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OPINIÓN

Lalo Rivera: ¿y así quieres ser gobernador?

El martirio kafkiano de verte involucrada en el pago de una infracción vehicular en Puebla

Norma Angélica Cuéllar

Investigadora y periodista mexicana. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Tiene publicaciones sobre migración y política en revistas especializadas y en diarios nacionales. Sus temas de investigación son migración, religión y política nacional.

 
 

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Miércoles, Noviembre 29, 2023

La historia del martirio kafkiano que hay que sufrir en Puebla cuando te infraccionan y te quitan la placa de circulación, comenzó el martes pasado, cuando tuve que llevar a mi padre, un hombre discapacitado de 80 años, al IMSS de La Margarita. En la zona no hay estacionamientos cercanos, así que me estacioné en una calle aledaña donde no había ningún disco de ‘prohibido estacionarse’.

Cuando venía empujando la silla de ruedas de mi padre, vi a un agente levantándome la infracción y le expliqué lo de la ausencia de señalización, pero aun así en tono prepotente me levantó la infracción y no sólo a mí, en menos de media hora retiró otras seis placas a igual número de conductores.

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Este encuentro con la autoridad deshumanizada, que desafía la razón y la sensibilidad, es una muestra palpable de cómo la realidad cotidiana a veces se asemeja a las narrativas surrealistas y desconcertantes de Kafka, recordándonos que la ficción y la vida real no siempre están tan separadas como podríamos creer. Sinceramente me sentí personaje de Kafka.

Franz Kafka exploró la burocracia en varias de sus obras, pero una de las más destacadas es El Proceso. Esta novela trata sobre un hombre llamado Josef K. que es detenido y sometido a un extraño proceso judicial sin conocer las razones de su arresto ni los cargos en su contra. El protagonista se encuentra atrapado en un laberinto burocrático y legal, donde las reglas son ambiguas y las figuras de autoridad son inaccesibles e impersonales.

La sensación de ser juzgado sin base, la impotencia ante la frialdad de un sistema que parece ajeno a la humanidad y la vulnerabilidad de mi padre ante esta situación injusta, todo esto crea un eco del universo kafkiano. Al igual que los protagonistas de sus historias, nos encontramos atrapados en un laberinto absurdo, donde la lógica se desdibuja y la arbitrariedad reina, enfrentando una injusticia que se manifiesta en la impenetrabilidad de las reglas y en la indiferencia de quienes las aplican.

Resulta que el policía me explicó que podía pagar en línea y que me devolvería la placa. Así que, para no hacer más larga la historia, pagué y fui a mostrarle el pago en una captura de pantalla en mi celular. Pero el elemento Andrés Lucio Clemente con número de placa 349, seguía quitando placas en las inmediaciones de La Margarita del IMSS y hasta me dijo que me retirara y lo dejara trabajar. Bastante grosero.

Le volví a explicar que mi padre es un hombre discapacitado y que necesitaba recuperar la placa, ya que ya había pagado la infracción; pero su actitud grosera continuó con respuestas como: “no es mi problema”; “si no se refleja en el sistema no se la voy a devolver”; “vaya a mañana por ella”.

En todo el tiempo que estuve esperando, vi como el agente quitó placas, incluso a un auto con niños pequeños en el interior y a un trabajador que se estacionó unos minutos para bajar una carga. No sé si los agentes de Tránsito tienen esa consigna, de quitar placas sin mediar diálogo o qué está pasando.

Para empezar, señor presidente municipal, Eduardo Rivera, debiera dar un curso de derechos humanos a sus policías y agentes de Tránsito, cuyo deber principal es velar por la seguridad de los ciudadanos y no digo que no levanten infracciones. Pero vaya, denles una terminal para cobrar con tarjeta y devolver la placa enseguida como se hace en muchas ciudades.

Puebla no puede manejarse como un ranchito donde opera la ley de la selva. Somos una ciudad turística donde vienen muchos visitantes y donde los ciudadanos pagamos impuestos.

Las calles del Centro Histórico de Puebla de verdad que evocan las mismas sensaciones de absurdo y opresión que se encuentran en las páginas de las obras de Kafka.

Mi pobre padre fue espectador silencioso de este teatro de lo irracional, donde el policía sólo actuó en forma prepotente y carente de empatía. No hubo ningún intento por comprender la situación.

Al igual que los protagonistas de Kafka, nos encontramos atrapados en un laberinto absurdo, donde la lógica se desdibuja y la arbitrariedad reina, enfrentando una injusticia que se manifiesta en la impenetrabilidad de las reglas y en la indiferencia de quienes las aplican.

Pero las cosas no pararon ahí, cuando fui por la dichosa placa a la Secretaría de Seguridad Ciudadana, la chica del módulo de información me dijo que no la podía recogerla porque además de las copias de la tarjeta de circulación, INE, CURP y del pago, se necesitaba el INE y una hoja de reconocimiento, debidamente llenada, por la persona titular de la tarjeta con que se pagó la infracción. Olvidé mencionar que le llamé a una persona para que me hiciera favor de pagar en línea, mientras le pedía al poli que me diera mi placa.

En las oficinas, también los empleados se portaron hostiles y groseros, como Francisco González, quien me repitió dos veces su nombre cuando le dije que haría pública la forma como tratan a los ciudadanos.

Pues así las cosas por el municipio de Puebla, donde nuestro presidente municipal ha hecho pública su intención por buscar la gubernatura en las próximas elecciones.

No mencioné que fui al IMSS para que me dieran una constancia de la discapacidad de mi padre, a fin de poder tramitar las placas especiales.

En fin, esas historias cotidianas en Puebla se asemejan a las narrativas surrealistas y desconcertantes de Kafka. Recordándonos que la ficción y la vida real no siempre están tan separadas como podríamos creer.

 

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