En memoria de los combatientes del gueto de Varsovia,
en el 82 aniversario del levantamiento del 19 de abril de 1943.
A un año de escribir en esta sección, sirva esta colaboración en e-consulta para agradecer a su director Rodolfo Ruíz por el espacio a quien escribe, a Flora Molina por todo el apoyo y las facilidades para hacerlo, y a Juan Carlos Canales por ser el enlace inicial para esto.
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El 19 de abril de 1943, poco menos de 500 jóvenes, la mayoría menores de 25 años y algunos de apenas trece, se levantaron en el gueto de Varsovia contra el ejército nazi con bombas molotov, granadas y algunas pistolas.
La Żydowska Organizacja Bojowa (Organización Judía de Combate) que dirigió ese levantamiento era un frente político de izquierda integrado por el Bund, partido obrero judío de orientación socialista y posición explícitamente antisionista, que sostenía que la emancipación de las comunidades judías pasaba por la construcción del socialismo en los países donde vivían y no por la creación de un Estado en Palestina; por comunistas del Partido Socialista Polaco, que articulaban la lucha antifascista desde una perspectiva internacionalista de clase; y por el Hashomer Hatzair, movimiento juvenil socialista que combinaba la identidad cultural judía con una orientación de izquierda.
El Bund hablaba de pueblo judío en el sentido de comunidad con lengua y cultura propia, no como continuidad étnica de un pueblo de la antigüedad: esa construcción del “pueblo judío” es una invención del nacionalismo sionista del siglo XIX para justificar un reclamo territorial que no tiene sustento histórico.
Si de continuidad étnica en ese territorio se tratara, correspondería a los pueblos semitas que lo han habitado de manera ininterrumpida, entre ellos precisamente los palestinos, hoy víctimas del genocidio cometido por el Estado que invoca esa continuidad como título de propiedad. Su comandante Mordechai Anielewicz (1919-1943), escribió desde el búnker de la calle Mila 18 antes de morir: “El sueño de mi vida se ha hecho realidad. He vivido para presenciar la resistencia judía en el gueto, en toda su grandeza y gloria.” [1]
Fueron socialistas y comunistas, en su mayoría antisionistas, los que eligieron morir resistiendo al fascismo alemán, hoy el Estado de Israel pretende convertirlos en símbolo fundacional de su legitimidad; la orientación política anticolonialista de quienes protagonizaron ese levantamiento es precisamente lo que Israel combate en la actualidad. El genocidio en curso contra el pueblo palestino, proceso colonial de despojo, ocupación y exterminio sostenido durante décadas, es justificado sistemáticamente por el Estado de Israel invocando ese y otros episodios de lo que se conoce como el Holocausto.
Su instrumentalización es la pieza central de una arquitectura ideológica construida desde la segunda mitad del siglo pasado cuyo objetivo es convertir el sufrimiento histórico de las comunidades judías en un recurso de uso exclusivo del Estado israelí, blindándolo de toda crítica mediante una ecuación intelectualmente fraudulenta, de que el antisionismo es antisemitismo.
Que la propia Corte Internacional de Justicia no pudiera desestimar la denuncia de genocidio presentada por Sudáfrica en diciembre de 2023, con base en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948, revela que ese blindaje tiene cada vez menos capacidad de ocultar los crímenes cometidos contra los palestinos.
El sionismo es un proyecto político nacionalista surgido en Europa a finales del siglo XIX que planteó la creación de un Estado en Palestina apelando a una identidad religiosa y cultural continuada. La noción de un pueblo judío con continuidad étnica e histórica desde la antigüedad es, según el historiador israelí Shlomo Sand (1946), una construcción posterior. En su obra La invención del pueblo judío sostiene que “el mito nacional de Israel hunde sus orígenes en el siglo XIX, no en los tiempos bíblicos en los que muchos historiadores judíos y no judíos reconstruyeron un pueblo imaginado con la finalidad de modelar una futura nación.” [2]
Lo que existía era una tradición religiosa y cultural compartida por comunidades de orígenes geográficos y étnicos muy distintos, no una continuidad étnica que justificara reclamo territorial alguno. Por otra parte, el exterminio nazi no fue un crimen exclusivamente contra esas comunidades: el nazismo asesinó sistemáticamente también a gitanos, comunistas, homosexuales, personas con discapacidad y prisioneros de guerra, y fue derrotado militarmente gracias a la mayor cuota de sangre aportada por nación alguna en ese conflicto, veintisiete millones de muertos soviéticos. Reducir ese crimen colectivo a propiedad de un Estado es ya parte de la misma operación ideológica.
