Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

“Estábanos mejor”

La historia de Benito, capataz de una hacienda, cuya decisión definió el futuro de su gente

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Miércoles, Noviembre 10, 2021

En un fértil valle regado por un río, se encontraba la hacienda de Torrecillas que había hecho de ese lugar todo un vergel donde abundaban los productos de la tierra y el trabajo. Una mañana, don Francisco Peña, el patrón, mandó llamar con urgencia a su capataz, quien llegó a su presencia con el gabán por encima del hombro, sobrero en las manos y acompañado de Miguel, su inseparable amigo. El hacendado dijo:

-Benito, tú siempre has sido un hombre de confianza y mi brazo derecho, eres trabajador y cabal, lo mismo andas en la labor con la peonada que arreando el ganado y todo el tiempo entregando buenas cuentas; el día de hoy, más que hacerte un encargo, quiero me hagas un favor de amigos, quizás el más grande que te haya pedido.
-Lo que su mercé mande.
-Iré al grano, el gobernador me mandó decir que el ejército está siguiendo a unos bandoleros tan astutos como peligrosos, lo malo es que vienen para acá y me han sugerido llevarme a mi familia a un lugar más seguro en lo que pasa el peligro. Quiero dejarte a cargo de la hacienda, pero no te pido que des tu vida por defender estas tierras, en todo caso eres libre de irte, sin embargo, si así lo quieres, te dejo rifles y municiones, aunque esos tipos son el demonio.
-No se preocupe patrón, nosotros aquí aguantaremos hasta que su mercé regrese.
-Pues que Dios te ayude Benito y muchas gracias.

Más artículos del autor

Al quedarse a solas, Miguel le dijo a Benito:

-Compadre, bonito encargo el que te hicieron, pos como decía mi agüela “Te sacates el tigre de la rifa”.
-También decía ella: “A rajarse a su tierra”, Miguel.

Don Francisco salió en un carruaje con su familia y acompañado de una escolta armada. Todos los peones y sus familias se refugiaron dentro de la hacienda y aseguraron las puertas con trancas. Hacían guardias día y noche con vigías en el campanario de la capilla y el cerrito de la cruz, que estaba sobre el camino de salida del valle.

Después de dos días de calma, el vigía del cerrito de la cruz hizo señales sombrero en mano a los que estaban en la puerta. El muchacho que recibió el recado corrió reventando los huaraches para informar a don Benito.

-Tata, tata, -decía ahogándose.

Don Miguel lo recibió diciéndole:

-Tranquilo muchacho, como decía mi viejita: “no se puede chiflar y comer pinole”. Primero cálmate y luego hablas.
-¡Ya vienen! Filiberto avisó que hay alguien del otro lado.

El capataz ordenó a las mujeres y niños resguardarse dentro de la casa y a todos los hombres armarse y distribuirse en las bardas. Miguel los arengaba gritando “¡No le aunque, agarren su cuete, pues como decía la amá de mi amá, si pa´morir nacimos!”. Afuera se levantó una nube de polvo tan densa que los hombres no sabían a qué apuntarle. El vigía del cerrito llegó también corriendo y dijo haber docenas de hombres a caballo y otros tantos a pie. Esperaron a que se acercaran. La arenilla que volaba hacia ellos se asentaba sobre las alas de los sombreros, mientras la adrenalina estaba a punto de hacerles estallar el corazón, cuando de pronto, del polvo flotante salió un hombre desarmado que portaba una rama con una bandera blanca.

-¿Y eso qué? -dijo don Miguel.
-Eso significa que queren palabrear, no pelear -contestó Benito.
-¡Me lleva! Como decía mi agüela “Hasta para hacer una tarugada, hay que hacerla bien”, tonces ¿No va a haber balazos?

Don Benito ordenó que el hombre se acercara y hablara.

-Dice mi general Montoya que no hay necesidá de que naiden muera; sus patrones fueron tomados presos y le mandan decir que entreguen la hacienda.
­-No te creo lo que dices, vete y dile a tu general que la única manera que me quite la hacienda es que me haga dijunto -contestó Benito con firmeza.

