Manuel Crescencio Rejón, el padre del juicio de amparo, debió pensar:
“El amparo nació para frenar abusos del poder, no para ser ignorado.”
Hoy, sin embargo, el amparo ha sido vaciado de contenido. En México ya no procede contra reformas constitucionales, justo cuando más lo necesitamos para detener los abusos de mayorías sin contrapesos. Con ello, no solo se neutraliza el candado más importante contra el poder, sino que se despoja al ciudadano de los recursos constitucionales que históricamente habían servido como defensa frente a los excesos del Estado.
Más artículos del autor
De ahora en adelante, las sentencias vendrán de la mano con lo que convenga al Ejecutivo y al Legislativo, no con lo que ordena la Constitución. El ciudadano ya no tendrá a dónde acudir: ni amparo, ni control constitucional, ni verdadera revisión judicial.
Ese es el verdadero quiebre: la Suprema Corte deja de ser tribunal de la Constitución para convertirse en tribunal de conveniencia política. Y con ello, se coloca el último clavo en el ataúd de la democracia constitucional mexicana.
La Suprema Corte había logrado consolidarse como tribunal constitucional en sentido pleno. Entre sus mayores aportaciones estuvieron el desarrollo del control de convencionalidad, la defensa del federalismo frente a invasiones de competencias, la protección de principios como la certeza jurídica y la irretroactividad de la ley, así como resoluciones clave que limitaron excesos legislativos y ejecutivos al margen de la Constitución.
Eran avances que fortalecían la confianza en el Poder Judicial y que daban a México un lugar relevante en el constitucionalismo latinoamericano.
El retroceso actual
Hoy presenciamos la demolición de esos avances. La nueva Corte se estrenó arrodillada, no ante la Constitución, sino en una ceremonia prehispánica que vulnera el Estado laico y que, más que enaltecer a los pueblos indígenas, los ofende: convierte su riqueza cultural en un teatro ajeno a sus verdaderas tradiciones. Se trata de un espectáculo vacío que busca legitimar con símbolos inventados lo que en realidad se construyó desde la trampa.
Con apenas 13 millones de votos —y más de un millón de votos nulos—, se fabricó una legitimidad artificial. Los acordeones repartidos a modo, que “coincidentemente” beneficiaron a los ministros ganadores, son prueba de la operación estatal. Así como la “caída del sistema” quedó grabada en la memoria colectiva, la Operación Acordeón será la forma sencilla de nombrar este fraude: quienes hoy integran la “nueva” SCJN llegaron con trampa, violando la Constitución que jurarán defender.
Este retroceso no ocurre solo en la Corte. También en magistraturas y órganos jurisdiccionales se desecha lo que ya se había ganado: profesionalismo, carrera judicial, independencia técnica. El “servicio de carrera” se reemplaza por un “servicio de carreta”: improvisado, clientelar, construido a la medida de intereses políticos inmediatos. La justicia deja de ser un sistema institucional y vuelve a ser botín de poder.
Para colmo, se ha insinuado la revisión de juicios y criterios anteriores. Este mensaje es doblemente grave: primero, por su tono político; y segundo, porque desconoce que el artículo Décimo Octavo transitorio de la Ley Orgánica del PJF (2024) establece con claridad que los precedentes, tesis, jurisprudencias y criterios anteriores mantienen plena vigencia y fuerza obligatoria.
La nueva SCJN no puede, por presión mediática ni por conveniencia política, interrumpir o borrar jurisprudencia vigente. Solo puede modificarla siguiendo los procedimientos constitucionales. Lo contrario sería dinamitar la seguridad jurídica. Un tribunal sin independencia es un tribunal al servicio del poder.
Muchos decidieron alinearse, ya sea por miedo o por prebendas futuras. Creyeron que convalidar el fraude les aseguraba un lugar en la mesa del poder. No entienden que los privilegios son pasajeros, pero la historia es implacable.
Diputados y senadores que en su momento apoyaron establecer las bases de la Corte Constitucional de vanguardia que México llegó a tener, hoy sacrificaron ese legado a cambio de su próximo puesto. Prefirieron el acomodo político a la defensa del país.
Y lo mismo ocurrió con los magistrados del TEPJF, que a pesar de las múltiples pruebas presentadas, decidieron validar la elección fraudulenta del acordeón. Paradójicamente, es el único órgano judicial que no tocó la Reforma. Saquen ustedes sus conclusiones.
La historia no recordará nombres individuales, sino la complicidad colectiva: los ministros que no defendieron la Constitución, sino que la enterraron; los que se arrodillaron cuando debieron erguirse; los que prefirieron el silencio a la dignidad.
La advertencia es clara: quienes hoy llegan a la Corte lo hacen bajo la sombra de la trampa y la violación constitucional. Y la pregunta final se impone con fuerza:
¿Los que hicieron trampa y violaron la Constitución… serán los que la defiendan?
México inicia un nuevo régimen con un poder consolidado, y solo una ciudadanía organizada permitirá defendernos del autoritarismo que amenaza nuestra libertad y nuestro futuro. Hoy no hay espacio para la indiferencia: quien calla, otorga; quien se acomoda, traiciona. La libertad no se mendiga ni se espera, se defiende con dignidad, con valentía y con la certeza de que si, no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.