Hace tiempo la idea según la cual un impacto social desde las letras es posible me ha llamado la atención sobremanera. Creo−como seguramente muchos otros lo hacen− que los comunicadores de ideas, los incitadores del debate y del tortuoso análisis tenemos ante nuestros hombros una responsabilidad mayúscula, un peso llevadero, un lastre gentil y decorado de acicate: hacer evidente nuestra circunstancia política, económica, cultural, científica y hasta ética y moral.
El hacer patente algo como esto no es cosa fácil. No solo se trata de visibilizar las bondades y beneficios de estas áreas, sino también mostrar las eventualidades en las que se ven envueltas.
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Sostengo que uno de los compromisos que tiene el periodista en general y el periodista de ciencia en particular, así como el divulgador, es evidenciar los contextos de pensamiento y de acción, matizar sus cualidades y beneficios-aportaciones, pero, más que nada, llevar a la palestra del debate público y deliberativo y cuasi parlamentario los conflictos y problemas suscitados en los campos que se cubren y abordan. Si hablamos de medios de comunicación que buscan pertinencia social, estos objetivos son más claros.
Desde mi punto de vista, cuando hablamos de estas finalidades mediante un producto escrito hay dos sectores a los que se debería llegar. Me refiero al mediático y al político. Para algunas personas que evocan de alguna forma el pensamiento del empirista inglés George Berkeley, ser es ser publicado. Es verdad. De cierta forma, si no se tiene presencia mediática, no hay una existencia real o acabada. En el caso de los problemas en algunas de las áreas del conocimiento es menester pasar por el tamiz periodístico para después llegar al ámbito de los tomadores de decisiones. Este es el punto más importante de la brega comunicativa.
Como ejemplo de todo esto, por solo mencionar unos cuantos, tenemos los conflictos por la defensa del territorio de los pueblos originarios, desabasto de agua, instalación de gaseoductos en capitales no preparadas ni geográfica ni tecnológicamente para ello, la lucha por el cuidado medioambiental, precariedad de medicamentos en los centros de salud, despenalización del aborto, recortes presupuestales a la investigación nacional, entre otros tantos.
Es, por ende, responsabilidad del periodista y del divulgador−si su discurso oscila entre la pertinencia y el impacto social− darle a la Berkeley existencia mediática a estos temas para que en la medida de lo posible sean parte (a corto, mediano o, en su defecto, largo plazo) de los debates gubernamentales y legislativos.
Al respecto de la actividad escritural en revistas que contienen estas cualidades, veo tres ejes de acción: difusión, divulgación y crítica. El primero de ellos (aquí no se refiere a la llamada difusión entre pares o entre investigadores) tiene como finalidad evidenciar las manifestaciones políticas, culturales y científicas que acaecen en una sociedad particular; esto es, mostrar qué productos se generan en las iniciativas teatrales, literarias, filosóficas, tecnológicas, mediante los géneros adecuados para esta labor, como la nota informativa, la reseña o la crónica.
El segundo aspecto nos permite comunicar a públicos definidos mediante un lenguaje accesible los resultados de investigaciones académicas. Existen dentro de las universidades algunas revistas que tienen este enfoque, así como espacios en medios de comunicación que desde ya hace tiempo tienen esta apertura. Así, temas como la nanotecnología, biomedicina, crítica literaria tienen un sitio para ver la luz y que la misma sociedad se entere de su existencia más allá de los cubículos.
En el tercer caso, hay un lugar definitorio y definido para un compromiso que no todos ven como un pilar prioritario del comunicador: la generación de pensamiento crítico en la sociedad. Es a través del artículo de opinión y de la columna que este proceso se cumple. Si bien es cierto que mediante la difusión y la divulgación podemos poner sobre la mesa del debate mediático temas de pertinencia, también los es afirmar que en estos campos hay limitaciones cuando de emitir un punto de vista se trata.
Pero el columnismo nos brinda la posibilidad de manifestar nuestras opiniones con una base argumentativa e investigativa firme y de esta manera estimular el diálogo y la sana discusión, la cual no tiene otro fin más que ser el motivo para emprender el debate que nos lleve a soluciones y encaminarnos a la generación de un pensamiento crítico en los lectores, en la sociedad en general.
Es momento de vérnoslas en la trinchera de los conflictos políticos, universitarios y sociales con la única arma que tenemos a nuestro alcance: las palabras, las letras, las ideas que no pretenden perecer ante la adversidad y peripecias de nuestro lamentable contexto, de esta cruenta circunstancia.
Hoy por hoy nos resta justamente eso: con-fabular. Confabulemos con el pensamiento, pues como afirmaba Bertrand Russell: “El pensamiento escudriña el abismo del infierno y no se asusta. Ve al hombre como una débil mancha, rodeado por insondables profundidades de silencio; sin embargo, procede arrogante, tan tranquilo como si fuera el señor del universo. El pensamiento es grande, y veloz, y libre, la luz del mundo, y la principal gloria del hombre”.
No me queda más que afirmar que sí, es posible el impacto social desde el mundo de las letras. ¡Sé un cronopio!
Contacto: eduardo.cronopios@gmail.com