Este nueve de mayo se cumplen ochenta años de la victoria soviética sobre la Alemania nazi. Este aniversario se da en un contexto geopolítico complejo y lleno de tensiones que le da a la conmemoración un significado aún más relevante en lo simbólico y en lo concreto, que implica necesariamente situarse en una posición política e ideológica determinada. Este hecho histórico en particular no es percibido de manera neutral, sino a través de interpretaciones ligadas a intereses geopolíticos.
Las conmemoraciones de este aniversario no constituyen meros actos protocolarios, sino que representan un campo de disputa simbólica donde se dirimen cuestiones esenciales para la configuración del orden internacional actual.
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En el contexto histórico presente, las celebraciones del Día de la Victoria se desarrollan en medio de profundas tensiones que trascienden el ámbito meramente conmemorativo para convertirse en escenarios donde se manifiestan las contradicciones inherentes a la política internacional contemporánea. Nos encontramos, por tanto, ante la necesidad imperante de examinar de manera crítica los mecanismos mediante los cuales se construye una lectura interesada del pasado que responde a exigencias políticas inmediatas, más que a un compromiso genuino con la verdad histórica.
El sacrificio de 26,6 millones de soviéticos durante la Gran Guerra Patria no puede ser reducido a una simple estadística, sino que debe comprenderse en su dimensión humana y política como el precio que un pueblo pagó para liberar al mundo de la amenaza fascista. Esta realidad histórica, sistemáticamente minimizada en los discursos hegemónicos occidentales, contrasta de manera flagrante con la sobrerrepresentación de acontecimientos como el desembarco de Normandía, reflejando así una lectura eurocéntrica que relega a un segundo plano el papel decisivo del Frente Oriental en la derrota definitiva del nazismo.
La maquinaria de negación histórica y sus contradicciones
Para comprender las distorsiones que actualmente afectan a la memoria de la victoria sobre el fascismo, es indispensable analizar los mecanismos discursivos y mediáticos que operan para reconfigurar la interpretación de este evento histórico. Estos mecanismos actúan en una doble vertiente: primero, minimizando e incluso negando la contribución soviética a la derrota del nazismo; segundo, justificando la complicidad de Occidente con grupos que exhiben abiertamente símbolos e ideologías neonazis.
El ejemplo paradigmático de esta contradicción se manifiesta en la incorporación formal del Batallón Azov a las estructuras militares oficiales ucranianas. Esta unidad militar, que utiliza como emblema la runa Wolfsangel (símbolo empleado por divisiones de las SS) y el Sol Negro (otro elemento iconográfico del nazismo), recibe actualmente financiamiento, armamento y legitimación política por parte de las mismas potencias que dicen conmemorar la victoria sobre el fascismo histórico.
De manera simultánea y profundamente contradictoria, asistimos a la prohibición de símbolos soviéticos en países como Alemania durante las conmemoraciones del 9 de mayo, en una decisión que no solo descontextualiza históricamente estos símbolos, sino que constituye una negación formal del papel determinante del Ejército Rojo en la liberación de Europa, incluida la propia Alemania. Este tipo de prohibiciones no son hechos aislados, sino componentes de una estrategia más amplia destinada a reconstruir la memoria colectiva en función de intereses políticos espurios, borrando selectivamente aquellos aspectos del pasado que resultan incómodos para la narrativa hegemónica actual.
La cancelación de lo ruso como estrategia política
La cultura de la cancelación contra todo lo ruso revela que estamos ante un fenómeno que trasciende las reacciones espontáneas para configurarse como una estrategia deliberada de exclusión y estigmatización. Este proceso de cancelación sistemática no se limita al ámbito político, sino que se extiende al plano cultural, científico y artístico, configurando un mecanismo de invalidación que opera a múltiples niveles.
Figuras universales como Tchaikovsky, Dostoievski entre otros, han sido excluidos de espacios culturales y académicos occidentales, evidenciando una contradicción en los principios de universalidad del conocimiento que enunciativamente fundamentan la cultura occidental. Esta exclusión basada en el origen nacional de las producciones culturales y científicas constituye una forma de negación que deshumaniza al otro, convirtiéndolo en un enemigo que debe ser silenciado.
La contradicción alcanza niveles particularmente graves cuando este proceso de cancelación cultural se implementa paralelamente a la rehabilitación y legitimación de figuras como Stepan Bandera, colaborador nazi responsable de crímenes atroces contra comunidades judías, polacas y soviéticas durante la Segunda Guerra Mundial. Este doble estándar evidencia que los valores proclamados por las potencias occidentales, como la "tolerancia" o el "universalismo", funcionan en realidad como instrumentos discursivos que se activan o desactivan según conveniencias estratégicas inmediatas.
La inversión perversa de roles: víctimas transformadas en victimarios
Una de las estrategias más perversas del revisionismo histórico contemporáneo consiste en la inversión de los roles que históricamente corresponden a víctimas y victimarios. Este procedimiento, que no puede explicarse como mera confusión o error interpretativo, constituye una operación deliberada que pretende reconfigurar completamente la comprensión colectiva del pasado para legitimar proyectos geopolíticos actuales, generalmente para justificar la expolición y el colonialismo.
