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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Origen y destino

El otro no es ni otro yo ni el absolutamente otro, sino la oscilación intermedia entre esos extremos

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Junio 30, 2022

El origen y el final, también llamado destino, no son más que dos puntos. Pero por extravagantes motivos nos convencimos de que lo importante era nuestro tiempo entendido como punto, como resultado. Tiempo de “agotamiento” y “decadencia”. Un luchador agotado no se considera derrotado sin tomar en cuenta lo que queda de la pelea, sin considerar a su oponente, sin ver el terreno, sin pensar rápidamente sobre sus recursos. No está en un punto, preso del presente. Sin embargo, el pensamiento del final: fin de la historia, del hombre, de la razón, de la ilustración, etc., motivos favoritos del recién pasado siglo XX constituyeron la nota pedal del pensamiento.

Todavía hoy constituye nuestra silenciosa premisa, y en nombre de la cual se invocan nuevos inicios e irrupciones milagrosas. Simétrico a este pesimismo del final, a contrapelo de todo lo que se decía del tiempo histórico, a saber, que no es lineal, está el otro extremo, el inicio. El razonamiento era así: lo que se ha agotado es la fuente. No tenemos recursos porque el pozo se ha secado. Pozo que no tiene historia, sino que produjo la historia. Así como Lévi-Strauss reconstruía grandes mitos a partir de sus versiones y variaciones, podemos reconstruir al gran relato de nuestra época, a saber, que un buen día los griegos inventaron todo y comenzaron la historia. Inventar significa que pusieron las piedras “fundamentales” para el pensamiento, para la política, para la ciencia, para la ética. Y en 2400 años no habríamos hecho absolutamente nada, salvo vivir en la bella casa que ellos habrían construido. En el mejor de los casos, habríamos extraído las consecuencias de lo que en términos lógicos se llama premisa.

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El origen sería la institución, el establecimiento de las reglas que determinarían un destino, la regla y la restricción dentro de la cual todo debería moverse. Con ello se renunciaba a la premisa histórica básica de que los inicios son meros inicios, no premisas lógicas o marcos trascendentales determinantes. Se olvidaba el hecho de que ninguna institución posee un inicio puntual, sino que es el resultado del juego entre el sedimento de los siglos y la formulación explícita. Es por eso que más urgente que hacer historias de los avatares (llenos de azar, por cierto) había que encontrar el punto inicial de la charada, del error, del olvido o la represión.  El origen, la infancia, la antigüedad serían fundantes y el resto de la historia y de la vida, el aburrido cumplimiento de una suerte ya echada. Había que volver, volver. Siempre más atrás. Pero siempre en los confines de la Hélade. Del corrupto helenismo a la gloria ática de Aristóteles y Platón; y luego, de estos dos farsantes a los auténticos pensadores poetizantes llamados presocráticos; o incluso a los oscuros inicios de la tragedia prefilosófica.

Llama la atención que a nadie le llamara la atención la restringida elección de la geografía griega y del período elegido. Nada hacia Persia, India o Tebas. La historia de todos los elementos que “occidente” hubo de mascar, regurgitar y digerir con sus otros puede obviarse. Nadie le dio nada, él se hizo a sí mismo en el origen de los tiempos a partir de una “decisión” (tan mitológica como la astucia de Hunapú e Ixbalanqué). Solipsismo histórico. La historia no pudo ser vista entonces como de forja recíproca entre unos y otros, sino como una de “descubrimientos”. Occidente no chocaba con nada, no era movido, no aprendía, no sufría conmociones, solamente hacía descubrimientos. Y así descubrió los astros como descubrió América y las leyes de la mecánica.

Lo peor que le pasó a occidente es lo que él se hizo a sí mismo. Su pecado fue nacer equivocado. No importa cuán lejos se vaya, cuan atrás, siempre parece ya demasiado tarde. Y no importa cuánto se busque en el presente, éste parece exangüe. Pero mientras nos perdemos en la obsesión de dos puntos: el inicio instituyente y el final-cumplimiento, todo el trayecto de la historia, las decisiones, los encuentros, las separaciones, las divergencias constitutivas, quedan fuera de la historia. Una historia sin historia, sin desarrollo, sin despliegue. Todo estaba dicho desde el inicio, desde la institución. Y todo debe recomenzar ahora, en el nuevo inicio. En medio, nada. Al lado, nada. Sólo antes y después. Mi propia historia, mi origen y mi destino. Sin el medio por el cual uno se conecta con el otro y en el cual mi tiempo se entrelaza con el de otros. De nuevo: “pre” y “post” pero nunca “para” o “anfi”: al lado o a ambos lados, lo que verdaderamente hace entorno, mundo.

Por eso es que ser-con-los-otros (cum en latín) es existir con los míos, en mi tribu. Pero quienes impugnan apelando a una alteridad radical en realidad lo valida, pues no puede haber compañía del extraño, este debe estar lejos, inalcanzable. El vecino sucio de la política contra el prójimo santo de la religión. Pero no, el otro no es ni otro yo ni el absolutamente otro, sino la oscilación intermedia entre esos extremos, lo que no se queda quieto y no se deja fijar ni como propio ni como ajeno, ni como lo eternamente ya conocido, lo instituido, o lo radicalmente ignoto y aun por descubrir.

Occidente, que se cree isla y que cuando se dice archipiélago es sólo para decir que está “roto” por dentro, pero no junto a islas habitadas. Es para afirmarse como uno o como múltiple, pero él mismo, en su terruño, geográfico o conceptual, sin estar dispuesto a recorrer un territorio más accidentado y amplio. 

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