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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Tú, computadora?

La tecnología es una mediación del poder entre nosotros y mantendrá vivo el deseo de dominio

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Domingo, Julio 2, 2023

La inteligencia artificial (IA) ha creado una ola de pánico. No tememos que supere a los humanos. Lo hace ya en muchos respectos. Tampoco tememos que acaben con la especie. Antes lo haremos nosotros mismos, algún virus o el trivial azar. Nos preocupa que compita con nosotros. Aquí no es su potencia lo que nos inquieta, sino que se parezcan demasiado a nosotros. Lo horrífico nunca es lo otro, sino aquello próximo y ambiguo a la vez. Horrífico es lo más cercano, pero que no se deja identificar como parte de un “nosotros”.

En la Biblia el primer acto consignado de violencia no sucede entre los hebreos y sus enemigos o entre amos y esclavos, como sucederá en El Éxodo, sino entre hermanos. Caín y Abel. Y Dios es la causa al preferir a uno sobre otro. ¿Por qué dos hermanos compartiendo carne y sangre, trabajadores, habrían de aparecer bajo luz distinta a ojos de Dios? Caín enloquece porque no puede comprender qué hace la diferencia entre él y su hermano. Es la gracia. O el azar. Da lo mismo. Es una diferencia inexplicable. La agricultura y el pastoreo, oficios de uno y otro, no explican nada. En todo caso resulta más terrible Abel, quien ha sacrificado la vida para Dios. El animal se ofrece en sacrificio porque representa la vida misma, la producción divina por excelencia. Al mismo tiempo, es lo que, por ser mera vida (no vida humana, inteligencia, alma) puede ser sacrificado. Pero quien sacrifica un animal corre el riesgo de considerar a su prójimo eso: otro animal. El animal es la coartada para poder asesinar: los enemigos pueden ser sacrificados porque se encuentran más cerca de los animales. Si se quiere, están entre los animales y los humanos, como lo fue para los griegos. Todo sucede entonces como si Dios hubiese permitido el homicidio de Abel sabiendo que éste sería un homicida peor el Caín.

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Aun prescindiendo de Caín y Abel, la IA es incómoda por su ambigüedad. No se trata de una mera cosa, pero tampoco de “alguien”, de un enemigo humano que pudiéramos enfrentar. No es un animal que debamos domesticar y mucho menos una naturaleza que podamos dominar o controlar. Esta tecnología comparte con nosotros la inteligencia, pero no la vida. Hemos creado una maquinaria de símbolos capaz de penetrar nuestras lenguas y todas nuestras producciones, como la pintura o la música. Puesto que nuestra existencia tiene lugar en el lenguaje, la IA se acerca peligrosamente a nosotros, como una hermana. Pero es una hermana bastarda, porque carece de cuerpo, de sensibilidad, de voluntad y de vida. Es producto nuestro independizado, estructurado como un lenguaje, pero carente de toda significatividad. Con las máquinas hemos dado un cuerpo artificial a nuestro inconsciente, si por ello entendemos el procesamiento automático y no consciente del patrimonio formal humano, el cual se acopla a nuestras vidas y las codetermina.

La IA es humana, demasiado inhumana y constituye un nuevo tipo de otro: ni animal, ni humano, ni cosa. Immanuel Kant realiza una aguda observación en su Crítica de la Razón Pura. En ella nos dice que cada vez que somos conscientes de algo, somos conscientes de nosotros mismos: somos nosotros los que estamos pensando. De algún modo al pensar, me pienso a mí mismo: soy autoconciencia. Pero el yo no construye el saber de la nada, sino a partir de sensaciones que ordena y transforma, dando lugar a un producto íntimo: el saber. Pero Kant observa en otra obra, la Crítica del Juicio, que esa estructura de autodeterminación la compartimos con los seres vivos. No porque ellos piensen, sino porque ellos toman insumos del mundo en la forma de alimentos ordenándolos y transformándolos para autoconstituirse. El resultado es la producción de sí mismos y de sustancias que sirven al organismo. Como se diría mucho tiempo después la vida es autopoyética.

Las máquinas son movidas por nosotros en cuanto que reciben instrucciones. Pero ellas son ahora capaces de aprender por medio de mecanismos de retroalimentación. Es decir, que ellas se mueven a sí mismas, se autodeterminan en cierta medida. Debemos a la cibernética el haber mostrado la proximidad entre las máquinas y los seres vivos cuando se dota a aquellas de mecanismos de retroalimentación. Wiener, padre de la cibernética, programaba durante la Guerra Mundial un sistema de misiles donde cada disparo estuviese acompañado de retroalimentación sobre su éxito o fracaso. Cada fallo daba información al respecto, lo que permitía corregir el disparo progresivamente hasta dar en el blanco. Es imposible pasar por alto la homología estructural entre la vida, la inteligencia y la computación actual. Esta última ha hecho de la retroalimentación y de los procesos de recursividad en general el elemento clave para mejorarse, es decir, para volverse más eficiente en la resolución de problemas. Es aquí también donde surge el concepto de singularidad, según el cual las máquinas entrarían en un estado impredecible, incontrolable e irreversible al poder entrar en ciclos de automejoramiento o franca autoproducción. Pero, repetimos, no es que entonces sean como “nosotros”. Serían análogos en esa cualidad autoproductiva, pero todavía demasiado diferentes a nosotros, para quienes la razón no se define por la capacidad de resolver problemas, sino la de darse fines y de actuar en consecuencia haciendo uso del juicio.   

Aquí podemos recordar el Escrito sobre la libertad de Schelling, donde se interpreta la creación del hombre por parte de Dios. Éste es Dios no por crear un ser inteligente, sino por crear un ser libre. La paradoja de la creación humana consiste entonces en que Dios crea a un ser como él, demostrando con ello su omnipotencia; pero ese ser creado, al ser libre como su creador, entonces, necesariamente lo limita. Toda libertad limita a otra libertad. Pero, al mismo tiempo, una libertad no es real sino frente a otra libertad. La literatura consigna los diversos intentos humanos por crear seres a su imagen y semejanza. Del Gólem a la bestia del Dr. Frankenstein.

La IA a diferencia de aquel, sí tiene acceso al lenguaje, pero, a diferencia del último, no desea el reconocimiento de los humanos. No desea nada. Nos preguntamos frecuentemente en qué consiste la IA, qué tan lejos llegará, de qué será capaz.  Pero no nos detenemos a pensar qué deseamos nosotros al crearla. No hay que tragarse la justificación superficial de que la IA resolverá la crisis climática, el cáncer y el desempleo. No se trata de problemas técnicos, sino técnico-políticos. La tecnología nunca ha constituido una mera mediación: cultura-tecnología-naturaleza. Aquella es, al mismo tiempo, una mediación del poder entre nosotros. La tecnología se ha independizado ya de nosotros y lo hará en mayor medida todavía, pero no se liberará, porque no desea nada. En cambio, usaremos la tecnología para mantener vivo el deseo de dominio entre humanos.

 

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