que se pretende “culpar al termómetro de la altísima fiebre” que aqueja al “paciente” llamado sistema educativo.
Dos botones de muestra para ilustrar estas posiciones falaces pero muy aceptadas por los opositores a la reforma educativa y muchos docentes resistentes a la evaluación son el reportaje firmado por Laura Poy Solano este sábado 16 de agosto titulado: “Parece que INEE busca desprestigiar a educación pública”: acusa experta y el artículo de opinión de Manuel Gil Antón: ¿Dónde quedó la bolita? en El Universal del mismo día.
El primero se basa en una entrevista a una experta en educación, investigadora de la Universidad Pedagógica Nacional que señala que el informe del INEE, recientemente presentado bajo el título: “Panorama educativo de México. Indicadores del Sistema Educativo Nacional 2013” ve sólo los aspectos negativos de la educación y parece diseñado para “desprestigiar aún más a la educación pública” pues no establece “quiénes son los responsables de un sistema educativo que reproduce la inequidad social ni cómo vamos a mejorarlo”.
La opinión de esta experta seguramente será bienvenida entre muchos actores del sistema educativo que se resisten a ser evaluados y entre un buen número de académicos del campo que se consideran críticos y por ello creen en la teoría del complot que señala a la evaluación como el eje de la campaña para desprestigiar a los maestros y a la escuela pública en general. Para ello valen todas las razones y sinrazones, como por ejemplo pedir a la evaluación que señale a los responsables de que la educación tenga tan pobres resultados –pedir al termómetro que señale la causa de la enfermedad- y decir cómo se va a mejorar –pedir al termómetro que diga cuál debe ser el tratamiento-, cuando la primera tarea trasciende por mucho las funciones del INEE y la segunda forma parte de una etapa posterior a la evaluación que es la de la construcción de lineamientos y sugerencias para la mejora, que el INEE va a realizar a partir del análisis de estos informes.
El artículo de Manuel Gil parte de los resultados del concurso de oposición para ingresar al Sistema Profesional Docente que arrojaron, como ya sabemos, que seis de cada diez profesores que presentaron los exámenes hayan tenido resultados de “No idóneos” para obtener una plaza en el sistema educativo en sus diferentes niveles.
Luego de hacer una crítica al énfasis que dieron los medios al hecho de que los docentes estén tan mal preparados –crítica válida al amarillismo con que se manejan normalmente estos resultados-, el Dr. Gil Antón, investigador de El Colegio de México, señala tres factores interrelacionados que ayudarían a comprender mejor estos resultados: La preparación que brindan las escuelas normales, los exámenes y la práctica cotidiana en las escuelas.
Sin embargo el eje del artículo se centra en un cuestionamiento a los exámenes aplicados en este proceso y una defensa de los profesores que “seguramente no eran malos estudiantes” sino productos de una formación normalista centrada en la memorización y la repetición de datos. El artículo concluye emplazando a la SEP y al INEE a que presenten sus exámenes para ver si aprueban.
Se culpa nuevamente al termómetro de la enfermedad. El INEE tiene la responsabilidad de realizar la evaluación y analizarla para sacar conclusiones y proponer políticas y estrategias de mejora. La aplicación de estas pruebas ha sido un enorme avance en un contexto en el que las plazas eran vendidas, rentadas o heredadas, pero se cuestionan las pruebas y no las prácticas viciadas a las que sustituyeron.
El paciente está delicado, pero la culpa es del termómetro que arroja cifras que no nos gustan.