José Doger Corte, doctor en Educación, secretario de Rectoría y rector de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla durante 7 años, ha sido testigo de la transformación de la ciudad y recuerda incluso que vio el puente colgante que estaba en la zona en la que ahora se encuentra el Centro de Convenciones.

En el transcurso de la conversación, el doctor José Doger Corte acepta que su apellido tiene una presencia importante en la vida pública de la ciudad, y precisa que llevar un apellido que resuena, en ocasiones tiene sus inconvenientes, y que en otras de plano es doloroso.

Desde niño, el doctor José Doger Corte comenzó a trabajar codo a codo con su madre, una mujer fuerte que le transmitió valores y educación. A la edad de 10 años colaboraba con su mamá en un puesto de artesanías y asegura que cuando le daba tiempo lavaba coches y la hacía de viene viene para ganarse uno o cinco pesos.

Cuando tenía 8 años de edad, su padre abandonó a la familia y el doctor José Doger Corte sólo volvió a ver a su padre cuando le avisaron que había muerto. Él tuvo que ir a la Ciudad de México para traer a Puebla el cuerpo de su padre y lo depositó en la capilla de la familia Doger.

Debido a que era buen estudiante, las autoridades escolares le propusieron que diera clases y ahí comenzó una carrera en la docencia en la que destacó, primero como secretario de Rectoría y posteriormente como rector de la BUAP.

El doctor José Doger Corte reconoce que en su paso por las aulas fue un profesor estricto y asegura que jamás regaló una calificación, sino que fue justo y valoró el temperamento y las condiciones sociales de cada uno de sus alumnos.

¿Usted es poblano?

“Sí, poblano de nacimiento. Toda mi vida he vivido en Puebla”.

¿Vio el desarrollo de la ciudad?

“Sí, yo nací en 1952, fui testigo, junto con muchos otros, de la transformación que Puebla ha sufrido a lo largo de todos estos años, empezando por los años 60, los conflictos de la sociedad poblana, los de la universidad, los cambios”.

“Me tocó ver cuando entubaron el río San Francisco, cuando abrieron, que cometieron un gran error al haberlo hecho. Abrieron todo lo que es hoy el boulevard 5 de Mayo y metieron unos tubos enormes, que iban a ser dos, y terminaron poniendo sólo uno. Entonces podría decirte que había solamente dos calles para transitar de oriente a poniente y de poniente a oriente y en el centro de la ciudad, que era la 2 Oriente-Poniente, lo que era la Maximino-Reforma anteriormente, la 14 Oriente-Poniente, y más adelante estaría la 25”.

“Para pasar en donde está ahora el Centro de Convenciones había todavía un puente colgante que podías atravesar. La ciudad era el Carmen y ya ir a Santa María era ir muy lejos. En 1962 se llevó a cabo la primera feria de Puebla en los terrenos de San Manuel, que hoy está aquí a la vuelta, pero en ese entonces era ir muy lejos. San Baltazar Campeche, que es una junta auxiliar de Puebla, era un lugar de esparcimiento entonces, era a donde nuestros papás nos llevaban de día de campo. Ahí donde estaba la laguna de San Baltazar tenía la oportunidad de alquilar una bicicleta, te la alquilaban por una hora, con cincuenta centavos, un peso o algo así. Y la gente era muy honrada, tú llegabas y no te pedían credencial, no te pedían nada. Sólo llegabas y decías: Quiero alquilar una bicicleta. Pagabas, te daban la bicicleta y una hora después la entregabas. Así era, vivimos toda la transformación de Puebla”.

¿En qué barrio vivió?

“Mi madre vive en el barrio de Los Remedios, en el centro de Puebla, en la 8 Oriente, entre la 18 Norte y 20 Norte, donde en la esquina está la iglesia de Los Remedios, que fue un lugar muy importante cuando llegaron los franceses, porque desde ahí se estableció un cuartel militar, para dar la batalla y enfrentar a los franceses. Si no me equivoco, ahí estaba Porfirio Díaz combatiendo contra los franceses de este lugar”.

¿Ahí estuvo su casa, ahí creció?

“Ahí nací, ahí crecí, y hasta la fecha mi mamá sigue viviendo ahí”.

Cómo era su casa de niño.

