Martes, 19 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El fervor guadalupano en tiempos de polarización

El mundo y el país han cambiado dramáticamente, pero el culto mariano permanece intacto

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Diciembre 17, 2025

El pasado viernes 12 de diciembre, millones de peregrinos acudieron a la Basílica para venerar a la Virgen de Guadalupe. De acuerdo con datos oficiales, en total arribaron al santuario aproximadamente 13 millones de fieles, una cifra que aumenta año con año y que vuelve a romper el récord del año anterior.

En esta ocasión, casi un 10 por ciento de los mexicanos, si estimamos precisos los números anteriores, se postraron ante la Virgen Morena sin mediar convocatoria alguna y sin el tumultuario acarreo de personas bajo el auspicio generoso de los partidos políticos en el poder o de las figuras políticas del momento.

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Esta capacidad de convocatoria y de movilización de los mexicanos resulta absolutamente sorprendente e inimaginable. En este país profundamente polarizado, el único fenómeno capaz de convocar a millones sin conflicto, ni liderazgo político, sigue siendo La Guadalupana.

Quizá no exista centro religioso alguno —Fátima, Lourdes o la Meca— sin importar su denominación que supere lo que presenciamos año con año en la Basílica de Guadalupe.

El mundo y México han cambiado de forma acelerada y dramática en años recientes. El panorama internacional ha sufrido una reconfiguración inesperada, en la que resulta difícil atinar el rumbo que tomará, ahora que la democracia como forma de organización política se encuentra tan cuestionada y debilitada, y surgen figuras fuertes y autocráticas empeñadas en desafiar el orden mundial y sus leyes.

El país que teníamos hace apenas una década no se parece en nada al de ahora. Quizá muchos de nosotros no hemos asimilado del todo los cambios en nuestra cultura, en nuestra forma de gobierno y en la manera en que nos relacionamos en tiempos de redes sociales e inteligencia artificial, pero algo permanece inmutable, inamovible e incólume tras casi cinco siglos: el fervor y el culto guadalupano. No solo permanece, sino que crece día con día de manera autogestiva y orgánica, como se dice en estos tiempos.

Es probable que los líderes políticos mexicanos y sus desgastados partidos se hayan devanado los sesos tratando de encontrar la fórmula secreta para conquistar el corazón de millones de feligreses y adaptarla a sus propósitos de poder, sin lograr hallar la pócima correcta. Se deben jalar los cabellos —como legisladoras de la CDMX— con denodada desesperación para intentar explicar lo inexplicable de la fe. El PRI logró un Guinness al permanecer en el poder por más de setenta años, pero esa hazaña no es ni la sombra del milagro mariano.

No deja de ser paradójico, en pleno siglo XXI, atestiguar el peregrinaje interminable de miles y miles de piadosos guadalupanos por las autopistas, carreteras y caminos que comunican a la capital con el resto del país. Lo hacen transgrediendo las normas que impiden que caravanas de peatones caminen, corran o se desplacen en bicicletas o motocicletas, obstaculizando el libre tránsito.

A diferencia de los innumerables bloqueos carreteros que azotan y estrangulan al centro del país por múltiples y variadas causas —muchas justas y otras no tanto, pero que irritan a la población— y que recientemente se han multiplicado, los usuarios de los caminos nacionales en ningún momento protestan, ni se quejan. Al contrario, se muestran solidarios, comprensivos y dispuestos a auxiliar en caso necesario: la devoción justifica los medios.

Pareciera que, pese a la polarización social reinante, los mexicanos nos unimos y nos ponemos de acuerdo en algo, sin importar si somos católicos, protestantes, judíos, ateos o simplemente guadalupanos a secas. Los cientos de kilómetros que recorren millones de peregrinos, sin que se presenten conflictos o percances mayores, constituyen un ejemplo de eficacia y, me atrevería a decir, de proeza nacional. La mayoría llegan al Tepeyac y regresan en paz, sanos y salvos, sin la guía de nadie, más que la de la fe que los acompaña en su penitencia.

La pregunta que surge irremediablemente es: ¿por qué los mexicanos no podemos emular y trasladar esta gesta para avanzar unidos en asuntos más mundanos y terrenales que nos permitan salir del profundo bache en el que nos encontramos?, ¿por qué, si en los años recientes nos han dividido y atomizado, el fenómeno guadalupano persiste sin fisura alguna?

Esto nos recuerda que la política fracasa donde no hay sentido de trascendencia y que nada ni nadie se encuentra por encima de aquello que nos da sentido de pertenencia a los 130 millones de mexicanos: una virgen mestiza que se niega a sembrar división. Tal vez ahí esté la lección que aún no hemos querido aprender.

Posdata 1. Así como los peregrinos acuden ante la Virgen de Guadalupe para solicitar su gracia, la presidenta Sheinbaum entabló una conversación telefónica con el papa León XIV para invitarlo a visitar México. No se acordó una fecha tentativa, pero dudo que este año mundialista se concrete.

Posdata 2. Mi solidaridad con Rodolfo Ruiz, ante los embates en su contra y contra la libertad de expresión.

 

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