“Agotados, como cada curso, profesoras y profesores acuden a los diversos cursos de formación cuya asistencia es poco menos que obligatoria. El titular de música se queja de que hace diez años que no realiza un curso que se centre sobre los conocimientos de su especialidad. La compañera de Sociales bromea sobre lo que está a punto de pasar: entrará un monitor con una pelotita de colores, nos “dinamizará”, y después nos harán hacer puzles, itinerarios y visionados diversos, cuyo contenido nos sabemos de memoria: hay que poner el alumno “en el centro”, hay que acercarse a él, todo lo hacíamos era un disparate, somos no-muertos que no sabemos adaptarnos al “Gran Cambio”, al “Nuevo Paradigma”. Todo esto produce una gran somnolencia, un gran apetito de autonomía. Una pedagogía rígida, formularista, elefantiásica, una apariencia de unanimidad, los linchamientos de siempre (prohibido enseñar, prohibidos los contenidos…) atan de pies y manos al profesorado, y lo obligan a seguir sobreviviendo en un contexto que odia la ciencia y odia también la cultura humanística”.
Andreu Navarra. El final de la era pedagogista. El País. 20 de noviembre de 2020.
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Como país eufemísticamente llamado “en vías de desarrollo”, o sea, satélite de las grandes potencias, México suele ir siempre atrás en lo relativo a innovaciones tecnológicas, avances científicos y nuevas teorías o movimientos en muchos campos del saber y del quehacer humano.
Si a lo anterior añadimos el hecho de que nuestra educación ha sido históricamente un asunto que se entiende y se gestiona desde una lógica político-ideológica y no desde una preocupación genuina por la formación de los futuros ciudadanos, constructores de un mejor futuro para nuestra sociedad herida por la pobreza, la desigualdad, la discriminación, la violencia, el machismo y otros muchos etcéteras; si como podemos constatar, en México no ha habido nunca una verdadera apuesta por la educación como motor de desarrollo, es entendible que también las teorías y los debates educativos lleguen a nosotros normalmente con años, si no es que décadas de retraso.
Creo que es el caso del movimiento contra la pedagogización de la escuela y la universidad que según he leído desde hace varios años, está presente con bastante visibilidad y fuerza en España y otros países europeos en la arena de la opinión pública, mientras en nuestra patria, hasta donde alcanzo a conocer, no ha entrado aún en el horizonte de los especialistas en educación: investigadores educativos, funcionarios del sector, analistas de las políticas educativas y opinólogos de los distintos medios de comunicación masiva o las redes sociales.
Me parece importante iniciar estas breves líneas que dedicaré al tema, señalando el énfasis en el término pedagogización o era pedagogista como la llama el autor del artículo del que tomo el epígrafe de hoy, puesto que no se trata de una corriente o movimiento que cuestione o descalifique a la pedagogía en sí misma sino a la distorsión que se ha producido a partir de su entronización en los niveles directivos de las instituciones, en los organismos acreditadores y en los tomadores de decisiones en el campo de las políticas públicas en la educación.
Porque así como la educación clásica o tradicional devino por un proceso de degradación histórica en clacisismo y tradicionalismo que dejaron de ser auténticamente educativos para volverse una reproducción mecánica y memorística de procesos de transmisión de información, así también la necesaria inclusión de la Pedagogía, como la ciencia o disciplina especializada en estudiar y orientar los procesos educativos, ha ido degradándose también hasta volverse una pedagogización o un pedagogismo que raya en extremos de caricatura pero tiene hoy por hoy la hegemonía en la concepción y el funcionamiento de las instituciones escolares y universitarias.
Como dice Edgar Morin, “lo que no se regenera, degenera” y la educación tradicional que otorgaba una gran prioridad a los contenidos -al qué se enseña- y al profesor, pero con métodos que implicaban la exposición magistral pero buscaban a partir de ella el desarrollo de la capacidad de pensamiento lógico y el debate crítico sobre los distintos temas, al masificarse no pudo formar al número necesario de grandes catedráticos capaces de iluminar las mentes de los educandos y de promover su capacidad de pensamiento y una disciplina sana para buscar el rigor en su aprendizaje, por lo que derivó en la multiplicación de simples instructores y repetidores de contenidos que no dominaban y que transmitían de manera mecánica y acrítica de su memoria a la memoria de los alumnos, hasta que llegó a convertirse en lo que acertadamente Freire denomina Educación bancaria.
