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      Piel, dolor y enfermedad (I)

      Sábado, Abril 23, 2022
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      Todo el que haya tenido algún dolor crónico sabe de los usos para la vida y las relaciones sociales
      Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.
      Piel, dolor y enfermedad (I)

      Nunca enferma el cuerpo entero. Es tal o cual órgano. Tal o cual sistema. Yo me enfermo por un sistema de interconexiones. Ni siquiera en la metástasis es todo el cuerpo el que adolece. Ya la hora de la muerte es problemática porque corazón y cerebro no se sincronizan en escala de milisegundos. El cuerpo es un conjunto de espacios y ritmos. Llamamos cuerpo a su resultante, que no puede ser sino estadística. En la medicina todo estudio de laboratorio es también puntual: niveles de sangre, radiografías, tomografías: la fotografía de un flujo. El clínico es el único que puede contar la historia del padecimiento. Pero debe reservarse al paciente invocar la palabra “enfermedad”.

      Cuerpo sin órganos: una más de intensidades, un jugo gástrico; un tumor, que crece frenéticamente con el mismo orden que una papa; teratoma: heterogeneidad monstruosa que no realiza ninguna función. Órganos sin cuerpo: disjecta membra, que no hacen unidad porque no necesitan vivir; ensamble ocioso, intercambio de fluidos, pero siempre separados por un hiato, por lo que nunca surge un organismo. Son dos formas de trivialidad. Sorprende que la filosofía no sea capaz de pensar lo vivo más que como amorfa entelequia o como máquina estúpida. En cualquier caso, se trata de una descomplejización, trivialidad de las intensidades o los significantes, sobre todo porque no se les puede pensar sino en relación de jerarquía. Un cuerpo sin órganos es un órgano. Así, aislado, sin conexiones. Por ello puede pensarse como un rizoma. Un rizoma paradigmático es el tubérculo. Se diferencia al crecer, pero indiferentemente. No tiene arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda. Es como un tumor. El tumor es el rizoma por excelencia: una masa incapaz de diferenciación, pero que todo el tiempo se multiplica, creciendo caóticamente. Es llamativo que la organización haya terminado por significar dominación. El flujo es lo trivial. Lo fascinante es la forma, el contorno, la conexión. Lo fascinante de un conjunto de hormigas consiste en que en su aparente caos resuelvan creativamente problemas de alimentación, sobrevivencia, distribución de labores. La noción de “órganos sin cuerpo” que Zizek dirige a Deleuze y Guattari es una burla, pero busca alinearse con el psicoanálisis el privilegio del lenguaje por sobre la naturaleza, es decir, la afirmación del espacio de la subjetividad como discreto y “roto” (imposible), es decir, castrado. Castración significa que el cuerpo no alcanza a ser cuerpo, que está cortado, recortado y perforado por el lenguaje. No hay organismo, en el entendido de que éste significa proporción, equilibrio, orden. Extraña noción, que no existe en ningún sitio de la naturaleza. Privilegiar el desequilibrio sobre el equilibrio o el devenir sobre lo estático o el tiempo por sobre el espacio, o el caos sobre el orden, es como privilegiar el eje x sobre el eje y en un espacio bidimensional.

      Es un asunto de escala y perspectiva. El agua es continua a escala humana, discreta a escala molecular. En el límite todo es fluido, pero sólo existe en una forma que resiste y persiste. Sin discreción no hay relación. Sin continuidad las cosas quedan aisladas: átomos metafísicos. Onda o partícula. Larga y corta duración. El monte es eterno para la escala de vida del individuo, pero un instante para la vida de la tierra.

