El transporte público como servicio público concesionado acostumbra equipar sus unidades con estéreos y bocinas, mantener volúmenes altísimos que taladran los oídos con canciones de géneros que nos hacen sentir a los usuarios en un antro, cantina o baile público con turbulencias y luces incluidas.
No es posible escuchar los sonidos de la naturaleza en la cordillera de asfalto o en las zonas rurales; escuchar al receptor en una llamada por celular, advertir una emergencia; poco importa si hay bebés o adultos mayores a bordo.
Más artículos del autor
La regulación del volumen y contenidos simplemente no les importa, cambian de estación de radio o reproducen música con letras ultrajantes a placer, imponen la escucha de contenidos banales en el estresante caos vial y entre rechinidos de motores y cláxones.
En las cajas con ruedas como espacios públicos es ínfima o no existe la reproducción de la radio educativa y cultural, música no comercial, contenidos informativos, contenidos culturales, etc. Los concesionarios y choferes parecen más DJs, promotores musicales o antreros que prestadores de un servicio público, sería más rentable que se dedicaran a los espectáculos y no sólo a dar vueltas y crear molestias, sus ignominiosos contraargumentos son: “Si no te gusta, cómprate tu carro o vete en taxi”, “Pero bien que les alcanza para su cocota”, “Súbase, agárrese y cállese”, “Evítenme la pena de ir a pegarles hasta su lugar”, “No te subas”… Nuestra duda existencial es: ¿dónde nos inscribimos para proponer nuestra play list ante la tiranía de contenidos y su antidemocracia?
Las unidades del transporte público son espacios públicos y un mercado cautivo donde los usuarios tienen derecho a referentes culturales que contribuyan a la dignificación humana, la armonía y una vida libre de violencias. Las autoridades en la materia han volteado la mirada y se han tapado los oídos con largas orejas de omisión permitiendo a una bola de oportunistas llamarse artistas, el registro como derechos de autor, la reproducción y el lucro en espacios públicos de contenidos que exaltan las violencias, la hipersexualización y más.
Oscar Humberto Castro del Observatorio Interdisciplinario del Ruido Jalisco asevera que:
“No hay que olvidar que el ruido puede convertirse en un mecanismo de poder y dominación, en una manifestación de violencia y, en casos extremos, en una forma de tortura”.