El racismo mexicano no desaparece. Como la materia, solo se transforma si habremos de creer en lo dicho por Lavoisier. Esa fue mi percepción, y tal vez la de otros, el fin de semana durante el transcurso del debate entre los aspirantes presidenciales.
Llamó la atención el contraste entre las candidatas, por lo menos en mí (el señor Máynez no debería de estar en la mesa, no representa electoralmente nada y perjudica la integridad de la democracia; su papel corresponde al de quien hace de esquirol para favorecer a la patronal).
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Claramente acentuado por la rigidez imperturbable de la señora Sheinbaum; de soberbia exaltada y mirada displicente en oposición con la inseguridad y timidez de su oponente, Xóchitl Gálvez. Su contrincante no le mereció ni una mirada de soslayo. Se le redujo a la nada hasta literalmente invisibilizarla.
Me pareció ver en ese rato la vieja estampa del amo y el indio inmortalizada en las películas del Cine de Oro mexicano, salvo que sin condescendencias de parte del amo. El encuentro quirúrgicamente separado entre el campo y la ciudad. Entre los bien y mal nacidos. Entre los mexicanos de respeto y los que no lo son.
Una de las contendientes tiene grado doctoral y se hace llamar en público como tal; se pondera que tiene estudios fuera de México, condición que la faculta para gobernar México. Sorpresivamente, el presidente López Obrador se ha declarado intelectualmente inferior frente a “su” candidata.
Proviene de padres extranjeros, tiene un apellido que cuesta pronunciar al común de la gente; en tanto que la de su contrincante, lleva nombre de indio (xóchitl); no es llamada por su nombre sino por apodos (“la candidata del PRIAN”, por ejemplo), todos negativos, cuidadosamente sembradas en la opinión pública por los publicistas del partido Morena.
La estigmatización, como digo, es ampliada por el aparato de propaganda encabezada por los moneros de cierto periódico, y hasta por los medios de comunicación oficiales del Estado, colonizados por estos mismos personajes y el partido político gobernante.
En ninguna parte embona tan bien la expresión Luis XIV de “El Estado soy yo”, como aquí.
Para acabarla de amolar, la Gálvez proviene de uno de los pueblos polvosos del estado de Hidalgo, El Mezquital. De padre indio y madre mestiza. Otomí, ni siquiera nahua, el grupo que de inmediato se avino a los usos de los españoles, según León-Portilla. Sus expresiones no tienen la contundencia deseada porque sigue hablando con la estructura de las lenguas indígenas.
Uno de los grandes males de México, ya lo sabemos, es el racismo. Combatido en el discurso oficial pero acogido con entusiasmo en la intimidad por las clases altas, porque le reditúa, y mucho. Es la manida expresión de los grupos de “privilegio” aduciendo que “en México no hay racismo”, para mantenerlo intocado.
Se trata de una enfermedad ubicua que sobrevive inalterable al amparo de la complicidad de clase entre los sucesivos gobiernos y gobernantes.
Como fenómeno, el racismo es un proceso doloroso de cinco siglos. Podemos fecharlo en los primeros años de la Conquista, con la introducción de las primeras instituciones de gobierno virreinal, que dividió a la población entre civilizados y salvajes.
En esa nueva jerarquía los blancos extranjeros y civilizados, como vencedores, se colocaron en el peldaño más alto, arrogándose el derecho de mandar; y los nativos indios, prietos e idólatras, fueron reducidos al último escalón, destinados a obedecer y callar.
Luego entonces el racismo persiste sobre todo por las estructuras culturales, sociales, económicas y jurídicas que lo apuntalan. Como se ha dicho por ahí en libros, es estructural. Se reproduce todos los días, y en todos los actos sociales. Es la matriz de la desigualdad nacional. Matriz que se refrenda cada seis años.
De los moldes coloniales fundados hace cinco siglos con el imperio español, el racismo es el que se mantiene intocado por la modernidad liberal: el prejuicio y discriminación por clase social, color de piel y origen.
Su principal caldo de cultivo son los rituales o episodios políticos. Ergo: Claudia y Xóchitl debatiendo sobre el futuro del país. Una representa los intereses de la clase gobernante, pues habla desde el poder prácticamente virreinal del presidente López Obrador. La otra, lo hace desde los suburbios de la exclusión.
Eugenia Iturriaga en un trabajo publicado por la UNAM dice que en Ciudad Blanca, el racismo parece enclavado en la vida cotidiana de la sociedad, de las élites y de los otros, mestizos y mayas, y norma las relaciones sociales. Los miembros de éstas élites parecen incansables a la hora de la demarcación y la guarda de fronteras identitarias y herencias biológicas y culturales, de su poder y espacios exclusivos en todos los ámbitos de la vida social. Y que en este discurso convergen tanto la ideología racista como el clasismo, y una suerte de fobia al de afuera.
Luego entonces, digo yo, el racismo ni se crea ni se transforma, sólo se refrenda cada seis años.
@ocielmora
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