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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Israel y Palestina: una misma exigencia

La teología política de Israel está encaminada a producir un palestino lejano, borroso, inhumano

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Junio 6, 2024

Quien se declara en contra del antisemitismo está obligado a denunciar las acciones genocidas que el gobierno de Israel ha dirigido y dirige contra el pueblo Palestina. No se trata de “comprender” por un lado a los judíos y por el otro a los palestinos, ni de entrar en cálculos de quién tiene derecho a qué tipo de defensa. Una posición “económica” aquí carece de toda pertinencia. Entendemos por económico el juicio que justifica a Israel por su pasado en la Shoah, como si la cantidad de un quantum de víctima nos permitiera obtener crédito para la impunidad.

En efecto, la transformación de la condición de víctima en capital político constituye un acto vil, porque a la postre se termina identificando a la víctima con algún grupo religioso, étnico o lingüístico que estaría eximido, él mismo, de toda responsabilidad. La víctima constituye la impugnación a todo poder, así se funde éste en alguna historia de sufrimiento u opresión. Nada hay más violento en el terreno de las palabras que monopolizar la moral o la verdad. El fascismo gusta de vestirse con los ropajes de lo razonable. En efecto: ¿no tiene Israel derecho a defenderse, a estrangular al grupo que reclama su desaparición?

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La víctima constituye un lugar que nadie puede ocupar y en cuyo nombre nunca podemos hablar, pero tampoco habla ella misma con algún privilegio metafísico sobre la verdad. Aquí debemos recordar las duras palabras de Primo Levi, sobreviviente de los campos de concentración, en su libro Los hundidos y los salvados:

“Debo repetirlo: nosotros, los sobrevivientes, no somos los verdaderos testigos. Ésta es una idea incómoda de la cual me he hecho consciente poco a poco, leyendo las memorias de otros y leyendo la mía con una distancia de años. Nosotros los sobrevivientes no somos únicamente una minoría exigua, sino también anómala: somos aquellos que por prevaricaciones, sus habilidades o la buena suerte, no tocaron fondo. Los que lo hicieron, aquellos que vieron a la Gorgona, no han vuelto para contarlo, o han retornado mudos; pero ellos son los "musulmanes", los sumergidos, los testigos completos, aquellos cuya deposición tendría una significación general. Ellos son la regla, nosotros, la excepción […] Porque los campos de concentración están hechos para el exterminio, Esto no debe olvidarse".

Pero el fascismo es identificable al menos en algo: intenta monopolizar la verdad y la justicia en un grupo, haciéndola inaccesible a los demás y abogándose derechos y atribuciones extraordinarias. Es el estado de excepción metafísico por excelencia y, al suprimir sus obligaciones con lo otro y los otros, compra por adelantado su impunidad.

Repito, las razones históricas pueden ayudarnos a comprender el conflicto, pero no a justificar. ¿Pero y los actos terroristas? ¿No deben ser denunciados y castigados? Sin duda. Pero no confundiremos los niveles. El crimen terrorista es asesinato. Las acciones sistemáticas de exterminio de un pueblo a lo largo de décadas, con premeditación, alevosía y ventaja, debe llamarse genocidio. No entraremos en las justificaciones por la comparación del genocidio y asesinato. Diremos simplemente que ambos son condenables, pero pertenecen a dominios distintos de comprensión y crítica. Así que sí, Israel tiene derecho a defenderse, pero el genocidio no es eso. Nadie puede realmente comprar el argumento de que bombardear a civiles, destruir hospitales, cortar el suministro de alimentos, de medicinas y de agua en una guerra precedida por el hostigamiento y la segregación controlada por militares durante décadas sea un acto de autodefensa. Con estas palabras no se absuelve al terrorismo, pero tampoco se entra en el terreno tramposo de “ni los palestinos ni los israelíes”, o de “ambos se han equivocado”, etc. Mucho menos cuando comprendemos que las acciones de Israel no se limitan a un Estado, sino a todo un complejo de intereses económicos y políticos de Occidente. La vergüenza debería ser global.

No debemos ceder un palmo en nuestra atención: el antisemitismo y la islamofobia están a flor de piel y constituyen uno de los motores de las derechas en todo el mundo. Jesús Ayala-Colqiu ha acuñado el afortunado término de liberfascismo, mostrando hasta qué punto el discurso progresista se ha convertido en la punta de lanza del nuevo fascismo. Es por ello que se permite el automatismo de acusar a los críticos de Israel de antisemitismo, incluso si son judíos. En ello se funda el nuevo fascismo Occidental que saca los perros de la censura en nombre de las víctimas. Pero, ¿no se pintaba Alemania como la gran víctima de la Primera Guerra Mundial? Y peor, ¿no era Alemania, efectivamente, la gran víctima del Tratado de Versalles? De nuevo, haber sido víctima no es fuente de concesiones éticas. Por el contrario, debería constituir la potencia para sobrepasar el carácter narcisista del fascismo. La víctima que hace de su situación un hecho “absolutamente singular” y que le colocaría por encima de todo compromiso con el prójimo le confiere un poder inaudito a los victimarios, les da la victoria. Se trata de un caso extremo del síndrome de Estocolmo: una identificación con el proceso identificatorio llevado a cabo por los nazis. Decir, yo soy el judío que exterminaron los nazis y no judío en mis propios términos es un hecho doloroso; pero más doloroso es el hecho de repetir el procedimiento, haciendo coincidir sionismo con judaísmo.

