Es común el discurso según el cual si aprendiéramos ciencia, tecnología, filosofía o algún otro conocimiento tomaríamos mejores decisiones en nuestra vida. Yo me topo con este romántico cliché a cada rato en celebraciones del gremio de divulgación de la ciencia, la tecnología o en el de la lógica misma, este último−como sabrá usted, querido seguidor de mi columna Palestra y parley−es mi campo de formación académica.
La historia de la ciencia nos ha dejado ver diversos casos en los que personajes doctos en sus respectivas áreas del saber no pudieron serlo en su vida personal. Me pregunto por posibles causas. ¿Por qué personas tan brillantes terminaron tan mal o hasta en la miseria? Recordemos a figuras hoy muy importantes en la cultura como Allan Poe o Charles Sanders Peirce, entre otros tantos, cuyo final de vida no fue el mejor, desde el punto de vista humano y no intelectual.
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Cuando alguien de nuestro entorno sostenga la tesis con la que arrancamos este artículo preguntémonos si no se está descuidando algo importante al afirmar dicho punto de vista. Es decir, los contextos o las circunstancias de vida de cada uno de los agentes que llamamos “racionales”.
De hecho, en una columna publicada ayer en este medio de comunicación se resaltó el valor de la filosofía ante la política. Tengo mis discrepancias, aunque comparto el anhelo del compañero articulista. En ese sentido, el conocimiento no necesariamente te lleva a tomar las mejores decisiones en tu vida práctica, pues los contextos o las circunstancias de cada cual son quienes determinan tu capacidad de resolución de los problemas.
Vivimos en una época de nuestra historia nacional y local en la que los problemas económicos cada vez más se agravan y se complican. Estamos en un momento de nuestras vidas en las que las exigencias son mayores. Se nos dice comúnmente que debemos tomar las mejores decisiones por el bien de nuestra familia o de nosotros mismos, que esas decisiones tienen que ser racionales y bien pensadas.
Sin embargo, ¿es posible ser racionales en momentos de crisis económicas? Este es un discurso muy en boga por la gente intelectual, por esas personas que deciden quién es racional en sus decisiones y quién no. Dejo una pregunta al aire, esperando que el lector me envíe su respuesta a mi correo que dejo abajo del texto que hoy presento.
Supongamos que aquel señor que vende comida, flores, artesanía, para sacar lo del día decide rebajar su producto porque no ha logrado una sola venta. Pero sabe que, al hacer un descuento a su cliente regateador, aunque perderá lo de la inversión garantizará su comida del día. Perderá dinero, pero podrá satisfacer sus necesidades del instante. ¿Tomó una decisión racional o no? ¿Razonó de forma adecuada o no? Los leeré con gusto. Ahora continuo mi discurso.
No es lo mismo intentar resolver un problema contando con pocos elementos que teniendo muchos, sobre todo financieros. Considero−y esta es la parte más filosófica de mi reflexión− que el detonante del razonamiento que implementamos para resolver un problema de corte económico es nuestra circunstancia, pues ella nos arroja las condiciones de posibilidad para hacerlo.
Entre más profundo sea el asunto y más difícil el contexto (nuestra situación) más profundo será el análisis y el razonamiento que emprenderemos. Y desde mi punto de vista, más elogiable es la persona. Sin embargo, hay ocasiones en las que se les dice a algunos agentes sociales que resolvieron o tomaron una “decisión racional” cuando ni siquiera tuvieron la necesidad de implementar el razonamiento, dado que el factor económico estuvo con ellos desde el principio. Y en contraposición, en muchas ocasiones se les dice a las personas que tuvieron que imprimir un esfuerzo mayúsculo que no están tomando las mejores decisiones, que deberían ver más allá. ¡Qué curioso!
Si quisiéramos retomar la tesis de conocimiento para la mejor toma de decisiones, independientemente del campo de saber que se esté promulgando, ¿algo así aplica para todos? Hasta ahora sabemos que la respuesta es no, pero no por falta de capacidades, sino por exceso de adversidades.
Sabemos de antemano que no todos tenemos las mismas condiciones sociales y económicas, a pesar que se nos juzgue con la misma vara. Pero para muchas personas de esta tortuosa sociedad pareciera que no es importante comprender contextos, escollos y hasta abismos existenciales, sino dictaminar resultados. Y muchas veces se hace de manera errónea. De ahí el origen de las lamentables frases: “están así porque quieren”, “no le echan ganas”, “no se ponen las pilas” y otras tantas absurdas afirmaciones, que en muchos casos se dicen desde el privilegio y la comodidad, desde la ignorancia del contexto particular de la persona juzgada.
Claro, hay quien diariamente le echa ganas con todo y esos abismos, lo cual no debe romantizarse ni normalizarse, pero sí reconocerse. Debemos comenzar a girar nuestra óptica y observar esas luchas que se hacen a diario. Reconocerlas, visibilizarlas y, si se puede, no sobrevalorar las que no lo son, aunque lo parezcan. Recordemos que hay esfuerzos que no se notan, que no se cuentan, que no se escriben. Pero que sin duda alguna existen y persisten. Dicho de una manera más melodramática, como hace mucho tiempo escribí: quien puede escribir un verso sin tormentos, dichoso; quien lo hace a pesar de ellos, grandioso.
¡Leven anclas!
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