José Luis Escalera, creador y dueño de la librería Profética, creció en un ambiente de libertad y disciplina. A lo largo de sus años escolares fue un estudiante por encima de la media y eso no le impidió protagonizar un pleito con el malo del salón y derrotarlo.

A los seis años, su madre murió y la familia sufrió un golpe traumático. Cada uno de los cinco hermanos que integraban la familia tuvieron que hacer un esfuerzo para que la pérdida de su madre no se convirtiera en una tragedia que les destrozara la vida.

En esa época, José Luis Escalera vivió de forma independiente y no le tenía que rendir cuentas a ninguna persona. Disciplinado y metódico, su padre y sus hermanos mayores tenían confianza en él y le permitían tener llave propia y entrar y salir de su casa cuando le viniera en gana.

José Luis Escalera se convirtió en ingeniero industrial y reconoce que lo hizo porque su padre era un textilero, dueño de una fabrica de hilo. Entre broma y broma, José Luis sugiere que la vida le dio una segunda oportunidad y que pudo corregir y conseguir un postgrado en literatura.

El padre de José Luis fue un hombre de familia modesta y no tuvo posibilidades de estudiar, sin embargo, su esfuerzo y dedicación lo convirtieron en un industrial exitoso. Para compensar su falta de estudios formales, el padre de José Luis comenzó a leer libros de todo tipo, construyó una biblioteca más que respetable, y se convirtió en una persona con suficiente cultura.

En la casa de José Luis se hablaba de historia, música y literatura, pero sin llegar a la exageración, porque no era un mundo de académicos e investigadores. A pesar de que durante su juventud fue moderado y tolerante, reconoce que con los años se le ha ido agriando el carácter.

Una de las cosas que provoca el enojo de José Luis Escalera es percibir los males que aquejan a la ciudad de Puebla, en la que advierte que ha crecido de manera exponencial la contaminación visual y la inseguridad.

“Yo soy poblano, aquí nací. Estudié ingeniería industrial originalmente. Mi licenciatura es Ingeniería y posteriormente estudios de postgrado en literatura. Digamos que andaba yo un poco…”.

¿Le das el mismo valor a la literatura que a la ingeniería?

“Por supuesto que tienen valor, pero en este caso sí es como una constatación de que uno puede corregir los errores, de que hay segundas oportunidades en la vida, a veces. No lo pondría yo tanto en términos de que sea mejor o de que sea peor, más valioso o menos. Es una cuestión como de afinidades. Afortunadamente el mundo es muy grande y hay muchísimas cosas. De ahí que cada ventanita por la que uno se asoma a ver el mundo pueda llegar a ser interesante y fascinante”.

“En ningún momento digo en serio lo de las profesiones. No menosprecio a los ingenieros ni la profesión de ingeniería. Me parece que ahí pasan cosas súper interesantes, súper divertidas, en las que puede haber posibilidades enormes de hacer una vida muy rica, muy plena, y que pueda servirle de mucho a la sociedad, a la patria, al planeta. Lo que pasa es que, como todo, uno tiene que ir encontrando cuál es la ventanita, cuál es el pedacito de mundo al que uno se quiere asomar y qué parte o qué fracción del mundo es en la que quiere uno participar y aprender a disfrutar o aportar. En mi caso, fue una salida falsa la de la ingeniería, y luego de alguna manera se pudo corregir”.

Salida falsa, dices.

“Bueno, a ver, estuvo bien. Me gustaban los números, me gustan, yo no era malo para esos temas de matemáticas y física y cosas de esas. No estuvo mal. Yo trabajé, fui ingeniero. O sea, ejercí la profesión casi 20 años, por supuesto no me arrepiento de haberlo hecho. Creo que lo hice bien, simplemente había una parte de mí, quizás más auténtica, había una fuerza, y como que deseaba, anhelaba otras cosas, y por eso es que lo pude encontrar en la literatura”.

¿Fuiste un ingeniero cumplidor o brillante?

“Cumplidor. Brillante no”.

