Han pasado seis meses desde el inicio de la Guerra en Gaza y el gobierno de Benjamin Netanyahu no ha cumplido con las promesas de derrotar a Hamás y de rescatar a los rehenes secuestrados por esta organización. Por el contrario, el primer ministro israelí enfrenta un contexto cada vez más complejo tanto al interior como en el exterior y las protestas del 31 de marzo contra su gobierno, así como la abstención de EE. UU. en el Consejo de Seguridad de la ONU son prueba de ello.
En retrospectiva, Benjamin Netanyahu y su gobierno han generado un descontento importante en una buena parte de los israelíes desde meses antes de que sucediera el atentado orquestado por Hamás, en octubre del año pasado. El malestar de los ciudadanos en ese momento en particular se debió a un paquete de iniciativas que pretendían reformar el sistema judicial. En este texto explico con mayor detalle lo ocurrido.
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Por otro lado, transcurrido medio año desde el inicio del último conflicto con Hamás, el primer ministro y la estrategia militar de su gobierno mantienen la deuda de recuperar a 134 rehenes de los cerca de 200 que fueron capturados por la organización islamista en octubre pasado. Esta es una de las razones por las que decenas de miles de israelíes tomaron las calles de Jerusalén el domingo pasado, exigiendo “elecciones anticipadas y que el gobierno haga todo lo necesario para la liberación de los rehenes, incluido un cese al fuego” (López, 2024). Hecho que demuestra que la “unión” del país tras el shock del 7 de octubre ha llegado a su fin y una vez más se hace evidente la fragmentación social y la crisis política que vive Israel.
De acuerdo con información de López (2024), los medios locales calificaron estas manifestaciones como las mayores protestas contragubernamentales desde el inicio de la guerra contra Hamás. Cabe mencionar que los ciudadanos también exigieron la renuncia de Netanyahu, quien ha sido muy criticado por las acusaciones de corrupción en su contra y que se presume, en varias ocasiones ha empleado acciones políticas para salvaguardar sus intereses personales, así como por fallar en anticipar los ataques de Hamás.
Al respecto de lo anterior, analistas entrevistados por la agencia de prensa AP coinciden en que el primer ministro está tomando decisiones para su supervivencia política y no en respuesta al interés nacional. Además, sondeos de opinión lo colocan muy por detrás de la oposición en caso de que hubiera elecciones hoy, pero los próximos comicios están previstos hasta 2026 (López, 2024). Sin embargo, el contexto es más complejo: no todos desaprueban el desempeño de Netanyahu, por ejemplo, los partidos ultraortodoxos siguen apoyándolo y esto es clave para él pues la coalición de su gobierno depende del sustento de estos partidos.
Uno de esos partidos es el Sionismo Religioso, liderado por el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, cuya postura está totalmente a favor de destruir a Hamás cueste lo que cueste. De hecho, desde la perspectiva de sus miembros no hay otra alternativa: Ohad Tal, un parlamentario de este partido declaró que “era ‘ingenuo’ creer que algo más que una mayor presión militar sobre Hamás liberaría a los rehenes” (Bowen, 2024). Por otro lado, Netanyahu respondió a las protestas en un discurso en televisión en el que afirmó que adelantar las elecciones en plena guerra sólo paralizaría al país y reafirmó que la ofensiva de Israel en Rafah (ciudad al sur de Gaza) se llevaría a cabo, a pesar de la presión de EE. UU. de no efectuarla. Para entender el contexto, baste decir que en esa ciudad se han refugiado cerca de la mitad de los 2,3 millones de habitantes de la Franja (López, 2024).
Otra protesta que se dio de forma paralela a las de Jerusalén y que refleja la complejidad a la que se enfrenta el primer ministro fue la de los reservistas y oficiales retirados, que se manifestaron en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, para reclamar que también se reclutara a los estudiantes de las escuelas talmúdicas, pues aunque el servicio militar israelí es obligatorio para la mayoría de hombres y mujeres, hay una excepción para todos los jóvenes que están inscritos en colegios donde se estudia la Torá (López, 2024).
Siguiendo con información de López (2024), se estima que en esta guerra Israel ha movilizado a cerca de 287,000 reservistas por lo que es lógico que la población exija que todos los israelíes cumplan con su “deber militar” sin excepciones. Incluso, el Banco de Israel anunció en su reporte anual que podría haber consecuencias económicas negativas si un gran número de jóvenes ultraortodoxos continúa evitando servir al Ejército israelí. No obstante, como mencioné anteriormente, el gabinete de Netanyahu depende del apoyo de los partidos ultranacionalistas por lo que es poco probable que Bibi (como se le apoda en el país), tome medidas al respecto para modificar esta salvaguarda.