“Bueno, la casa era, debo decirte que la casa aún la conservo, esas casas eran de mi abuelo y él vivía enfrente de donde nosotros vivíamos, y cuando mi abuelo muere, me hereda parte de sus propiedades, y ahí vivía mi mamá. Logramos hacer una casa moderna, lo moderno de 1968, para mi madre, y vive desde entonces en ese lugar”.

¿Cuántos fueron de familia?

“Fuimos cinco, cuatro hermanas y un servidor. Hasta la fecha viven tres hermanas y tu servidor”.

Usted es el único hombre en su familia, ¿fue muy querido, muy apapachado?

“Hasta la fecha, tengo mis hermanas que son mayores que yo, la que falta, era la menor, que desgraciadamente la asesinaron hace ya 12 ó 13 años, sin que nunca hayan agarrado a los culpables. Tengo 3 hermanas mayores que yo, y ya te imaginarás que cuando era niño, el consentimiento de tu familia, de tu mamá, que sigo siendo para mi mamá Pepito, todavía. Ya a mis 67 años, sigo siendo Pepito”.

Qué bueno, ¿no?

“Sí, claro, mi madre cumplió 94 años el día 1 de enero de 2020. Hasta la fecha como con ella todos los lunes, le hablo o la veo la mayor parte del tiempo que puedo y siempre me dice: Pepito, cómo estas”.

Eso lo retrata como un buen hijo.

“He tratado de ser un buen hijo a lo largo de mi vida. He tenido una buena formación que me dio mi madre. Déjame decirte que ella tiene un negocio desde 1962, en El Parián, en los locales 7 y 8, y ahí me formé también, porque desde esa edad, desde los 10 años, yo me iba a trabajar con ella. Trabajé desde los 10 años ahí hasta los 22 o 23 años, cuando ya entré a trabajar a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Prácticamente 10, 12 años estuve trabajando codo con codo con ella”.

¿Qué hacía?

“Pues abríamos el negocio”.

¿De qué era?

“De artesanías, es de artesanías”.

¿Compraban?, ¿fabricaban?

“Comprábamos artesanías del interior del estado y de otros estados de la república y obviamente como es un mercado de artesanías, se vendía. Dependiendo de las horas, yo era el encargado de abrir el negocio o de cerrarlo, de estar un tiempo cuando iba a la escuela en la mañana o en la tarde, según fuera el caso. El tiempo restante de la escuela, yo tenía que estar en el negocio”.

¿Su mamá se apoyó en usted?

“Más bien nosotros nos apoyamos en ella”.

Colaboraba, iba a la escuela, al negocio.

“Sí, estuvimos en El Parián y no tengo ningún problema de decir que trabajaba yo en El Parián y si me daba tiempo, cuidaba coches, lavaba el coche, la hacía de viene viene, porque me ganaba mi pesito, mis 5 pesos, entonces era muy buen dinero para un chamaco de 12 ó 14 años”.

Era hasta divertido a esa edad.

“Sí, claro, había mucha responsabilidad porque tenía que darle cuentas claras a mi mamá. Ella siempre ha sido muy clara en eso, transparente, cuentas claras. Si te mandaba al mercado con una lista y te decía: Veme a atraer esto. Pues, regresabas con el cambio y se lo dabas, hasta la fecha sigue siendo una mujer transparente y con cuentas claras”.

¿Era estricta?

“Sí, como todas las madres, y consentidora como todas las madres”.

De extremo a extremo.

“Digamos que los medios, los medios justos”.

¿Eso lo formó a usted con disciplina?

“Sí, claro, porque finalmente fue trabajo y educación, y el respeto a mi madre, que hasta el día de su muerte y después de su muerte, siempre se lo tendré”.

De buen estudiante a docente

En 1970, cuando el doctor José Doger Corte cursaba el tercer año de su licenciatura, hubo una escasez de profesores y las autoridades escolares comenzaron a invitar a estudiantes destacados para que dieran clases en preparatoria. Comenzó entonces para él una carrera de docente que años después lo llevaría a convertirse en rector de la BUAP.

¿Cómo fue que se le ocurrió convertirse en catedrático?

