Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La Reforma Electoral: el disfraz de la pluralidad

Morena usa esta reforma para cerrar la competencia y perpetuarse en el poder sin oposición

Ricardo Gali Saucillo

Abogado y político egresado de la Universidad Anáhuac y maestro en Instituciones de Derecho Financiero por la Universidad Panamericana. Fundador de Folius. Comprometido con fortalecer la democracia, el respeto a las instituciones y el relevo generacional con visión de futuro.

Jueves, Agosto 14, 2025

El Gobierno federal ha anunciado, con bombo y platillo, la creación de una Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, encabezada por un incondicional del régimen, que —dicen— será “amplia e incluyente”.

En realidad, es el primer paso de un plan para controlar el sistema electoral, debilitar a los árbitros y garantizar que Morena nunca más enfrente una competencia real.
Suena democrático… hasta que uno revisa quién la dirige, cómo se integra y cuáles son sus verdaderas intenciones.

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La lucha democrática en México no empezó con Morena ni con AMLO. Desde los años cincuenta ha habido esfuerzos por lograr mayor representación, abrir el sistema partidista y mejorar el financiamiento político. Reformas como la creación de las diputaciones plurinominales, el acceso equitativo a medios, el financiamiento público y la autonomía electoral fueron conquistas que costaron décadas de presión social y negociación política. México no necesita que el poder actual se arrogue ese mérito; la historia misma lo desmiente.

Un poco de historia electoral en México

  • 1977: Reforma política impulsada por Jesús Reyes Heroles: se introdujo la representación proporcional (diputaciones plurinominales), se permitió el registro legal de partidos antes proscritos y se abrió la puerta al multipartidismo moderno.
  • 1986–1988: Se incrementó el número de curules plurinominales, se establecieron reglas para evitar la sobrerrepresentación, se formalizó el financiamiento público a partidos y se incorporaron sanciones por fraude electoral.
  • 1990: Nacimiento del Instituto Federal Electoral (IFE) como autoridad autónoma en la organización de elecciones, quitando el control directo a la Secretaría de Gobernación y marcando un antes y un después en la confianza ciudadana.
  • 1996: Reforma que fortaleció la independencia del IFE, garantizó la pluralidad en su Consejo General y dotó de certeza, legalidad e imparcialidad al sistema electoral.
  • 2007–2008: Reforma que estableció tiempos oficiales para todos los partidos en radio y televisión, límites de financiamiento privado, fiscalización estricta y regulación de precampañas.
  • 2014: Transformación del IFE en INE, permitiendo la homologación de elecciones federales y locales, la fiscalización centralizada y la reelección legislativa.

Cada uno de estos cambios fue producto de consensos amplios y presión ciudadana, no de un solo partido ni de un caudillo.

Se han anunciado consultas y foros que arrancarán en octubre y concluirán en enero de 2026. Pero la agenda que incluye 14 temas ya está puesta desde Palacio Nacional, destinada a estrangular a la oposición:

  • Financiamiento y prerrogativas (para reventar la capacidad de competir del adversario).
  • Sistema de partidos (para consolidar un poder casi unipartidista).
  • Autoridades electorales (para someter aún más al INE, tomar control de las OPLES y mantener domesticado al Tribunal).

Olvidan que la alternancia de 2000, 2012 y, sobre todo, la de 2018, la que les permitió llegar al poder, fue gracias a las mismas reglas que hoy quieren borrar, muchas de ellas creadas en la era del IFE. Ahora, ante su desgaste en salud, la crisis económica y los señalamientos de vínculos con el crimen organizado, su meta está clara: impedir la competencia electoral para aferrarse al poder.

Decir que “todos pueden participar” es solo propaganda mientras las reglas del juego se definen desde el poder. La Presidenta descalifica a quien la desafía y no invitó a nadie fuera de su coalición a la mesa de trabajo inicial.

El ejemplo más claro: la Reforma Judicial, que no se movió ni una coma y donde Noroña admitió que los foros fueron simulados, porque lo que quieren es una sola forma de pensar y vivir… aunque eso implique autoritarismo y empobrecer a la población mientras ellos se enriquecen a costa del erario.

Donde Morena pone la mesa, reparte los cubiertos y decide el menú

La primera señal del trazo autoritario está en el nombre que la encabeza: Pablo Gómez. No hay neutralidad: es un militante de Morena, leal al régimen y no a la democracia. El que en 1968 marchaba contra el Estado, ahora se acomoda con quienes militarizaron al país (parece broma, pero es anécdota). El mismo que impulsó reglas intensamente democráticas que hicieron posible la alternancia, hoy las traiciona por un jugoso sueldo y la comodidad del poder.

Como titular de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), se le “escapó” el lavado de dinero de los cercanos, mientras perseguía opositores. Ahora, rediseña las reglas electorales bajo el manual del régimen, asegurándose de que nunca más pierdan una elección.

La Reforma Electoral no es técnica: es la llave de quien cuenta los votos, cómo se cuentan, y quien tiene los recursos para competir. Si Morena logra imponerla sin contrapesos, estaremos ante una democracia de cartón: elecciones con boletas… pero sin verdadera competencia.

Eliminar los plurinominales y sustituirlos por listas cerradas controladas por los partidos desincentiva la participación ciudadana. Ya no importarán los liderazgos sociales con causa ni las trayectorias independientes, sino la lealtad al cacicazgo interno. Esto monopoliza las candidaturas, bloquea la entrada de nuevas voces y consolida el control de las élites partidistas.

Además, buscan reducir drásticamente el financiamiento público a los partidos mientras ellos realizan propaganda diaria disfrazada de “informes” o “eventos oficiales” y utilizan los programas sociales como herramienta de afiliación masiva. Así, pretenden debilitar a la oposición en recursos, pero mantener su propia maquinaria clientelar aceitada con dinero público.

Si, además, los árbitros electorales carecen de autonomía, calificarán las elecciones en favor del partido en el poder, ignorando irregularidades como ocurrió en la reciente elección judicial. Lo que hoy es un riesgo se convertirá en una certeza: la impunidad electoral será la regla, no la excepción. Y cada proceso será una simulación más para legitimar a quienes ya decidieron permanecer en el poder.

No se trata de rechazar cambios al sistema electoral per se. Se trata de exigir que cualquier reforma:

1. Se construya con representación equilibrada de todas las fuerzas políticas.
2. Mantenga la independencia real del INE, de las OPLES y del Tribunal Electoral.
3. Garantice que la competencia electoral no sea un recuerdo, sino una realidad.

La lucha democrática no le pertenece a Morena.
Viene de décadas de resistencias, acuerdos y avances que hoy pretenden borrar. Ellos utilizaron la escalera democrática para llegar al poder y ahora quieren romperla para que nadie más pueda subir. Así operan los regímenes autoritarios: una vez arriba, cierran la puerta, apagan la luz y esconden la llave.

A los integrantes de esa Comisión bien valdría regalarles un ejemplar del libro ¿Cómo mueren las democracias?, porque cada paso que dan parece sacado de su índice. Morena actúa bajo un manual ya visto: ahogar al árbitro, desmantelar los contrapesos, controlar el acceso a recursos y usar la propaganda como adoctrinamiento.

La historia está llena de ejemplos: Venezuela, Bolivia y otros países que cayeron en el engaño de proyectos “libertadores” que terminaron instaurando dictaduras de partido único. México no está vacunado contra ese virus político.

Por eso, invitemos a la ciudadanía a alzar la voz. No se trata solo de defender reglas electorales, sino de impedir que nos roben el derecho a elegir en libertad. Hoy, más que nunca, el silencio es complicidad.

 

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