El paisaje era una vieja película campirana en blanco y negro hasta que un rasposo canto anunció la próxima coloración de las cosas con la salida del sol. Jacinto se levantó, vistió y ajustó los huaraches de resecas correas, una de ellas a punto de romperse.
Salió del humilde jacal donde el sereno le despojó de cualquier remanente de sueño. Llegó con Quelite y Flaco que pacientes esperaban para dejarse uncir al yugo con el barzón. Una vez listos, se encaminaron al barbecho donde los tres tendrían una jornada que pondría a prueba su fuerza y resistencia.
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A la entrada del terreno estaba el instrumento de labrar recargado en un surco. Jacinto amarró el timón del arado al yugo, tomó la mancera con las dos manos y con la garrocha dio un pinchazo al Flaco para que el arado diera vuelta e iniciara el trabajo. “¡Eaah!”, “¡Iiíh!” eran las órdenes para que ambos animales comenzaran a avanzar mientras Jacinto, con gran esfuerzo, hundía le reja en la tierra haciendo un continuo malabar con la garrocha y la mancera.
A las diez de la mañana llegó Esther, su esposa, con el almuerzo, café en una botella, tortillas recién hechas y frijoles de la olla con trazas de salsa martajada mientras que Quelite y Flaco pastaban en sincronía siamesa por el yugo.
El resto del día fue una repetición del mismo trabajo, donde a veces se tenía que mantener el ritmo con un pinchazo de la garrocha en el anca de alguno de los bovinos y un “¡Íralo!, ¡Íralo!”.
Desde las doce el sol dejaba caer sus venganzas sobre quien osara estar a su vista. A las tres de la tarde, Jacinto desamarró el timón y luego tomó unos sorbos de agua de su guaje mientras que esperaba que Quelite y Flaco se enfriaran para poder llevarlos a beber a la atarjea de riego. Luego se fue a su casa.
La comida fue una repetición del almuerzo, esos frijoles de un espeso caldo, receta de Esther, que con yerbas y condimentos le conferían un leve regusto a manteca y bien servían para paliar la malvada colusión del hambre con las ganas de comer y quedar satisfecho, aunque Jacinto y toda su familia extrañaban el sabor de la auténtica carne, un buen cocido de res, un bistec asado o esas vísceras en caldo rojo llamado menudo. Se las imaginaba mientras recogía con un trozo de tortilla una porción de frijoles y los llevaba a su boca sin querer verlos para no decepcionarse.
La noche llegó luego de hacer labores menores y al abrigo del adobe y la teja; la madrugada, que prometía ser rutinaria, dio una mala sorpresa. Contradiciendo a su nombre, Flaco estaba tirado en el suelo con el vientre inflado. Jacinto sabía lo que eso significaba. Le pidió a su esposa le trajera la daga larga y la piedra de afilar. Cuando el instrumento quedó listo, lo hundió en el animal despidiendo gas en un silbido sordo. Solo restaba aplicar un poco de desinfectante y esperar a que Flaco reaccionara.
Jacinto esperó dentro de su jacal fumando un cigarro hecho con hoja de maíz y al cabo de tres horas, Esther entró con un guaje en la mano que no era el mismo con el que llevaba agua a la labor, sino uno más alargado. Eso solo tenía un solo significado que Jacinto aceptó al tomar el guaje, le quitó el tapón de olote y dio un largo trago que le hizo carraspear. “¿Qué vamos a hacer?” fue la inevitable pregunta. “Lo único que nos queda”, fue la respuesta obligada.
Al llegar la mañana, toda la familia se reunió para destazar y hacer delgados filetes que, untados con sal, se colocaron en interminables tendederos. Algunos trozos frescos fueron la comida de ese día y varios más donde el anhelado sabor que se debería sentirse con ánimo festivo, en realidad fueron los amargos bocados de un banquete fúnebre.
Quelite fue vendido sin más remedio, cualquier otra solución llevaba a callejones sin salida o conducían al punto de inicio. “Te dejo este dinero para los gastos y me llevo esto para llegar y que me pasen”. Esther no pudo contener las lágrimas y dándole una cajetilla de cigarrillos le sugirió llevar más dinero, pero Jacinto se reusó “¿Cómo voy a comer bien sabiendo que mis hijos no comen?” y dicho esto se dio media vuelta sin esperar a que su mujer terminara de darle la bendición.
La frontera es un lugar frío por donde quera que uno se encuentre en estas épocas del año, Jacinto fumaba esperando que el humo prodigara un consuelo a sus temblores. Había llegado esa mañana y se reunió con todos aquellos que tenían el mismo propósito que él. Esperaron por horas hasta que llegó un tipo “En la media noche por el camino de tierra junto a la alambrada, el que llegue tarde, se queda”. Por primera vez Jacinto sintió un poco de esperanza. Llegado al punto de reunión, se fumó su último cigarro y trató de descansar un poco antes de que llegaran por ellos.
Acostumbrado a medir el tiempo sin necesidad de reloj, se pudo dar cuenta de que habían pasado más de dos horas de la cita acordada. El resto de los paisanos, más inquietos, no paraban de lanzar insultos en voz baja mientras miraban por el camino de terracería. Jacinto sintió la boca seca por el coraje y la decepción, pero también pensaba qué otra cosa podría hacer, tal vez internarse por su propia cuenta. Se arrastró hasta la cerca de púas, apartó piedras y algo de tierra y pudo pasar a rastras. Una vez del otro lado, se quedó quieto para tratar de detectar si alguien lo había visto y de pronto sintió que lo tomaban del huarache, se trataba de alguien que le había seguido y pedía el paso. Pronto se reunieron varios de ellos haciendo la misma pregunta: “¿Pa´onde?”. Jacinto supuso que debía ser para el lado contrario a la cerca y señaló en esa dirección, caminaron por un par de minutos y al constatar que nadie le salía al encuentro comenzaron a correr.
Jacinto corría por suelo extranjero con algunos al lado y otros detrás de él. La adrenalina y la idea de lo habían logrado los hizo reír como aquellos que escapan después de haber hecho alguna travesura. Reían mientras corrían como locos felices y la cordura los viniera persiguiendo. De pronto una potente luz les iluminó la cara y alguien decía algo en inglés mediante un megáfono. Los hizo detenerse en seco unos instantes y luego se dispersaron en todas direcciones. A pesar de haberse asustado con la sorpresa seguían soltando nerviosas carcajadas retadoras.
Seguían sin parar con la inocencia del niño que no sabe ni le importa a dónde va ni por qué lo hace. Jacinto no supo en qué momento había perdido el huarache de la correa casi rota, como tampoco dio cuenta de los impactos en la espalda hasta que le tocaron los glúteos y cayendo irremediablemente pensó “¡Íralo!, ¡Íralo!” como cuando tocaba las ancas de sus nobles reses. Dio dos vueltas en el suelo para quedar bocarriba con los ojos abiertos mirando las estrellas y una sonrisa que no abandonó su terrosa cara, como ya lo había hecho su último aliento.
La temeraria acción de Jacinto y sus compañeros que los condujo a tan funesto final fue con el desconocimiento de lo que sucedía miles de kilómetros de ahí. Hacía unas horas que el jefe de ese país había firmado una orden ejecutiva para expulsar a como diera lugar a quienes quisieran llegar a buscar algún futuro distinto al que tenían en sus lugares de origen.