El cura era bravo con el dinero de las limosnas

El mundo en que José Luis Escalera creció era tranquilo y con pocos habitantes. Asistir a la iglesia era no sólo una obligación religiosa, sino un momento para ser testigo de cómo las clases sociales diversas se codeaban unas con otras.

Uno de los recuerdos más vivos de José Luis es el momento en que el cura de la parroquia recogía las limosnas, porque sus ademanes revelaban si la donación había sido generosa o sólo para cumplir.

¿En qué colonia viviste?

“En Santiago. Yo nací en Santiago, en la 15 Sur y en la 13 Poniente. Vivía a 3 calles de la parroquia de Santiago, la 17 y la 19, y yo soy de la 15 Sur. Ahora, Santiago es un desastre, se lo llevó el tren. Sobre la 15 Sur pasan creo que 90 por ciento de las rutas de transporte público de esta ciudad y eso acabó con esa calle en particular. En general, entre la UPAEP y el pésimo transporte público que hay en Puebla, acabaron con la paz de ese lugar”.

¿El trazo de la calle era el mismo?

“La calle era igual. Lo que no había era ruido, no había coches, pasaba por ahí de vez en cuando un Garita-Panteón o un San Matías. Eran calles muy tranquilas, en las que podíamos andar en bicicleta, podíamos echar una cascarita. El rumbo estaba totalmente habitado, no había comercios, había básicamente casas. Había como dos Santiago, uno como más obrero, más artesano, más popular, y el otro Santiago más clasemediero, más aristocrático, vamos a decirlo así. Pero los dos convivían, tenían contacto entre sí. Nos podíamos ver, saludar, reconocer y ubicar”.

“No había esta cosa como de no vernos, como de las ciudades que se han vuelto agresivas, hostiles. Por supuesto, la parroquia tenía todavía una función muy importante como centro de la vida social, de la vida simbólica, de la ciudad, obviamente alrededor de la religión, de la espiritualidad, de la fe, pero con todo este agregado de la fiesta. Ir a misa era ir a echarte la gordita o la chalupa, salir de misa y echarte unos tamales, pasar a comprar el pan, que estaba enfrente. Todo eso obviamente lo hacíamos a pie y se generaban como encuentros con los vecinos, te encontrabas con el obrero, o con el dueño de la fábrica. Por decirlo así, como que ahí estaban las distintas capas sociales presentes, conviviendo”.

“Yo lo idealizó un poco, pero recuerdo que había una convivencia respetuosa, democrática. En misa estaban el obrero y el dueño de la fábrica y no pasaba absolutamente nada. En todo caso, el que se encargaba como de marcar las diferencias era el párroco, monseñor Figueroa, que era bastante bravo con el dinero, y podías adivinar cuánto había dado de limosna la persona por el gesto que él hacía. Si la palmadita y la sonrisa era amplia o generosa, la limosna había sido considerable, si había un desprecio, era por los 3 pesos que habían dado. Su lenguaje corporal te indicaba con mucha precisión sí se habían dado 20 pesos o si habían dado 20 centavos”.

¿Fuiste buen estudiante?

“Síp. Disfruté mucho la escuela, y la verdad es que yo eso del bullying lo empecé a oír hace unos cuantos años. No recuerdo ni haber sido buleado ni haber buleado a nadie ni ver que lo hicieran con un compañero. Es verdad que de repente al gordito le hacíamos bromas o así, pero era bastante tranquilo. No había mala onda de fregar”.

¿Hicieron alguna vez maldades, bromas, una hazaña?

“No, yo diría que éramos así como muy bien portaditos, estábamos como muy alineados a lo que el colegio decía, a lo que los papás decían, no había un ambiente, así como de efervescencia o rebeldía, de molestia, de ganas de cambiar las cosas”.

¿Te peleaste alguna vez en la escuela?