Israel tiene derecho a un Estado. Israel tiene derecho a crear condiciones para su protección contra el antisemitismo y contra adversarios políticos. También Palestina. Pero en cuanto Estado debe medirse por la vara del derecho internacional, por lo menos. Sin embargo, Israel retrocede a la excepcionalidad, creándose su propio estado de excepción. Al mismo tiempo, mientras invoca el derecho a defenderse apelando a un marco jurídico internacional, moviliza hacia dentro una teología política que le otorga, nuevamente, una excepcionalidad.  Digamos que los liberales proponen una igualdad formal entre prójimos, aunque estén dispuestos a romperla por las razones “correctas”, es decir, por la “seguridad” o el “orden”. El fascismo, incluso el de izquierda, justifica su excepcionalidad por una supuesta proximidad a Dios, creador, destructor o conservador.

La mejor enseñanza que se puede utilizar para denunciar al Estado de Israel proviene de la tradición profética judía. No es nombre del “laicismo” como se confronta la teología política de guerra, sino contra la dimensión teológica. ¿Cómo justificar esta insistencia en lo religioso? Aclaremos algo: la religión no tiene que ver con creencias explícitas, sino con una dimensión estructural de la vida social. La teología policía de derecha y de izquierda han reconocido esto: que el mundo secular sólo lo es de dientes para afuera. O, mejor, que Dios, como garante de la verdad social, ha devino inconsciente durante buena parte del siglo XX. Fue un siglo criptoreligioso, en tanto que sus habitantes continuaron rezando, creyeron en la excepcionalidad de una misión y esperaron la redención de alguna u otra manera. Pero hoy el llamado “retorno de lo religioso” constituye solamente el redescubrimiento de lo obvio: que lo religioso constituye un conjunto de suposiciones que operan en la vida social. Más que “ideas de la razón” son estructuras que dan consistencia a esta vida social subjetiva que, pese a la soberanía nihilista que ostenta, no puede renunciar del todo a los conceptos de verdad y justicia. Nuestro ateísmo no es objeción, como para no dedicarle nuestras reflexiones más intensas a Dios.  La creencia no era, quizá, más que un modo de acceder a ese mundo extraño y de poder obrar en él.

El judaísmo, el cristianismo o el islam no son mejores ni peores. Es más, ni siquiera son, en cuanto religiones del Libro, tan distantes. O quizá debamos avanzar aquí la tesis contraria: la proximidad quema más que la distancia. Las polémicas entre cristianos y budistas no despiertan en nosotros la misma pasión que entre cristianos y musulmanes. Avancemos la siguiente hipótesis: el otro no es ni igual a mí, ni aquel que vive en una lejanía inalcanzable. El primero no me importa, porque asumo que adorará a los mismos dioses que yo. El otro adora cosas que ni siquiera comprendo, y, por tanto, me tiene sin cuidado. El otro es aquel que está lejos y cerca a la vez, far away, so close. Y es que su dios se parece al mío, pero no coincide con él. Esta incómoda, insoportable cercanía convoca siempre las acciones más brutales para producir una división clara y distinta.

Hay sin duda muchas lecturas de Caín y Abel, pero llama siempre la atención que el primer gran asesinato sea entre hermanos y no entre tribus lejanas. Caín no sólo puede, siente el dolor de no haber sido preferido por Dios, sino que Dios mismo haya podido logrado discernir a uno de otro. Los hijos e hijas pueden siempre pedir al padre que, si no pueden ganar, por lo que menos que todos sean iguales ante él. Lo terrible de Dios no reside en qué hermano prefiera, sino en preferir. Esto es lo que Caín no comprende. Pero su posición es aleccionadora: se tolera menos al cercano que al lejano. Palestina es el otro de Israel precisamente porque comparte un universo semita, porque comparten historia y territorio. La teología política de Israel está encaminada a producir un palestino lejano, borroso, inhumano, pero ¿sobre quién? Sobre el más cercano: ¡precisamente su vecino!

 

Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quien las emite y no representan necesariamente la línea editorial de e-consulta.

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