Los narcocorridos forman parte del ADN de la cultura de México desde hace décadas, prácticamente desde que apareció el narcotráfico, tal y lo conocemos ahora, en la década de los setenta. No significa que el trasiego de drogas haya aparecido en esos años, ya que la producción, comercialización y consumo de sustancias ilícitas, así como la presencia de grupos criminales organizados, están documentados desde los años veinte del siglo pasado, tras la Revolución Mexicana.
Estas actividades echaron raíces principalmente en las entidades fronterizas del norte de México donde por razones geográficas y logísticas se asentaron lo más cercano posible al mercado consumidor más voraz de estupefacientes del mundo: Estados Unidos.
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Fue en los años setenta cuando surgieron los primeros grupos musicales locales, que, retomando la herencia del corrido revolucionario y la música regional, comenzaron a componer canciones en las que se describen las aventuras, peripecias, excesos y fortunas de personajes ligados al narcotráfico. Así nacieron los narcocorridos.
En esencia, los narcocorridos exaltan la riqueza, los lujos, los placeres y el poder que ostentan los capos, a partir de sus ingresos millonarios y, justo ahí, radica su principal atractivo popular. Ya no son los caudillos de la Revolución los que se veneran, sino los líderes del narco y héroes del momento a los que muchos jóvenes -y no tan jóvenes- desean emular.
Los nuevos “superhombres” no luchan por la justicia, la democracia, ni por un país mejor… aunque sea a costa de tirar balazos a diestra y siniestra, como ocurrió en la época revolucionaria. Y la música, lejos de retratar su realidad con distancia crítica, los convierte en leyenda.
Lo que empezó como una producción musical modesta y de baja calidad, evolucionó aceleradamente. Actualmente se graban en estudios de alta gama, incluso en Estados Unidos. En muchas ocasiones contaron con la cartera abierta y financiamiento de “sus padrinos”, lo que paralelamente sirve también para lavar dinero y generar mayores ingresos por ventas de discos -todavía se llaman así- y presentaciones en palenques y ferias a lo largo y ancho del país. Un negocio redondo y sin miserias.
En paralelo, la violencia entre cárteles ha delimitado territorios “controlados” donde ciertos cantantes o grupos no pueden presentarse. En su repertorio se lanzan amenazas y puyas como jaraneros -sin trópico-. Pese a todo el fenómeno y éxito de los narcocorridos y sus variantes -que desconozco-, se han convertido sin duda en una industria próspera, aún en tiempos de recesión económica.
Ante esto, el acto reflejo inmediato de los políticos, sobre todo después de que en conciertos y palenques se presenta estelarmente la violencia homicida, ha sido la prohibición de narcocorridos, aduciendo “salvaguardar a la sociedad”.
La violencia en conciertos y palenques ha motivado vetos en distintas entidades del norte y el Pacífico mexicano. Desde 2001, con los Tucanes de Tijuana, pasando por Los Tigres del Norte, Chalino Sánchez, Gerardo Ortiz, El Komander o Natanael Cano, los intentos por censurar la música han sido múltiples.
En 2013 la Suprema Corte de Justicia de la Nación – hoy desahuciada- anuló una reforma promovida por el gobernador de Sinaloa, Mario López Valdez, que prohibía la reproducción de narcocorridos en bares y restaurantes, argumentando que se excedía en sus atribuciones. Fue una defensa a la libertad de expresión, hoy cada vez más zarandeada.
Actualmente el debate ha resurgido y está abierto en México, con acciones tímidas, zigzagueantes y de corto plazo, de algunos gobernantes locales. Buscan frenar únicamente las presentaciones en vivo, sin tocar el fondo del problema, al tiempo que promueven con entusiasmo las ferias donde se presentan estos mismos artistas. Quieren ilusamente, modificar el repertorio que les ha dado fama y prefieren fingir que silenciar una canción es suficiente.
Omiten a sabiendas, entrar a fondo en todo el entramado relacionado con esta narco industria y los intereses de diversa índole que intervienen y al que pocos quieren tocar. Ya no hablemos de las implicaciones en la zarandeada libertad de expresión, que es lo que en el fondo del asunto está cada día más en juego.
El recientemente caso de la Feria del Caballo en Texcoco, en la presentación de Luis R. Conriquez, quien se negó a cantar narcocorridos, es revelador. La respuesta fue clara: la gente -o el pueblo, como algunos prefieren llamarlo- no está dispuesta a que le silencien su música predilecta. La cultura popular, guste o no, ha abrazado al narcocorrido.
Y aunque el gobierno federal impulsa concursos como “México canta y encanta”, que promueven valores positivos, la atención mediática y social es mínima y carece de interés. El mayor mérito de estos eventos, quizá, sea evitar la cancelación de visas estadounidenses de sus participantes.
Pd. Curiosa y paradójicamente en México avanza la prohibición de peleas de gallos, de corridas de toros -por el maltrato animal- pero el público acude masivamente a corear con fervor y a garganta abierta, canciones que vanaglorian la violencia y la muerte de otros seres humanos. Algo, claramente desentona y desafina en nuestra partitura y escala de valores.
cotellodavid@gmail.com