“Sí, me peleé en segundo de primaria una vez y tuve la suerte de romperle la cara al malo del salón, al más alto, y el más ponchado. Tuve un golpe de suerte y eso me hizo ahí una especie como de halo de respeto: ‘Este güey es bueno, aguas’. Y no hubo necesidad de pelear más”.

¿Te acuerdas por qué fue el pleito?

“No me acuerdo. Se llamaba Jorge y era grandote. Éramos niños de 8 años. Yo creo que más bien se tropezó, tuve mucha suerte. O sea, sí le pegué, pero más bien se tropezó un poco y se cayó y quedó allí noqueado. ¿Qué pasó? No sé si me molestó, me dijo algo que me cayó gordo, la verdad es que no me acuerdo”.

¿En la secundaria descubriste tu facilidad para las matemáticas?

“Me costaba, no es que yo sacará facilísimo los dieces, me costaba mi trabajito, pero no era así como el coco. La conciencia que tuve es que mientras para muchos cuates era la piedra en el zapato, los ponía a sufrir y ahí se atoraban, yo no. Con un poquito de tiempo y de tareas, sacaba ochos y nueves, y de repente un 10. No me costaba mayor trabajo”.

“En la secundaria, todo giraba alrededor del cine. Yo en esa época estaba muy picado con el frontón, jugaba mucho, andaba en la bicicleta, hacía deporte. Me gustaba mucho nadar y la vida giraba entre el cine, el centro, el Club Alpha, el frontón, la natación, y me daba por el ajedrez”.

Mi padre era un gran lector y tenía una buena biblioteca

La madre de José Luis Escalera murió cuando él tenía 6 años y fue un golpe que tuvo que superar para que su vida no se hundiera en la tragedia. A pesar de que su padre estaba dedicado por entero al trabajo era un lector consumado y formó en su casa un ambiente en el que se hablaba de historia y literatura.

¿Tus padres eran autoritarios o preocupones?

Cero preocupones, yo andaba por todos lados a mi antojo, Mi mamá murió muy joven, cuando yo tenía 6 años, entonces mi papá estaba poco tiempo en la casa, trabajaba mucho”.

¿A qué se dedicaba tu papá?

“Era textilero, era industrial, se dedicaba a la manufactura de hilo. Como que en esa Puebla de 400 mil habitantes que más o menos había, la ciudad era muy segura, muy tranquila. Y como que mi papá, entre que era a lo mejor un poquito conchudo o yo no sé, pero había absoluta confianza, y yo entraba y salía de mi casa. Tenía yo llave. En todo caso, más que sobreprotección, yo diría que hubo subprotección. Estuve demasiado suelto, demasiado libre. Muy independiente. Claro que yo era muy bien portado, como que mi vida giraba alrededor de la escuela, del Alpha, los amigos y párale de contar”.

Creciste en un ambiente de disciplina, ¿había cultura?

“Sí, mi papá, por ejemplo, era muy buen lector. Le gustaba mucho leer, tenía una buena biblioteca. Él no pudo estudiar más que hasta sexto de primaria, en su casa no había lana y tuvo que trabajar desde muy chamaco y siempre se quedó como con la preocupación de no haber tenido ningún estudio, y de alguna manera lo compensó o lo subsanó siempre a través de la lectura. Era un buen ejemplo de lo que se conoce como una persona autodidacta, era un cuate que sabía muchas cosas y podía mantener conversaciones bastante serias y profundas sobre ciertos temas, básicamente por lo que había leído”.

Es un orgullo.

“Sí, digamos que en ese sentido él es un referente. Mi papá, por ejemplo, no viajó nada, no salió de Puebla en su vida, y te podía hablar de cosas, de lugares, de museos, o de sitios en el mundo. Y gente que no lo conocía, decía: ‘Este cuate estuvo ahí’. Yo, que sabía que no había ido, nada más me quedaba callado. No es que mi papá estuviera fingiendo, pretendiendo esos viajes, porque el tema no era el viaje, sino que él sabía de ese asunto, sabía de ese lugar, o sabía de lo que se hablaba. En ese sentido, sí, como que sí crecí en un ambiente, vamos a decirlo así, como culto, ilustrado, con interés por esas cosas, el arte, la historia, la música y la literatura. Se hablaba de eso en mi casa, había un poquito de ese mundo. No te imagines una cosa así muy exagerada, no es que fuera un mundo de académicos e investigadores, pero había como estas inquietudes, esta curiosidad, este deseo, estas ganas por saber del mundo, por enterarse de qué pasaba y participar de eso”.

