Por alguna razón inentendible, el periodismo que se hace en la entidad no es motivo de interés entre los especialistas de la comunicación. Entiendo que los hay y tal vez en abundancia, pues es sabido que Puebla es de las entidades que concentra el mayor número de universidades y escuelas en las que se enseña la profesión.
Con variaciones de nombre, se aprende igual en la UDLAP, Ibero, BUAP, que en escuelas y colegios de menor brillo, pero allí está prendida la llama. Por raro que parezca, no hay un libro que cuente la historia del periodismo poblano, a pesar de su larga y rica tradición, desde La abeja poblana, en cuyos talleres, se dice, se imprimió el Plan de Iguala, que dio paso a la primera monarquía. Yo no soy especialista en nada, ni siquiera leo los periódicos que se hacen en Puebla; pero tengo mi derecho a dar mi punto de vista.
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El periodismo en Puebla no se hace en función de proyectos de naturaleza informativa, sino con base en relaciones políticas y económicas de coyuntura, que tiene que ver con el carácter opaco del sistema político. Las más de las veces esas relaciones son alentadas y protegidas por el gobernador en turno al amparo de decisiones discrecionales. La libertad de expresión está consagrada en la Constitución desde 1824, ahora elevada a derecho humano; pero ese derecho socava los usos y costumbres del poder de un solo hombre, y empodera al común de la gente. Entonces se le omite, o se le combate, o ambas cosas a la vez.
En efecto, en estos doscientos años, Puebla ha contado y sigue contando con experiencias excepcionales de buen periodismo, que se salen del molde dominante. Pero son sólo eso, excepciones. El grueso del periodismo, sobre todo el tradicional (prensa, radio y televisión), sigue sin embargo atravesado por intereses aviesos. Entre las experiencias de buen periodismo moderno puedo citar Lado B, en este momento declarado en pausa, y e-consulta, ambos favorecidos por las nuevas plataformas y nuevas audiencias. Este portal es heredero de la fugaz presencia de El Universal Puebla, asfixiado por el poderosísimo gobernador Manuel Bartlett.
Recuerdo que el finado Rafael Moreno Valle era enemigo de la existencia de tantos periódicos, a los que había no sólo que subvencionar, sino que, en algunos casos, enriquecer a sus dueños y directivos, y otorgarles trato de dignatarios (ignoro si alguna vez estuvo en esa fastuosidad banal de autocomplacencia que fueron las comidas organizadas por el señor Enrique Montero). En su parecer, en Puebla sólo debería de existir un periódico, como en Cuba. Aunque no sé si la idea la haya tomado de aquel país. Los gobiernos autoritarios precisan tanto de la opacidad como los ciudadanos de a pie de la transparencia. Los primeros para manipular, engañar y mantener la hegemonía; en tanto que los segundos precisan de la verdad para la toma de decisiones: para elegir la orientación de su voto y calificar el desempeño de sus gobernantes. De aquí que se diga, no sin razón, que el buen periodismo siembra mejores ciudadanos, incluso por encima del sistema escolar. Allá por los años ochenta, Enrique Krauze escribió que la revista Proceso había contribuido más a la democratización del país que la reforma electoral impulsada por Jesús Reyes Heroles.
¿Cuando se engendró el mal que no acaba de ser disipado, no obstante, las sucesivas alternancias de partido en el puesto de gobernador, en un periodo relativamente corto, pasando del centro priista a la derecha panista, y de ésta a lo que algún tribal desbalagado denominó la presunta izquierda, integrada por PRD-Morena?
Quien haya frecuentado las páginas de Política y poder en Puebla (FCE, 1924) de la autoría de Wil Pansters, se habrá encontrado con el pasaje en el que narra cómo en 1924 se fundó el periódico La Opinión, Diario de la Mañana. Con una cobertura focalizada en los asuntos locales, omitiendo los temas internacionales e incluso nacionales. Focalizó su interés en los asuntos políticos de la entidad. En los treinta fue influenciado por las ideas del dirigente de la FROC, Leobardo Coca Cabrera, y en consecuencia se puso del lado del ala almazanista del PNR local. En las elecciones de gobernador de 1936, La Opinión se adhirió al proyecto encabezado por Gilberto Bosques y atacó la campaña de Maximino Ávila Camacho, el candidato contrario. Con el paso de los meses, Maximino fue entendiendo la importancia de los periódicos en las campañas electorales y en general para mantener a raya a los contrarios, o incluso silenciarlos. Entonces amenazó a los editores y dueños del periódico crítico, los que tuvieron que dejar la entidad. Otros aparecieron muertos.
Un empleado del periódico opositor, un tal Julián Cacho ofreció al temible gobernador Maximino hacer un periódico leal a sus intereses, y para que no cupiera duda de su obediencia, que se imprimiera en las instalaciones del gobierno del Estado. Fue como en 1935 nació el Diario de Puebla. Como era de esperarse, Cacho y su equipo prometieron lealtad absoluta al nuevo gobernador. El periódico se convirtió en el portavoz de la doctrina avilacamachista, y Cacho fue hecho diputado local, federal y presidente del PRI en la entidad. José Trinidad Mata, editor de un semanario de nombre Avante, partidario de Bosques y crítico del gobernador, apareció muerto en 1939. A pesar de que prácticamente se comprobó que Maximino fue el autor intelectual de la muerte del periodista, no pasó nada, entre otras cosas por su posición política relevante y por sus relaciones en México. Los Ávila Camacho fueron una hechura de Lázaro Cárdenas, y gozaron de su complacencia.
Convencido del efectivo papel que podría desempeñar un periódico local en la creación y consolidación de una estructura de poder, Maximino repitió la misma fórmula unos años después, pero ahora ajustada a escala nacional. Junto con el poblano José García Valseca, elaboró un plan para fundar una cadena de periódicos que preparara las bases políticas para una posible candidatura presidencial suya. Al principio, Maximino dio apoyo económico a García Valseca, pero muy pronto los periódicos se expandieron por todo el territorio nacional. Llegaron a Puebla en mayo de 1945, con el nombre de El Sol de Puebla. Con una penetrante influencia sobre la opinión pública, se convirtió en el periódico regional más importante. Así, con el Diario de Puebla y El Sol de Puebla, los avilacamachistas pudieron ejercer una influencia sobre las opiniones públicas (p. 133-34).
Con variaciones apenas perceptibles, y sus honrosas excepciones, el modelo avilacamachista persiste hasta nuestros días.