En síntesis, el dilema para los israelíes no está en destruir o no a Hamás, sino en la estrategia que se está siguiendo para lograr ese objetivo, misma que para muchos no está siendo eficaz y que, por el contrario, sólo acabará por costarle la vida a los rehenes que permanecen bajo el control de Hamás, mientras el gobierno de Netanyahu se niega a un cese al fuego para poder negociar un intercambio con la organización que permita recuperarlos.
Esto sin olvidar la crisis humanitaria en Gaza en la que, según datos de Amnistía Internacional (2024), han muerto más de 27,300 palestinos, entre ellos más de 7,000 niñas y niños, y otros 66,000 han resultado heridos por los ataques israelíes a hospitales, campamentos de refugiados, mercados y muchas otras instalaciones civiles. También, se estima que al menos 85% de la población se ha desplazado internamente. Además, el bloqueo de la entrada de alimentos, agua, atención médica y ayuda humanitaria ha puesto a todos los que están atrapados en la Franja en un estado de supervivencia y ha provocado fuertes críticas hacia el Estado de Israel por parte de la comunidad internacional.
Por último, otra de las razones por las que muchos desaprueban la gestión de Netanyahu es por el deterioro que han tenido las relaciones entre Israel y EE. UU, su principal aliado durante su gobierno. En mi opinión, la prueba más relevante de las tensiones fue que los Estados Unidos se hayan abstenido en la votación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre la resolución para el alto al fuego en Gaza, ocurrida el pasado 25 de marzo.
Es importante señalar que la aprobación del texto fue posible gracias a esa abstención, pues en múltiples ocasiones la potencia norteamericana ha ejercido su derecho a veto como miembro permanente para evitar condenas y resoluciones desfavorables hacia Israel. Linda Thomas-Greenfield, representante de EE. UU. en la ONU expresó que "un alto el fuego puede comenzar inmediatamente con la liberación del primer rehén, y por eso debemos presionar a Hamás para que haga precisamente eso" (BBC, 2024). Sin embargo, el Estado iraelí no comparte esta idea.
Las respuesta de Israel ante la decisión estadounidense se dio rápidamente cuando el primer ministro decidió suspender la visita de la delegación israelí a la Casa Blanca que debía suceder durante la última semana de marzo, y manifestó en un comunicado que lamenta lo que considera "una clara retirada" de EE. UU. respecto a la que había sido su posición sobre el conflicto (BBC, 2024). Estos hechos visibilizan los roces, cada vez más notables, que está teniendo la relación bilateral y la situación se puede complicar aún más porque Estados Unidos está en pleno año electoral y eso implica que Joe Biden debe ser muy cuidadoso con las decisiones que toma respecto a la Guerra en Gaza y su apoyo incondicional a Israel. Si les interesa conocer cómo influye el tema de Israel en las elecciones presidenciales, les recomiendo el texto del internacionalista Mauricio Meschoulam: Detrás de las tensiones EU-Israel en plena campaña electoral de Biden.
Por último, quiero aclarar que la abstención en la votación no implica que Estados Unidos esté modificando su política respecto a Israel, pero lo que sí es evidente es que el gobierno de Biden está mandando un mensaje al de Netanyahu respecto a que hay decisiones poco estratégicas ante los ojos estadounidenses, que Israel está tomando y por ende, no necesariamente serán sustentadas por Estados Unidos.
Un ejemplo de lo anterior, explicado por Meschoulam (2024) fue cuando un incidente en la entrega de ayuda en Gaza, en el que más de cien civiles palestinos murieron, provocó una fuerte presión para Biden que conllevó a que ahora EE. UU. esté enviando ayuda por aire a la Franja y además a que haya informado que se establecerá un puerto provisional en la zona para apoyar dichas entregas. Ante esto, el mensaje político de Biden es muy claro: “EU está teniendo que intervenir directamente para hacer lo que Israel no está siendo capaz de hacer de manera eficiente: aliviar, al menos un poco, la crisis humanitaria que ahí prevalece”.
Como suelo decir cuando escribo sobre la guerra en Gaza, sin duda, el final del conflicto es todavía incierto, pero lo que es innegable es que el gobierno de Netanyahu está dejando a la deriva muchos frentes abiertos tanto al interior del país, como en sus relaciones exteriores. Y por más que Bibi haga todo lo que esté en sus manos para permanecer en el poder, la derrota definitiva de su carrera política es cada vez más posible.