¿Por qué crees que eras tan bien portado?

“No sé”.

¿Así naciste?, ¿venía en tus genes?

“No sé, esa pregunta ya es así como de psicoanalista”.

¿Nunca sentiste el impulso de portarte mal?

“Me he referido a mis primeros años, los de la primaria, esto ya no fue igual en la secundaria y prepa. Obviamente yo era distinto, mis cuates eran distintos, el mundo había cambiado también. Ya en los setentas pasaban otras cosas, siempre dentro de un esquema bastante ñoño, apegado a la norma. Había una cultura como de respetar lo establecido, la tradición en la escuela, lo que decían los gobernantes, tus papás y tu familia. La rebeldía quizá vino después. No sentía yo esa como compulsión de cuestionar al mundo o de rebelarme en contra de él y de violentar el estado de cosas, por decirlo de algún modo”.

“Había un ambiente familiar y de amigos en el que las cosas estaban más o menos establecidas y no había mayores inquietudes por modificarlas o violentarlas. Mi papá era un cuate muy ordenado, muy trabajador, siempre muy respetuoso de la ley. No quiere decir que no se diera cuenta de muchas cosas que estaban mal y que no las cuestionara o las criticara, y que no hubiera álgidas discusiones en las comidas de los domingos. Había buenas conversaciones y buenas discusiones sobre los temas de actualidad, pero lo que había era como un ambiente de respeto a lo establecido, de respeto a la ley, a la autoridad”.

¿Fuiste un niño feliz?

“Yo creo que lo de mi mamá fue una cosa muy fuerte. Haberla perdido tan joven, creo que fue algo que marcó mucho a la familia, algo que formó parte importante en mi papá y mis hermanos y en mí. Sin embargo, haciendo a un lado ese evento que fue fuerte y bastante traumático, creo que la pudimos hacer. Sí había una tristeza y había una pérdida, una ausencia importante que todos y cada quien a su manera fue viviendo, gestionando como pudo, y no fue una pena que se convirtiera como en una tragedia familiar. Yo diría que con esa salvedad, tuve una infancia bonita”.

De la burbuja al trabajo social en colonias pobres

Hubo un momento en la vida de José Luis Escalera en que los cambios que ocurrían en el mundo lo tocaron y comenzó a salir de la burbuja de bienestar en la que hasta entonces había vivido.

Comenzó a realizar trabajo social en colonias menos favorecidas y a conocer personas con otras preocupaciones y a aprender de ellas. Aunque se esforzó en el trabajo que hacía, sabía que sólo con la ayuda de otros factores se podría transformar la realidad de las personas a las que apoyaba.

Dices que en la secundaria comenzaste a cambiar y también la ciudad.

“Ahí empezó a cambiar Puebla, bueno, ya venía cambiando, pero ahí como que se comenzaron a notar cambios. En el mundo, en el país, comenzaron a suceder cosas. Yo estaba chico, pero ya en los 70, en la secundaria, había mucha agitación. Por ejemplo, fueron las épocas de la reforma universitaria, una época de efervescencia política en la universidad. Los profesores, los compañeros, nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando en el mundo, veíamos esta disputa entre el comunismo y el capitalismo, que si la injusticia, que si la pobreza, los ricos, los pobres. Este tipo de discusiones llegaron”.

“En ese momento justo, entre mis 13 ó 14 años, de la situación más o menos idílica que te cuento en la primaria, como que entra muy claramente esta idea de: ‘A ver, espérate’. Como que comencé a ser consciente de ciertos privilegios que yo tenía, con los que yo vivía, y que no eran algo que le pasara todo el mundo”.