Fue entonces que se hizo necesaria y aún urgente la introducción de las miradas innovadoras de la Pedagogía, que tuvieron como objetivo romper esa forma estática y poco significativa de enseñar, aportando nuevos métodos y técnicas de enseñanza -nuevos cómos- y equilibrando la relación pedagógica al otorgar un papel de mayor protagonismo a los estudiantes, volviéndolos agentes de su propio proceso de aprendizaje en lugar de meros receptores pasivos de información.
Estas nuevas concepciones y formas de promover el aprendizaje necesitaron de una formación del profesorado que se centrara menos en los contenidos a repetir y más en las formas novedosas, significativas y dinámicas de trabajar esos contenidos para lograr la construcción de conocimiento, el desarrollo de habilidades y la formación en actitudes y valores de los educandos, para dejar atrás lo que muchos estudiantes decían -y en buena medida siguen diciendo- respecto a tener profesores que “saben mucho, pero no saben enseñar”.
Sin embargo, lo que en su momento aportó aire fresco a una educación anquilosada y rígida a través de la formación didáctica de los profesores -tanto los que originalmente se educaron para serlo como los profesionistas de otras disciplinas que impartían clases en los niveles medio superior y superior-se fue convirtiendo paulatinamente en una tendencia que pretendió y en muchas instituciones sigue buscando, convertir a todos los profesores en pedagogos expertos.
Además de transformar las prácticas docentes, la Pedagogía fue gradual y silenciosamente apoderándose de otros espacios de carácter estructural sobre todo en los bachilleratos y universidades que tienen mayor autonomía curricular, generando estructuras avocadas a coordinar los diseños curriculares y la operación y evaluación del currículo, cuestión muy sana en su origen pero que también fue degenerando en la dictadura de los formatos y guías de aprendizaje, rúbricas de evaluación, métricas de medición del desarrollo de competencias y muchos, muchos procesos que fueron burocratizando el trabajo de los docentes y ocupando prácticamente todo el tiempo del profesor fuera del aula, con la consecuente disminución del espacio de relación auténticamente pedagógica que ocurre en el encuentro entre el docente y sus estudiantes, más allá de cualquier requisito formal.
Todo esto hasta llegar a una especie de imperio o era pedagogista en la que los profesores se encuentran, como dice el epígrafe de Navarra, agotados y desgastados tomando curso tras curso, todos básicamente iguales y todos centrados en los cómos del quehacer docente que han dejado prácticamente en la invisibilidad a los qués, los contenidos de calidad, actualizados y pertinentes para habilitar a los futuros ciudadanos con las capacidades necesarias para poder adaptarse al mundo que les toca vivir y adaptar ese mundo de manera crítica y creativa para contribuir a la edificación de otro mundo posible en el que haya equidad, justicia, paz, solidaridad, democracia auténtica y fraternidad.
Adicionalmente, en este imperio pedagogista, el profesor es minimizado por la centralidad del estudiante, la enseñanza es descalificada por la absolutización del aprendizaje y la memoria es vilipendiada continuamente como una especie de enemigo de la educación, cuando el aprendizaje significativo si verdaderamente es tal, incluye la memoria necesariamente (que no el memorismo).
Así, entre cursitis, formatitis y evidencitis, los profesores van hoy sorteando su condición de instrumentos de este imperio pedagogista, ansiosos de autonomía y de tiempo para actualizarse y crecer en su disciplina para enriquecer el aprendizaje de los educandos y la auténtica educación sigue atrapada en estas visiones pedagógicas rígidas y elefantiásicas que encarcelan el verdadero deseo de conocer.
Habría que sumarse a este movimiento y promover este debate, no para retornar a la degeneración de la educación tradicionalista sino para conciliar los auténticos valores de la educación tradicional con las verdaderas aportaciones de una pedagogía flexible, sana y no burocrática.