“Son cosas de la vida, en 1970 hubo un proceso de ingreso masivo a las universidades, no tenían profesores, entonces fueron buscando entre los alumnos avanzados de las escuelas a los que mejores promedios tuvieran. Así que estando en el tercer año de la carrera, a muchos nos invitaron a dar clases en la preparatoria. Entrábamos a dar clase en la prepa, ya sea en la Benito Juárez, diurna o nocturna. De ahí empezó mi carrera como docente universitario”.

¿Era buen estudiante?

“Me considero buen estudiante, no de dieces, fui estudiante promedio, de ochos para arriba. También de sietes y algunas reprobadas, porque nadie te salva de eso”.

¿Era amiguero?

“Siempre he tenido una buena cantidad de amigos, que hasta la fecha mantengo, eran compañeros que conocí a los 5 años de edad, siguen siendo mis amigos, mis compadres. Te formas, eres amiguero, pero siempre había que cumplir con la responsabilidad de estar en el negocio y en la escuela”.

¿No era aburrido?

“No, porque en el negocio, además de que me visitaban muchos amigos, jugaba yo ajedrez en mis tiempos libres”.

Digo que si no era aburrida la disciplina, no usted.

“No, en ocasiones era aburrido, por ejemplo, durante la semana de Pascua y Semana Santa. Eran días de mucho trabajo en el negocio. A lo mejor tú quisieras estar de vacaciones o irte a la calle y había que abrir el negocio a las 9 de la mañana y cerrarlo a las 10 de la noche, pero lo que vendías en esas dos semanas te podía ayudar a vivir varios meses. O sea, era importante estar ahí presente, aunque tú, chamaco, quisieras irte a dar la vuelta. No obstante, sí me daban un par de horas: Vete con los amigos y regresas. No era todo el tiempo estar metido en el negocio. No era para tanto”.

¿Y su papá? No lo ha mencionado.

“Mi papá nos dejó cuando yo tenía 8 años. Él se fue de la casa, se relacionó con otra señora. Vivió en México muchos años y murió en 1981”.

¿A qué se dedicaba su padre?

“Era negociante, era comerciante. Prácticamente desde los 8 años no lo volví a ver, más que en un par de ocasiones, hasta el día que murió. Cuando mi papá murió yo tenía como 29 años. Él murió en la Ciudad de México, fui por él, porque su familia me habló para decirme que no tenía dinero para enterrarlo. Fui por él y ya lo traje. En Puebla hay una capilla de los Doger, que hizo mi abuelo. Entonces fui por él para enterrarlo en la capilla de la familia. Mi madre se relacionó con otro señor, con el cual tiene viviendo muchos años y lo reconozco como si fuera mi papá, de alguna manera”.

¿Convivió con esta persona?

“Sí, con el nuevo señor, mucho tiempo”.

¿Y con su papá?

“No, conviví con él muy poco tiempo. Tengo muy vagos recuerdos de él”.

¿Siente que le hizo falta?

“No, realmente no. Mi mamá cumplió muy bien en ese sentido”.

Su mamá es una mujer de carácter.

“Sí, es una mujer fuerte. Formó a sus hijos ella sola, luchando todo el tiempo contra viento y marea. Todos le debemos a ella mucho”.

¿Fue un niño feliz?

“Sí, me considero un niño feliz, lo cual no significa que no haya llorado, que no haya tenido derrotas, problemas, como todos los niños. En las sumas y restas de mi vida, me considero un hombre muy afortunado y feliz”.

¿Qué lo hacía llorar?

“Pues una derrota, a lo mejor porque me robaban mi yoyo. Algún día estaba yo en Atlixco vendiendo, también nos íbamos a vender en las plazas, recién me habían traído en Navidad un juguete y me lo pidieron prestado unos niños maloras, y les presté yo muy amable el juguete y se fueron y no me lo regresaron, por supuesto que lloré. Tenía yo como 10 años. Triste, el abuso de la gente”.

El peso del apellido

El doctor José Doger Corte asegura que el primero que le dio brillo y peso a su apellido fue su abuelo, que fue un comerciante respetado dentro y fuera de la comunidad libanesa. Años después, él se convirtió en secretario de Rectoría y rector de la BUAP, y su apellido cobró una importancia en la vida académica y política de Puebla.