¿Cómo te adaptaste a esa nueva realidad? ¿Participaste en algún movimiento?

“Sí, por supuesto. Íbamos a la colonia Joaquín Colombres, teníamos un grupo de cuates que íbamos a hacer trabajo social. Allí había una especie de centro comunitario”.

¿Qué hacían?

“Básicamente era alfabetización, regularización escolar, fútbol, deporte y echar relajo con los chavos. La consigna, la idea, era como salir de la burbuja. No estar encerrados en esta burbuja en la que yo había vivido, sino de abrir los ojos y decir: ‘A ver, a dónde vivo. Qué está pasando a mi alrededor. Cómo viven, cómo sienten. Qué pasa en el mundo, qué pasa en la casa de enfrente’. En ese entonces, no tanto con un ánimo demasiado crítico, sino más bien como de curiosidad y con un legítimo interés por entender qué pasaba”.

Y ayudar de alguna manera.

“Sí, seguramente. Aportar lo que podías a que eso fuera distinto. No me hacía muchas ilusiones de que el poco o mucho esfuerzo que yo hacía en ese trabajo social fuera a significar una gran diferencia en sus vidas o en la vida de la colonia. No me imaginaba que lo que hacíamos tuviera tanto poder, sino más bien era como este gusto por aprender y ponerme frente a otras realidades, como sensibilizarme y aprender”.

¿Todo eso llenaba tu vida?

“Sí, porque fiestas y eso, pues de vez en cuando. La época de las fiestas y de las chavas y del alcohol y la noche, vino después, más hacia la prepa. En secundaria todavía era como diurno el asunto, con una sexualidad bastante reprimida, bastante poco ejercida. Había digamos un ambiente como de control o de prohibición, de mucha censura, incluso autocensura. En ese sentido, la ciudad provinciana, chiquita, católica, allí estaba influyendo en eso claramente”.

¿En la preparatoria hubo más acción?

“Si, en la prepa ya fue más pachanguera. Digamos que tuve dos o tres tropiezos. Recuerdo haber reprobado por primera vez una materia en la prepa. Reprobé precisamente matemáticas y física. Estaba yo, bueno, me sentía fatal, súper culpable. No sabía qué pasaba, fue así como un momento de crisis. Pero, en general, me gustaba estudiar, me gustaba dedicarle tiempo a la escuela y hacer las tareas y hacer trabajos en la prepa. En el Oriente, las clases en esa época eran por las tardes y como que hubo ahí un cambio de rutina interesante, más que despertarte temprano para ir a la escuela, tenías como toda la mañana libre. Y sí, muchas veces salíamos del colegio en la tarde-noche y nos íbamos a echar unas chelas al parquecito, en San Manuel. Comprábamos la caguama o de repente la botella del Bacardí, era la época de La Jarra famosa, agarrar la jarra, la fiesta, las primeras novias, las chavas, la discoteca, cosas de esas”.

¿Tuvieron problemas con los policías por beber en la calle?

“No recuerdo haber tenido nunca un problema con la policía, ahora sí que chupábamos tranquilos, ahí estábamos en la banquita”.

¿Eres enojón?, ¿eres irascible?

“Si, un poco. En la época de la escuela no me enojaba. Creo que el carácter se me ha ido agriando con los años. Sí me he vuelto como más irascible, más irritable, más intolerante, más impaciente, pero en ese entonces no lo era”.

Te está cobrando la vida toda esa paciencia y moderación que tuviste en esos años.

“No sé, a lo mejor no era tan bueno y sólo como qué me aguantaba. A lo mejor soy más asertivo, más claro en lo que siento, en lo que pasa, y no me dejo. Recuerdo que había pleitos en la secundaria y en la prepa continuamente, pero yo no participaba en ellos. Yo más bien era como mitotero en los pleitos y de repente amarraba navajas o me metía: ‘Espérense, no sean payasos, cálmense’. Intervenía en los pleitos de otros, ya fuera para hacerlos más grandes o para pacificar las cosas y que no llegaran a mayores, pero no era yo peleonero para nada”.

