De don Goyo a don Lumbres, así lo describió jocosamente una habitante sexagenaria de los municipios que rodean la montaña que humea del lado del estado de Puebla luego de los recientes episodios eruptivos del Popocatépetl, antes llamado Xalliquehuac, arenas que vuelan.
Quienes viven en las estribaciones del Popocatépetl se han convertido en vigilantes de sus pesadillas y no en largas vidas [que] siguen velando el sueño de un volcán como lo tarareaba Caifanes en su sencillo Aquí no es así del disco El nervio del volcán.
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La caída de ceniza, los tremores, etc., lo han convertido en el ícono natural más vigilado de nuestros días; su incandescencia -de ahí el mote de don Lumbres-, ha despertado temores, quejas, señalamientos, omisiones, distorsiones, conversaciones y hasta alucinaciones.
El Popocatépetl se ha convertido en un trabalenguas para los extranjeros, alimentos preparados lo representan en panes y tacos, sus cenizas son los nuevos souvenirs o prometidos fertilizantes, los tiemperos han expuesto sus conexiones mágico religiosas con la montaña y los tiempos meteorológicos. Existen propuestas utópicas de taparlo, suerte que no se propone dinamitarlo como infamemente se hizo en 1919 ocasionando una erupción artificial.
Esto se vive en el eje volcánico transversal y en nuestro México mágico quizá para hacer más llevadera nuestra existencia.
Las publicaciones contemporáneas para explorar y profundizar sobre el Popocatépetl o don Goyo son las de Julio Glockner y Aurelio Fernández sin olvidar a Gerardo Murillo, el Dr. Atl.