Su apellido tiene un peso, una presencia importante en Puebla.

“Bueno, porque hemos tenido oportunidad”.

¿Ustedes lo hicieron o ya era así el apellido?

“Mi abuelo fue un hombre muy importante en la comunidad libanesa. Un hombre que llegó en 1922 a México, a Puebla. Fue un hombre que empezó desde abajo, vendiendo ropa a plazos, en abonos, como los aboneros famosos, como esos que vemos en la televisión, y llegó a ser un hombre muy rico”.

“Sus dos hijos nacieron ricos, y tanto mi papá como mi tío no fueron exactamente a la imagen y semejanza de mi abuelo. Él era un hombre muy trabajador, muy dedicado y responsable. El nombre de los Doger sí pesaba mucho en la comunidad libanesa, con la presencia de mi abuelo. Después esto vino a menos, hasta que tuve la oportunidad de ser, primero secretario de Rectoría seis años en la universidad y después rector por siete años en la institución, y luego se fortalece con la presencia de mi primo Enrique, como rector también, y luego como diputado y alcalde en la ciudad de Puebla. Por esa razón el apellido suena, tiene algún peso”.

¿Usted fue el primero que fortaleció su apellido en la vida pública?

“Digamos que fui el primero que logró ser rector de la universidad”.

¿Construyó la solidez de su apellido?

“Me tocó la oportunidad de, junto con muchos otros compañeros de la universidad, promover un cambio importante en la institución, fijar las bases de un proyecto de largo aliento que hasta la fecha continúa en general. Después fui el primer auditor general del órgano de fiscalización, otros seis años, por esa razón el apellido tiene cierta presencia”.

¿Le gusta que pese su apellido?

“Sí y no, a veces el peso duele. Sí, a veces el peso del apellido duele, y en ocasiones duele más para los hijos que para uno. Me han tocado algunos casos que mis hijos en la universidad, ya sea pública o privada, algún maestro les ha preguntado: ¿Quién es tu papá? Y si tenía alguna filia o una fobia, en ese sentido actuaba en correspondencia, muchas veces, incorrectamente lo hacía, pero bueno, finalmente son cosas de la vida”.

Como maestro, ¿era regañón, enojón? ¿Regalaba calificaciones?

“Me considero un maestro estricto. Nunca regalé calificaciones, se las tenían que ganar los estudiantes”.

¿Recuerda algo que lo haya desquiciado en un aula?

“No, realmente no”.

¿Eran disciplinados los estudiantes?

“No, nunca, eran jóvenes y yo era joven. Yo sí era muy estricto, pero los jóvenes sabían entender, sabían comprender quién era el maestro barco y quien era el estricto, y a veces decidían incluso con quién querían estudiar, con el barco o con el estricto. Así se inscribían y actuaban en consecuencia. Claro que nunca fui un maestro injusto, creo que soy un hombre que como maestro actuó con justicia y que entendió las circunstancias de cada alumno, porque a los alumnos no los puedes tratar a todos por igual”.

Todo eso lo aprendió en el camino.

“Sí, claro, eso no lo aprendes en ningún libro, eso lo vas aprendiendo. Cuando a ti te llaman por primera vez para dar clases, ¿cuál es tu mejor referencia? Tu mejor profesor. Tú dices: ¿Cómo voy a dar clase yo? Bueno, como tuve clases de aquel que fue mi mejor profesor. Siempre tomas un referente, ya sea de la secundaria, de la preparatoria, de la carrera universitaria y actúas en función de eso, y en el camino vas aprendiendo, vas mejorando, vas transformándote también. Son temas que se aprenden en el camino”.

¿Y después dejó de ser maestro y se convirtió en funcionario?

“Yo estuve en la preparatoria y después me dieron una beca para ir a estudiar 2 años y medio a la Ciudad de México, la maestría en Economía, cuando terminé y regresé a Puebla, yo me incorporé al Instituto de Ciencias de la universidad, ya como investigador directamente. En ese tránsito me metí a la campaña para la rectoría de Alfonso Vélez Pliego en 1980, finales de los 80, 81, y después ya a principios del 82, Alfonso Vélez Pliego, que en paz descanse, me nombra secretario de Rectoría, y duré seis años en el cargo”.