Norman G. Finkelstein (1953), hijo de sobrevivientes del gueto de Varsovia y de Auschwitz, sostiene en La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío que “el Holocausto ha demostrado ser un arma ideológica indispensable” [3] y que “el despliegue del Holocausto ha permitido que una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos, se haya convertido a sí misma en Estado ‘víctima’.” [4]
La estrategia es muy clara: transferir el capital moral acumulado por el sufrimiento de esas comunidades hacia el blindaje político de un Estado que bombardea hospitales, extrae órganos ilegalmente, mata a infantes sin el menor recato, bloquea alimentos y agua, y desplaza por la fuerza a millones de civiles. Finkelstein muestra que la representación ideológica del Holocausto, fue “fomentada y explotada por grandes organizaciones judías estadounidenses sobre todo a partir de la Guerra árabe-israelí de 1967 […] para inmunizar la política del estado de Israel contra toda crítica.” [5]
Conviene precisar que el proyecto sionista no se limita a Palestina, su corriente dominante reivindica el Eretz Israel, territorio bíblico que abarca desde el río Nilo hasta el Éufrates, comprendiendo lo que hoy son Palestina, el Líbano, Siria, Jordania e Iraq. Esta no es una posición marginal en Israel, es la que sostiene la coalición gobernante de Benjamin Netanyahu, cuyos integrantes la expresan sin ningún cuidado y justifica sus agresiones hacia otras naciones, ahora es al Líbano contra quien se dirige su violencia colonial.
El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, líder del partido Sionismo Religioso, declaró en marzo de 2023 en París que “el pueblo palestino no existía” [6] y que su existencia “es un invento del enemigo” [7] contra el sionismo, presentando simultáneamente un mapa del Gran Israel que incluía la totalidad del territorio jordano, lo que provocó la convocatoria del embajador israelí en Ammán.
Cualquier denuncia contra el colonialismo israelí es descalificada como antisemitismo, y cualquiera que resista su avance, negado en su propia existencia es presentado junto con sus expresiones de resistencia como terrorista y victimario. Si los pueblos árabes y palestinos son también semitas en sentido lingüístico y antropológico, acusarlos de “antisemitismo” por resistir la ocupación de su propio territorio no es solo una falsedad política sino un oxímoron.
Ese “blindaje moral” no se sostiene sólo con retórica, tiene una base social global organizada, el sionismo cristiano, movimiento teopolítico que opera desde el fundamentalismo evangélico neopentecostal, provee al Estado de Israel de una base de apoyo político, financiero y electoral que rebasa con mucho al lobby judío tradicional. Su teología dispensacionalista sostiene que el retorno a Palestina es condición para la segunda venida de Cristo, convirtiendo el apoyo a Israel en mandato divino y cualquier crítica en blasfemia.
Desde 2004, bajo iniciativa del político ultraderechista israelí Binyamin Elon, el parlamento israelí creó el grupo Aliados Cristianos de Israel con el propósito explícito de “identificar parlamentarios u hombres de influencia que fuesen evangelistas para orientar la agenda legislativa de varios países, a favor de los intereses del Estado de Israel.” [8] John Hagee (1940), fundador de Christians United for Israel (Cristianos Unidos por Israel), anunció en 2007 ante la Asociación Americana de Asuntos Públicos Israel-Estados Unidos que “el gigante dormido del cristianismo sionista se ha levantado: hay 50 millones de cristianos a favor y saludando al Estado de Israel.” [9]
En América Latina ese gigante opera en México, Brasil, Guatemala, Argentina y el resto del continente a través de mega iglesias neopentecostales que instalan en sus congregaciones la consigna de que “lo que es bueno para Israel es bueno para América Latina” [10] criminalizando cualquier solidaridad con Palestina como traición a Dios, el resultado práctico es el mismo que el del veto estadounidense en el Consejo de Seguridad; garantizar que Israel bombardee, invada y mate sin consecuencias.