      El dolor puede estar focalizado. Puede caminar por los nervios. Puede expandirse como una estrella. Puede hundirse hasta la médula, o flotar sobre la epidermis. Así también la enfermedad. Muchas veces se contiene, otras, infesta grandes regiones del cuerpo, sea un cáncer, un virus, una bacteria. Pero no es claro que la enfermedad deba siempre conducir a seres extraños. No sólo porque la normalidad de nuestro cuerpo requiere de esos amables huéspedes que llamamos microbiota (en el intestino, en la boca, en la piel) sin la cual no podríamos vivir, sino porque hay dolencias que surgen del acomodo y disposición del cuerpo. Una hernia, un nervio prensado, incluso una mala postura. Esta última comienza quizá con un dolor en el pie, que obliga a trasladar el peso del caminar al pie opuesto, que obliga a la cadera a compensar la asimetría, que a su vez transmite su mecánica a la columna y al cuello. Es un problema que se irradia, pero no como dolor, sino como efecto mecánico que se traduce en dolor, pero también en movimientos y posturas cotidianas. Muy poco entienden, por ejemplo, ortopedistas y reumatólogos de ello. Un profesor de artes marciales o un fisioterapeuta comprenden mejor la red de huesos, ligamentos y músculos y su relación con el dolor que el especialista. El deportista es, en general, quien más entendimiento puede alcanzar del cuerpo. Cuerpo burdo, cuerpo sutil. Tránsito de la respiración de elemento vegetativo a elemento voluntario. Discriminación entre dolor que está destruyendo y del dolor que está produciendo, el dolor de la recuperación y el dolor del ocaso.  

      El dolor es un recorrido. Descartes encontraba en él un gran enigma metafísico. Tomemos al Descartes de manual, el que divide el mundo en pensamiento y extensión; es decir, entre la sustancia del alma y la sustancia del mundo. Entre lo sensible y lo inteligible. Pero el dolor parece traspasar esa frontera. El dolor comienza como un daño mecánico en la piel, se transmite por los nervios, llega al cerebro y se produce la sensación de dolor. Es el famoso “problema duro” de la conciencia: el entrelazo, por lo demás cotidiano, entre “mente” y cuerpo”, entre lo objetivo y lo subjetivo. La mecánica del mundo haciéndonos sentir dolor. Todo podemos ver la piedra que rasga la piel de alguien, pero el dolor es personal. Y, sin embargo, el dolor, lo podemos leer en el rostro de los otros. En sus cuerpos y en sus palabras. El dolor no es privado. Cuando alguien enferma en una familia, toda ella lo experimenta. El dolor es una ráfaga que surge del mundo, atraviesa el cuerpo, la mente y se extiende en toda una comunidad. No es sorpresa que el médico comprenda tan poco de él. Tendría que ponerse un poco metafísico.

      El dolor nunca está aquí o allá. El dolor recorre. El cuerpo, los pensamientos, las personas. Pasa entre el paciente y la curandera. Cada uno siente un lado de él. Cuando Descartes pensó en la glándula pineal como punto de contacto entre alma y cuerpo estaba pensando una membrana. No hay nada risible en ello. Las membranas son esenciales en todo trayecto del dolor: son los sitios de transducción, de paso de la vibración material a la sensación. La piel es la primera membrana, un tímpano que nos envuelve y que vibra con el mundo. Las membranas son el sitio secreto de la transmutación. Para sentir dolor la piel tiene que deformarse o rasgarse. La piel no es un cuerpo muerto que recibe la energía del mundo mecánico. La piel posee una estructura que permite discernir el golpe seco, de la caricia, lo frío de lo caliente. El discernimiento no comienza con los conceptos. El cuerpo distingue cualitativa e intensivamente, y distingue también protoformas. El ojo reacciona a lo circular sin pasar por el raciocinio como la piel reacciona a lo puntiagudo o la lengua a lo ácido. Si se observa, la lengua posee ya un mapa para recorrer el mundo, un territorio de seis sabores (o los que sean). La piel es un receptor tanto como un esquema del mundo, un instrumento (en el sentido musical del término) afinado para ser tañido de diferentes maneras por el mundo. El rango de respuestas del infante ante los así llamados estímulos es tan rico como su cuerpo, que a cada tacto y contacto despierta con una nueva nota. Podemos ver un violín como un pedazo de madera con cuatro cuerdas lo mismo que el cuerpo humano como un pedazo de carne capaz de recibir estímulos. Pero sólo sabiendo ejecutarlo es que el violín se hace violín. Y, aun así, hay piezas y piezas, intérpretes e intérpretes, acompañamientos y acompañamientos. Se habla de los sentidos como instrumentos mediadores. No hay nada incorrecto en ello. Pero a condición de hacer las comparaciones justas. Al hablar de los instrumentos, las herramientas y la técnica la imaginación no le da mucho de dónde cortar a nosotros los filósofos y psicólogos. Los ejemplos son vasijas, libros, lápices y martillos. Como si hoy se usaran masivamente. Los más modernos incluyen, naturalmente, a las computadoras. Pero a nadie se le ocurre pensar en los instrumentos musicales. ¿Son herramientas? ¿Son hijos de la técnica? Sin duda. Pero hay que ver lo que se puede hacer con ellos.