Usted tiene el grado de doctor.

“Tengo una maestría no terminada en Economía, nada más me faltó la tesis, todo lo demás está terminado, tengo una maestría en derechos constitucionales, tengo doctorado en Educación, soy licenciado en Economía y he tomado un montón de cursos y diplomados”.

Disfruto el jazz, el blues, y también a Los Ángeles Azules

Uno de los pasatiempos del doctor José Doger Corte es jugar al golf y hacer ejercicio en el gimnasio. También disfruta del buen cine y los buenos libros. Entre los personajes que admira se encuentran Winston Churchill, que a pesar de sus problemas físicos, se sobrepuso y fue un hombre lúcido. Otro personaje al que admira es Jesús Reyes Heroles, al que considera no sólo inteligente, sino brillante.

¿Qué pasatiempos tiene?

“Leo, juego golf, voy al gimnasio todos los días, a las 5 y media de la mañana, de lunes a viernes, y el resto del tiempo estoy en casa o en la oficina trabajando”.

¿Recuerda alguna película que le haya gustado?

“Sí, El Padrino, la serie, es bastante buena. Recientemente vi una película muy buena en Netflix, El Irlandés, es una película muy bien hecha, la vi en dos partes porque es muy larga. También en Netflix soy muy selectivo, porque creo que tiene cantidad de cosas, pero hay muchas telenovelas de Televisa y de TV Azteca”.

¿Tiene algún personaje favorito?

“Winston Churchill, por ejemplo, es uno de los tipos que admiro mucho por su participación en la Segunda Guerra Mundial, y después de la Segunda Guerra Mundial, en medio de sus problemas físicos era un hombre muy lúcido, enormemente lúcido. De México, Jesús Reyes Heroles, era un tipo absolutamente brillante. Realmente valía la pena escucharlos, leerlos, estar muy atentos a lo que decían y releer sus libros”.

¿Qué libro está leyendo actualmente?

“Estoy terminando el libro El Vendedor de Silencio, de Enrique Serna, y tengo pendientes tres libros de la serie de Los Reyes Malditos, de Maurice Druon. He leído toda la serie de Ruiz Zafón, que es un tipo muy interesante en su escritura. Todo esto, salvo Los Reyes Malditos, que es parte de la historia real, es meramente literatura de esparcimiento”.

¿Qué tipo de música le gusta?

“El jazz, el blues, y obviamente la ópera, la música clásica, y también Los Ángeles Azules, por supuesto”.

Usted me parecía como que era autoritario.

“Sí, esa imagen tengo. En la BUAP, si entraba alguien a verme al salir le preguntaban: ¿Está contento o enojado?  Lo que puedo decir es que soy absolutamente puntual y disciplinado. Cuando yo estaba en un cargo público, si decía a las 9 es que era a las 9. Si la gente no llega, pues con los que estaban”.

Platíqueme de los fifís.

“El término fifís es una connotación que tenía que ver con la gente que vestía muy elegante. No conozco de dónde ha salido el término, pero se le decía fifí a la gente que iba muy elegante o que tenía mucho dinero, incluso cualquier persona que se vestía muy bien en cualquier momento para ir a una fiesta, le decían de manera muy coloquial: Vienes muy fifí. La palabra tiene hoy una connotación política, según la cual sí eres fifí eres conservador y estás en contra de ciertos cambios, históricamente la palabra tenía una carga social”.

¿Usted se considera fifí?

“Yo me considero mexicano. No creo en la separación de clases. Yo creo que la gente tiene oportunidad de buscar día con día su beneficio y el beneficio de su gente, de su familia, que para eso trabaja uno día con día. Y a veces uno es más favorecido por la vida que otras personas, hay mucha gente que trabaja arduamente y no ha tenido la oportunidad de obtener todos los satisfactores que otros podemos tener, pero son circunstancias de la vida, no por eso separas en clases sociales, entre pobres y ricos, al estilo de Carlos Marx, las clases sociales, los obreros, los proletarios y la clase pudiente. No, yo no creo en esas cosas”.

Así es la lucha por el poder, despiadada

“Sí, los enemigos de hoy serán tus enemigos de mañana. Los enemigos de hoy, serán tus amigos de mañana”.