El periodista israelí Gideon Levy (1953) denunció en su columna del diario Haaretz el uso político de esa memoria: “Los judíos y el Estado de Israel saben bien cómo santificar su memoria y usarla para sus propios fines.” [11] Al constatar que los líderes mundiales convocados a conmemorar el Holocausto guardaban silencio ante el genocidio en Gaza, escribió: “Ser huéspedes de Israel sin mencionar sus crímenes, conmemorar el Holocausto al tiempo que se ignoran sus enseñanzas […] Difícilmente se pueda pensar en una hipocresía mayor que ésa.” [12]
Ante ese silencio tenemos que preguntarnos: el “nunca más” que surgió como compromiso universal de la humanidad ante las barbaries de la Segunda Guerra Mundial, ¿para quién es válido? Si únicamente aplica como una excusa para el Estado que lo invoca y no como una obligación frente al pueblo que ese Estado extermina, no es un principio moral; es un privilegio. Levy lo nombra sin rodeos: “El Holocausto nunca debe ser olvidado, por supuesto. […] Pero precisamente por esta razón no debe ignorarse la conducta de sus víctimas hacia las víctimas secundarias del Holocausto judío: el pueblo palestino.” [13]
Un genocidio no puede ser el argumento para cometer otro genocidio, esa es la lógica misma de la Convención de 1948, que el propio Israel firmó. El “nunca más” nació como un compromiso de la humanidad entera frente a cualquier exterminio, contra cualquier pueblo, en cualquier territorio.
Usarlo para blindar precisamente un genocidio no sólo es una contradicción política y moral; es la profanación de la memoria de todas las víctimas del nazismo, de las comunidades judías exterminadas en los campos de concentración y exterminio, de los gitanos, los comunistas, los homosexuales y los millones de soviéticos que pusieron su sangre para derrotar al fascismo. La instrumentalización del Holocausto no honra a esas víctimas; las traiciona, y la única manera de honrarlas es que el “nunca más” sea, sin excepciones, para todos.
Las fuentes citadas en este texto son todas de intelectuales judíos que desde dentro de su propia tradición denuncian la instrumentalización del sufrimiento histórico de sus comunidades para justificar el genocidio del pueblo palestino. El antisionismo no tiene nada que ver con el odio a esas comunidades; todo lo contrario.
[1] Anielewicz, Mordechai. Última carta desde el búnker de la calle Mila 18, 8 de mayo de 1943. En: Zadoff, Efraim (ed.). Shoá: Enciclopedia del Holocausto. Yad Vashem y Nativ Ediciones, Jerusalén, 2004.
[2] Sand, Shlomo. La invención del pueblo judío. Trad. José María Amoroto Salido. Madrid: Ediciones Akal, 2011. [Paginación pendiente de verificación en ejemplar físico.]
[3] [4] [5] Finkelstein, Norman G. La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío. Trad. María Corniero Fernández. Madrid: Ediciones Akal, 2014 [2000].
[6] [7] Redacción. “Palestina es un invento del enemigo, dijo el ministro de Finanzas de Israel, Bezalel Smotrich: naciones del mundo reaccionan”. Semana, 24 de marzo de 2023.
[8] [10] Amesty R., José A. “El sionismo político-religioso en América Latina”. Alainet, 20 de mayo de 2021.
[9] Aránguiz Kahn, Loreto. “¿El despertar transnacional del ‘gigante dormido’ cristiano sionista? Actores del apoyo público evangélico al Estado de Israel a partir del caso chileno”. Política y Sociedad, vol. 59, núm. 3. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2022. Disponible en: https://doi.org/10.5209/poso.77697
[11] [12] [13] Levy, Gideon. “Vayan a Gaza y griten ¡Nunca más!”. Haaretz, 23 de enero de 2020. Reproducido en Resumen Latinoamericano, 28 de enero de 2020.