En primer lugar saludo a todos los lectores interesados en el tema de la educación. Después de unas semanas de receso, reinicio con este artículo mi participación en este espacio que generosamente me brinda E-Consulta.
a.-Los datos duros, los duros datos: La semana pasada se dieron a conocer los resultados del concurso para obtener plazas docentes a través del examen aplicado a nivel nacional –con algunas excepciones que todos conocemos- el día 19 de julio. El resultado arroja que tanto a nivel de educación básica como en educación media superior, seis de cada diez docentes obtuvieron una calificación en el nivel de “no idóneo”.
Más artículos del autor
b.-Las percepciones: Este fin de semana desayunaba en un espacio cercano a la universidad donde trabajo y a mi alrededor había varias mesas ocupadas por grupos de docentes que estudian maestrías en el campo pedagógico dirigidas a su profesionalización. Estaban en receso de su clase y hablaban de un trabajo que les habían encargado hacer en equipo, tratando de ponerse de acuerdo. Una de ellas comentó: “yo puedo adelantar esta semana. Vamos a estar en cursos y les aseguro que este trabajo de la maestría es mil veces más interesante que lo que vamos a hacer ahí”. Esta percepción la he escuchado muchísimas veces a lo largo de mis años de experiencia como formador de docentes. En general, los profesores consideran poco significativo, aburrido e irrelevante lo que les obliga a hacer la Secretaría de Educación Pública en la semana previa al ingreso a clases, ya sea en la versión anterior de “TGAs” (Talleres Generales de Actualización) como en lo que ahora llaman “fase intensiva” de los Consejos Técnicos Escolares.
Tal parece que seguimos enfrentando una gran contradicción, pues mientras los datos duros se empeñan en mostrar la deficiente formación de los docentes de nuestro país y la urgente necesidad de que nuestro sistema educativo diseñe e instrumente un proceso sólido, eficaz y significativo de formación de los profesores –tanto en su etapa inicial, como para docentes en servicio-, la terca realidad sigue mostrando que los pocos tiempos del ciclo escolar donde se puede reunir a todos los docentes se desperdician en actividades burocráticas, información sobre programas y requisitos oficiales, planeación administrativa y en el mejor de los casos, alguna capacitación técnica puntual.
La formación docente entendida como verdadera transformación de la manera en que cada educador entiende su tarea y se compromete mediante decisiones y acciones concretas a mejorarla sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra educación, una tarea que aún no aporta la reforma educativa de este sexenio.
Retomo aquí dos elementos centrales que planteo en mi libro: Una filosofía humanista de la educación (Editorial Trillas), que tiene como tema central precisamente la transformación docente para lograr una educación significativa o personalizante.
1.-Todo proceso de formación docente orientado hacia la transformación intelectual y ética del docente debería ser en sí mismo un continuo, creativo y profundo planteamiento de las preguntas fundamentales por el método, las finalidades y resultados, y las exigencias de autenticidad de la propia práctica docente:
-¿Qué es lo que hago cuando pretendo educar? (El método de cada profesor)
-¿Qué es lo que obtengo cuando hago esto? (La finalidad o resultado esperado, es decir ¿qué o cómo es un alumno “educado”?).
-¿Por qué a esto que hago se le llama educación y no de otro modo? (Las exigencias de autenticidad de la educación para ser eso y no capacitación, instrucción, indoctrinación, o cualquier otra cosa).
2.-La formación docente entendida como transformación a partir de la búsqueda, presenta algunas exigencias cuya consideración es imprescindible para responder a las demandas educativas auténticas de la realidad concreta que hoy vive la humanidad. Estas exigencias se derivan de procesos dialécticos que están presentes en la realidad de los docentes de hoy y que se tienen que ir analizando para distinguir los caminos auténticamente educativos de los que no lo son. Estas “dialécticas docentes” se encuentran en las distintas dimensiones de la búsqueda humana del docente concreto. Una “dialéctica docente” consiste en la presencia de dos fuerzas en tensión, antagónicas, que están actuando simultáneamente y en la misma dimensión de la vida docente, una lleva al desarrollo humanizante y la otra a la deshumanización progresiva.
Tenemos entonces una dialéctica personal del profesor: el punto de partida básico es considerar el hecho evidente pero a menudo olvidado o subvalorado de que el profesor en formación es una persona, un sujeto humano concretamente operando en su propio proceso de autoconstrucción individual, de manera congruente con las exigencias de su propia estructura consciente o a partir de los bloqueos o prejuicios que impiden el despliegue de esa búsqueda de humanización.
En segundo lugar, existe una dialéctica de la cultura docente, es decir, la tensión permanente entre los significados y valores que determinan la forma en que se vive la docencia cotidianamente en determinado contexto escolar –público o privado, rural o urbano- y en el contexto amplio del sistema educativo nacional que son factores de desarrollo de una educación significativa y aquellos significados y valores que determinan prácticas rutinarias, anquilosadas y cerradas a la innovación y la mejora.
Por otra parte, existe también la dialéctica social del docente y su rol: las tensiones entre la búsqueda personal y profesional del profesor y las expectativas que la sociedad tiene de su desempeño al ser un “intermediario”, un intérprete y un facilitador de los deseos auténticos e inauténticos de permanencia y/o desarrollo o declinación del status quo.
Finalmente, existe la dialéctica histórica: que parte del hecho de que existen exigencias permanentes genuinas y no genuinas que permean el hecho de ser docente e impregnan la práctica cotidiana en las aulas que se han ido definiendo e introyectando históricamente y transmitiendo de generación en generación entre los educadores.
La realidad de lo que sucede en las aulas no cambiará hasta que no se reforme la concepción sobre el sentido de la formación docente y se busque más allá de la información y la capacitación, una verdadera transformación de los maestros.