El mensajero se fue. Minutos de tensión pasaron donde los hombres tenían nerviosos dedos sobre los gatillos. Al disiparse la cortina de polvo, se alcanzó a ver una fila interminable de centauros aguardando con la rienda en una mano y un rifle en la otra. De entre ellos un hombre a caballo se acercó y casi al llegar a la puerta de la hacienda se apeó, dejó sus carrilleras y sus armas en el suelo, tomó una pequeña maleta y gritó:

-Soy el general Máximo Montoya, vengo desarmado a traerles la prueba de lo que les mandé decir, déjenme entrar y hablaremos.

Benito dudaba, medio mundo le hacía señas diciendo que no abriera. El hombre volvió a hablar.

-Yo te conozco Benito, eres hombre de ley, por eso he dejado mi pistola en el suelo, para demostrar que soy igual que tú.

El capataz ordenó abrir la puerta y el general entró. Les llevaron un par de sillas y agua en jarros para que los dos jefes hablaran. Montoya abrió la maleta y mostró los rebozos de seda que pertenecían a la patrona y el reloj de bolsillo del patrón. Benito se convenció, aunque su cara era inexpresiva. Después de beber un poco de agua, Montoya sacó de su chamarra una bolsita de tabaco y unas hojas de maíz para hacerse un cigarrillo y al prenderlo, cruzó la pierna en señal de que se sentía cómodo y confiado.

-Benito, mi padre trató contigo hace mucho tiempo, por eso te conozco. Tú nos dejaste sembrar las tierras altas, que no son muy buenas, pero sí lo suficiente para que nos lleváramos algo a la boca, hasta el día que el amo nos corrió, pero ya regresé después de enterrar a mis viejos por morirse de hambre. Tus patrones están bien, sólo algo asustados porque les dijimos que los íbamos a matar, por eso nos ofreció su hacienda a cambio de sus vidas, y ¿sabes qué? -Montoya adelantó el cuerpo para ver de frente a Benito- vamos a estar mejor que nunca, repartiremos con ustedes los terrenos, el ganado y el grano almacenado para que sigamos trabajando, no peleando, porque hay que rajarse el lomo labrando la tierra, no matarse por ella ¿Cómo ves?

Benito no despegaba los ojos de Montoya. Muy en su interior había un conflicto de lealtad y de justicia. Tal vez Montoya tenía razones para odiar al hacendado, pero él había crecido en ese lugar donde se vivía bien, todos trabajaban: los hombres en la tierra, las mujeres en la molienda, los niños desgranando maíz o juntando leña, pero nunca faltaron tortillas, frijoles, queso y hasta algún trozo de carne en la mesa de los peones, quienes agradecidos trabajaban con ahínco. Por otro lado, estaba la posibilidad de que sus patrones fueran asesinados; le horrorizaba imaginar a las niñas asustadas, la señora muerta de angustia y a su patrón mal herido. Este pensamiento inclinó la balanza y respondió.

-Si vas a dejar ir a don Francisco y su familia y a nosotros nos dejas en paz, te entrego la hacienda, es tuya.
-Esa es una buena decisión. Esa es la idea de esta lucha, que cada quien sea el dueño de lo que trabaja. Ya verás cómo todos viviremos muy bien.

Torrecillas nunca supo de peleas, balazos ni muertos. La hacienda fue ocupada por Montoya a quien se le veía descansando a la sombra de las bugambilias fumando su eterno cigarrillo de hoja de maíz. Las mejores tierras a las orillas del río fueron para los oficiales, las más retiradas para la tropa, pero las tierras altas, las peores, fueron para don Benito y su gente. Las cañas del maíz crecían raquíticas y la cosecha era escasa. Había tal carencia y necesidad, que muchos jóvenes se iban hacia el norte con la esperanza de encontrar algo mejor, dejando mujeres e hijos.

Una tarde, Miguel fue a visitar a Benito a su jacal.

-¿Cómo tas compa?
-Quiero morirme, nunca supe si hice bien o hice mal, se suponía que todos estaríamos bien trabajando lo propio, pero estamos más fregados cada día que pasa.
-Yo creo que hicites bien. Le salvates el pellejo al patrón y de todas maneras, o nos iban a llenar de plomo o nos iban a matar de hambre allá adentro, y al final se quedarían con la hacienda.
-A lo mejor, pero hay que estar o vivos o muertos, no las dos cosas al mismo tiempo, pa’ ellos les salió bueno el negocio, pa’ nosotros, no.
-Sí Benito -dijo don Miguel con un suspiro mirando el valle. -Como decía mi agüela: “estábanos mejor cuando estábanos pior”.

Vistas: 975
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs