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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Las raíces del Tenorio

Su representación nos enfrenta a lo que algunas corrientes denominaron “las llaves de la cultura”

Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Sábado, Octubre 19, 2024

Tristán e Isolda, de Béroul se erige acaso en la máxima expresión de la poesía provenzal del Siglo XII que continúa por el ciclo de la leyenda arturiana de Chrétien de Troyes  , motivando ambas,  una de las más formidables reflexiones del Siglo XX de la autoría del suizo Denis de Rougemont, plasmada  en su libro Amor y Occidente.

El mundo caballeresco de las damas insignes inspiradoras un amor puro, que constriñe a los caballeros que las cortejan a pasar por los mayores sacrificios, se desplomó con las obras fundamentales del Siglo XIV, en donde el descaro de la picaresca , e incluso la más desbordada vulgaridad emblematiza lo que  Rougemont habría llamado “el amor villano”, siempre en contrapartida del “cortés”, villanía que  quedaría plasmada lo mismo en el Decamerón de Boccaccio que en Los Cuentos de Canterbuy de Chaucer.

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Decíamos ayer -como señalara Fray Luis de León-, que las grandes obras de la lengua castellana previas al denominado Siglo de Oro, habiendo sido destinadas al olvido, nos ofrecen no obstante un espacio de ensimismamiento que nos permite incluso comunicarnos con aquellos que han dejado ya este mundo o, quizá incluso, ellos expresarnos a nosotros, desde donde se encuentran, su sentir y su visión.

De aquel Siglo XIV con sus historias de pasiones intensas aun cuando desenfadadas, reviste una especial significación para todo hispano hablante el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz Arcipreste de Hita, en el que se entrelazan variados e intrincados episodios.

La liebre y el tejón litigan ante un conejo en una fábula en la que toda la regulación contemplada en la Tercera Partida de don Alfonso, El Sabio queda explicada hasta en su más nimio detalle, Las Siete Partidas, escritas cien años atrás, que son sancionadas como legislación vigente y aplicable en el referido siglo catorce por el Rey Alfonso X, y ante su invocación en las cortes regias, el fraile poeta decide glosarlas mediante una hilarante fábula.

No deja de resultar peculiar que el rey, cuya personalidad es plasmada con enorme dramatismo en la ópera “La Favorita” de Donizetti, haya en realidad prohijado con su mandato la formación de una obra tan cercana a la picaresca como es el Libro de Buen Amor, escrita en verso yámbico (versos de catorce sílabas seguidos por veros de siete sílaba)  como escribiera Esquilo sus tragedias, y como fueran compuestas las obras del  “mester de juglaría”,  herencia  de la poesía provenzal de Béroul y no bajo los cánones del “mester de clerecía” al que, por fuero , el autor habría tenido que desenvolverse.

En el Libro de Buen Amor hará su aparición la “monja trotaconventos”, rol social delineado a cabalidad un siglo después por el bachiller Fernando de Rojas, y con el que José Zorrilla complementaria la truhanería del personaje acrisolado en el Siglo de Oro por Tirso de Molina.

En el extremo de la degradación de Tenorio aparece, no obstante, la dama digna del amor caballeresco retratada por Béroul y por Troyes en las personas de Isolda y de la reina Ginebra, precisamente en la versión de José Zorrilla en la que, contradictoriamente, la degradación moral aparenta llegar al máximo de los extremos, y ello, en el preciso  momento en el que el alma de doña Inés apresada en la piedra de su escultura fúnebre señala que “el amor salvó a don Juan al pie de la sepultura”.

En lo personal, no me desagradan en lo más mínimo que lleguen a nuestra vida cotidiana  tradiciones nórdicas como el “árbol de navidad” o céltico-irlandesas como la “noche de brujas”, sí en cambio, que estas terminen  imponiéndose  mediante un aparato masivo de comunicación social hasta lograr  desplazar tradiciones ancestrales; lo anterior, sin embargo, puede muy bien aplicarse  a fenómenos culturales que no forzosamente sean procedentes de tradiciones  distintas a la nuestra.

La representación de “El Tenorio” durante la temporada de Fieles difuntos nos enfrenta a lo que algunas corrientes sociológicas llegaron a denominar como “las llaves de la cultura”; en su caso, las que pueden abrirnos los  misterios más profundos,  como las que se atisban en las ensoñaciones de Béruol y Troyes, o se presienten en las tonalidades de las partituras de Wagner, o de los anhelos de transgresión disipada  como aquellos que son plasmados en los episodios de   el Libro de Buen Amor,  tal y  como corresponde a aquellas “monjas trotaconventos” que al decir de Octavio Paz llegaron a merodear los claustros conventuales de la Nueva España con singular desparpajo en nuestro Siglo XVII.

La sustitución de esta tradición por la difusión masiva de su “versión cómica” en las últimas décadas, nos ha despojado de una de las claves que permiten a cualquier simple mortal desentrañar los misterios que acaso se agolpan en los recuerdos de lo que ha sido su propia vida.

albertoperalta1963@gmail.com

 

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