¿En la preparatoria fue donde decidiste dedicarte a la ingeniería?

“Terminando la prepa dije: ‘Ahora qué hago. Bueno, pues ingeniería’”.

¿Influido por el asunto de la empresa de tu padre?

“Sí, claro. Yo había trabajado durante varios años en la fábrica en las vacaciones, me gustaba mucho y había como mucho cariño. Sí, por supuesto que me influyó”.

¿Cuando terminaste Ingeniería te fuiste a trabajar con tu padre?

“Bueno, cuando estudiaba no trabajé, estuve dedicado al ciento por ciento a la escuela. Estudié en la Ciudad de México, entonces como que perdí bastante contacto con Puebla y ahí no trabajé, prácticamente estuve dedicado a la universidad”.

Cómo era la Ciudad de México, ¿una selva?, ¿otro lugar idílico?

“Yo creo que fue la peor temporada de la Ciudad de México. La peor época fue en la que yo llegué, en los ochentas, y si bien el Metro ya lo habían empezado a construir en el año 68, Díaz Ordaz, la ciudad había crecido bestialmente y en ese momento estaba desbordada. Había unos niveles de contaminación altísimos. Recuerdo la Ciudad de México gris, con esta capa de contaminación horrible cuando llegábamos en la carretera, muchísimo tráfico, bastante complicada”.

¿En qué parte de la Ciudad de México viviste?

“En La Campestre Churubusco. La universidad estaba ahí en La Campestre, por eso yo viví ahí. En mi día a día, lo que pesaba mucho era la contaminación. Estaba cochino el aire, olía feo, el cielo gris. Te olvidabas del cielo azul o lo veías cuando venías a Puebla. Recuerdo que después de que había corrido el viento, había llovido, se veían los volcanes, y bueno, los chilangos hacían mole. Me daba risa. Era el comentario: ‘¿Viste El Popo? ¿Viste el Izta? Mira el Ajusco’. Nosotros en Puebla veíamos los volcanes a diario, desde cualquier lado, los volcanes eran parte de nuestro paisaje natural. Allí era un acontecimiento, los dos o tres días al año que se veían los volcanes, bueno, eran tema de conversación”.

La tragedia que vive la ciudad hace que me violente

Aunque José Luis Escalera no baila, disfruta de la música y asiste a conciertos en el auditorio. En los últimos años descubrió el placer de la conversación, pero asegura que detesta los chismes.

José Luis Escalera se considera un buen escucha y siempre está dispuesto a sentarse a una mesa y compartir vivencias y un trago.

Dijiste que eres irascible, que te fuiste transformando.

“Yo creo que me he ido haciendo más irritable”.

¿Qué te hace irritar?

“Hay varias cosas. Digamos que en los últimos años he ido desarrollando una como hipersensibilidad a la tragedia de ciudad en que se ha convertido Puebla, a la cantidad de cosas mal hechas, mal pensadas, mal diseñadas, que le han pasado a Puebla. Eso me irrita mucho, me duele. En el fondo lo que hay es como una tristeza, un dolor, pues, por ver lo que veo, de ver la ciudad en muchos sentidos tan mal. Entonces sí, como que me pongo sangrón, me enojo. Digamos que cuando veo eso, hay una parte como que me violenta, y siento la impotencia, así, enorme. Qué es lo que puedo hacer, sino chillar y quejarme”.

Berrinche.

“Pues sí, porque como que los intentos de acercarte a la autoridad y platicar y proponer siempre son muy trabajosos, muy lentos, estériles, muy complejos. Entonces surge la impotencia de ver tantas cosas que yo diría: ‘Carajo’”.

Cómo qué.