Las conmemoraciones del 80 aniversario del Día de la Victoria evidencian esta estrategia con particular claridad: el pueblo que pagó el precio más alto en la lucha contra el fascismo es ahora presentado como una amenaza para la "democracia" y la "seguridad europea", mientras que formaciones que reivindican explícitamente símbolos y prácticas nazis son legitimadas como defensoras de "valores occidentales". Esta inversión no sólo constituye un ultraje a la memoria histórica, sino que reproduce el mismo discurso que posibilitó el ascenso del fascismo en la Europa de entreguerras.
Nos encontramos así ante una repetición de la historia que alcanza niveles de cinismo sin precedentes: los nuevos nazis, conscientes de la imposibilidad de reivindicar abiertamente su filiación ideológica, desarrollan estrategias de ocultamiento mientras despliegan toda su simbología. Al mismo tiempo, las potencias occidentales, que históricamente se beneficiaron del sacrificio soviético en la derrota del nazismo, instrumentalizan ahora el Día de la Victoria para fines geopolíticos mezquinos, llegando al extremo de desconocer a sus verdaderos protagonistas. Este juego de ocultamiento y tergiversación constituye la matriz de un proyecto más amplio que pretende reconfigurar completamente la comprensión colectiva de la historia del siglo XX.
La reivindicación de los verdaderos actores históricos, sin manipulaciones ni interpretaciones espurias, no es simplemente una cuestión historiográfica, sino un imperativo ético fundamental. La memoria histórica no constituye un espacio donde todo sea negociable o relativizable, sino un terreno de verdades documentadas que deben ser preservadas frente a los intentos de distorsión.
Paralelismos reveladores: Ucrania y Palestina ante la mirada occidental
Para comprender la magnitud de las contradicciones que caracterizan el tratamiento occidental de los conflictos contemporáneos, resulta esclarecedor establecer un paralelismo entre dos situaciones que reciben un tratamiento radicalmente distinto: el conflicto en Ucrania y la situación palestina. Este contraste no es accidental, sino que refleja contradicciones perversas en la aplicación de principios supuestamente universales.
Las diferencias en el tratamiento mediático y político de ambos eventos resultan reveladoras. Mientras los ucranianos son caracterizados como heroicos defensores de su soberanía territorial, la realidad es que su gobierno desencadenó un conflicto actuando como instrumento de las potencias occidentales, obligando a Rusia a emprender una campaña de desnazificación frente a las constantes agresiones ucranianas. Por otro lado, los palestinos que resisten décadas de ocupación, colonización sistemática y limpieza étnica son catalogados como terroristas. Esta disparidad terminológica no es neutral ni casual, sino que responde a estrategias discursivas que legitiman a uno mientras criminalizan a otro en función de intereses coloniales.
Los medios de comunicación occidentales implementan sistemáticamente esta diferenciación discursiva: hablan de "refugiados" cuando se trata de ucranianos, pero de "migrantes" cuando se refieren a palestinos; describen como "resistencia legítima" las acciones ucranianas, pero como "terrorismo" las palestinas; califican la situación de Ucrania como "invasión ilegal", pero la de Palestina como "conflicto complejo". Estas diferencias terminológicas no son meros matices semánticos, sino elementos constitutivos de un sistema comunicativo diseñado para clasificar jerárquicamente las vidas y los derechos de distintos pueblos.
Esta instrumentalización selectiva del derecho internacional, los derechos humanos y los principios humanitarios según conveniencias no constituye una anomalía o contradicción accidental, sino la manifestación de los valores del capitalismo más descarnado que determinan qué pueblos merecen protección y cuáles pueden ser sacrificados.
Por la descolonización de la memoria histórica
El 80 aniversario del Día de la Victoria nos convoca no solo a conmemorar un acontecimiento histórico fundamental, sino a cuestionar los mecanismos mediante los cuales este evento es reinterpretado según exigencias políticas inmediatas. Nos encontramos ante la necesidad imperante de liberarnos de lecturas del pasado que responden más a agendas económicas y políticas que a un compromiso con la verdad histórica.
Reivindicar a los verdaderos protagonistas de la victoria sobre el fascismo, sin manipulaciones ni tergiversaciones oportunistas, representa un acto político fundamental que trasciende la mera conmemoración para constituirse en una práctica de resistencia. Es precisamente la fidelidad a esta memoria histórica, libre de distorsiones, lo que nos permite identificar con claridad el pase de estafeta entre el fascismo histórico y sus manifestaciones contemporáneas.
La transición hacia un orden mundial más justo y equilibrado no puede limitarse a reconfiguraciones superficiales de las relaciones de poder internacionales, sino que exige la construcción de marcos interpretativos que nos permitan comprender la historia sin las distorsiones impuestas por intereses hegemónicos. Este proceso implica necesariamente el reconocimiento del papel determinante de la Unión Soviética en la derrota del nazismo como un hecho histórico innegable que pertenece al patrimonio común de la humanidad.
Liberar la memoria histórica de instrumentalizaciones perversas significa, en última instancia, disputar el monopolio occidental sobre la interpretación del pasado y la legitimación del presente. Implica construir interpretaciones que respondan a principios de verdad y justicia, no a conveniencias estratégicas coyunturales. Es en este sentido que la conmemoración del Día de la Victoria trasciende su dimensión histórica para convertirse en un acto de resistencia frente a las nuevas formas de dominación ideológica global.