      El dolor se aprende a sentir. En su largo recorrido por el cuerpo, por las ideas, por las sensaciones, por los sentimientos, por la mirada de los otros. Cada paso es sitio posible de intervención. El dolor asusta, hace gozar, intimida, obnubila. Y todo el que haya tenido algún dolor crónico sabe de los usos y abusos del dolor para la vida y las relaciones sociales. Hay quien vive pegado a su cuerpo y siente la bilis en los dientes. Y hay quien vive tan lejos de él que aun si este se parte en pedazos sus señales no llegan a la propiocepción. El cuerpo escucha el mundo y se escucha a sí mismo. Simultáneamente. Habla por sí mismo y sirve de ventrílocuo para los enredos de la cabeza. Como la música, que en un lenguaje racialmente objetivo de intervalos y duraciones sirve como el sitio de traducción de sentimientos de gloria o desesperación. Habla Dios y habla el demonio. Sin palabra alguna. Por el contrario, cuando se busca apeñuscar trama, melodía y escenario, el resultado es una abigarrada sensación. Wagner, por ejemplo, puede comenzar con oberturas brillantes para luego aburrir con cánticos forzadamente largos para hacer cazar la música con una gran narrativa. También es sorprendente mirar la extraña ósmosis que tiene lugar en cada época entre los registros artísticos más diversos. La fascinación por la infancia en el temprano siglo XX condujo a la polimorfa y perversa ficción freudiana de las etapas de desarrollo infantil, a las distantes pinturas de Klee, al primitivismo futurista de Stravinski. Se puede aventurar un análisis formal que acerque a las artes entre sí, pero los resultados suelen ser decepcionantes. La ósmosis resulta mucho más sutil y secreta, llena de desvíos y evocaciones. Pero con todo ¡opera! El músico escucha los colores que el pintor ha olfateado una tarde mientras acariciaba la ropa de un maniquí en el centro comercial.

      El dolor es tacto. En primer lugar, tacto con el mundo, claro está. He aquí la verdad última del empirismo. No las sensaciones indeterminadas, ni el cuerpo como tabula rasa, sino eso: el con-tacto. Nada se sabe sin él. Incluso cuando son dos palabras las que se tocan o las palabras y las cosas o las cosas mismas. Sabemos que sólo lo semejante toca lo semejante. Una piedra toca otra piedra. Pero la tristeza no puede recoger el polvo. Y, sin embargo, es preciso que así sea. Porque no es verdad que las palabras sólo se les vean con palabras y las sensaciones con sensaciones. Ni las almejas viven en un mundo indiferente al de las libélulas. De algún modo se tocan, o ellas o sus mundos, creando otra piel por donde van saltando, de membrana en membrana, la energía o la información en cualquiera de sus variantes. Antes de que los hermeneutas se rompieran la espalda y los ojos traduciendo los libros de los antiguos, la naturaleza traducía una estructura en otra, un código en otro. Copiaba letras o traducía la estructura de un ser en otro.

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