“Bueno, la lista es larga, pero empezaría por lo más fácil: la contaminación visual. La cantidad de anuncios, la ciudad absolutamente tapizada de publicidad, desde el gigantesco espectacular, hasta el poste con su papelito, con su cartelito. Una ciudad súper cochina, súper sucia, donde participan todos, porque ensucia desde la miscelánea que quiere vender sus refrescos, hasta mi vecino que perdió su perrito y pone el anuncio en los postes, o el gobernador, el presidente, los partidos políticos, la presidencia municipal, o quien tú quieras, las empresas, las universidades. Ante el vacío legal, ya es una cosa generalizada, ante la permisividad de los reglamentos en la materia, todo mundo se siente con derecho de gritar más fuerte. Eso me irrita mucho, muchísimo. Además, es algo absolutamente solucionable, con poco dinero y en poco tiempo”.

“Es decir, el tema, por ejemplo, de la contaminación del Atoyac es un problemón. Limpiar la cuenca del Río Atoyac, hacer que ese río vuelva a estar limpio, y que no lo ensuciemos en su paso por Tlaxcala y Puebla, implica un esfuerzo complicado, inversiones costosas. Contra ese escenario de complejidad y de altísimo costo económico que implica limpiar el Río Atoyac, la contaminación visual es exactamente lo opuesto”.

“Entonces, ver esa cantidad de basura y dice uno: ‘¿Nada más es porque queremos?’. Es pura omisión y los primeros que están ensuciando la ciudad son los propios políticos en campaña, el compadre pone el anuncio irregular y le regalan el espacio durante la campaña por 6 meses para que se anuncie, a cambio de la impunidad para el resto del período de este gobernante. Los propios gobernantes asociándose con dizque empresarios, el negocito, y entonces invaden las áreas verdes o los puentes. Eso me encabrona profundamente, lo padezco, porque, insisto, es algo solucionable. Lo del Río Atoyac está muy difícil, esto no, en 6 meses o un año ya lo hiciste. A mí me duele mucho convertir lo que yo considero que es como la casa común, la ciudad, en una tienda”.

Qué pasatiempos tienes.

“Bueno me gusta mucho en general el ejercicio, correr, nadar, andar en bici. Me gusta mucho el ajedrez, obviamente, leer. Leo mucho”.

¿Qué libro estás leyendo?

“Ahorita estoy terminando Desierto Sonoro, de Valeria Luiselli. Es una novela de una autora mexicana. Vive en Estados Unidos, pero es mexicana”.

¿Bailas?, ¿bailaste?

“No, cero. Pésimo bailarín. Disfruto mucho platicar. Quizá sea como un hobby, una actividad que redescubrí. En mi familia vivía entre gente muy platicona, conversadora, como yo era el más chico, no era yo de los que platicara mucho, pero escuchaba. Viví en un ambiente de muchas conversaciones, de diálogo, pleitos y discusiones. Entonces, me gusta sentarme a una mesa con un amigo y tomarme un trago y platicar”.

¿Cualquier tema?

“Obviamente con los amigos con los que me junto tenemos nuestros temas, pero me gusta hablar de la actualidad política, de López Obrador, del nuevo gobierno, todos los cambios. Por supuesto, siempre de la agenda de la ciudad, el tema de la comunidad, la contaminación visual, el tema ambiental, el tema de los árboles, quizá sea uno de los hobbies como más intensos que tengo. Me gusta platicar de esos temas, pero no con todos los amigos. Platicamos como de sus vidas. Me choca el chisme, me choca hablar de otros que no estén presentes, me choca hablar de la vida de los demás. O sea, no me interesa, pero si tú y yo nos sentamos a una mesa y sale una conversación donde tú me cuentas: ‘Fíjate que no sé qué’. Eso me interesa: que tú me cuentes y me digas”.

Eso es compartir.

“Pues sí, no es chisme si dicen: ‘Oye, estoy triste, o estoy feliz, o me pasó esto. Fíjate que traigo esta bronca. cómo le hago’. Eso, por ejemplo, es algo que disfruto. Creo que soy buen escucha, como que pongo atención, me fijo, me acuerdo, me importa la otra gente”.