Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Xochimehuacan, en siete preguntas

Los culpables de la tragedia es una cadena transexenal y transtrienal de omisiones y complicidades

Mauricio Saldaña

Doctor en Administración Pública con estudios de doctorado en Ciencias Penales. Especialista en inteligencia y cotrainteligencia con más de 30 libros publicados. Ha diseñado un mapeo sobre la feudalización de la delincuencia organizada en México.

Jueves, Noviembre 4, 2021

Observando el interés que se generó con mi telegráfica colaboración sobre Xochimehuacan, me pareció apropiado poner a su consideración un ejercicio de preguntas y respuestas sobre el tema.

¿Cuáles son las colindancias (criminales) de San Pablo Xochimehuacan?

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Como se sabe, al oriente tiene como vecina a la junta auxiliar de San Sebastián de Aparicio; al sur está Puebla capital; al norte, Tlaxcala (San Pablo del Monte) y al poniente, la junta auxiliar de San Jerónimo Caleras.

Pues, en Aparicio hay un notorio problema de narcomenudeo; al sur, Puebla le provee del mismo problema que Aparicio y le agrega un sinnúmero de robos en sus distintas modalidades; Tlaxcala es un tiradero de ejecutados en Puebla (así como un gran mercado de adictos) y San Jerónimo Caleras también padece la plaga de los narcóticos.

En la zona hay un corredor inmenso de inmuebles chicos, medianos y grandes en las que se almacenan productos robados y tomas clandestinas. Estos elementos incentivan la necesidad social de protegerse, lo que explica el nacimiento de las policías comunitarias.

La diferencia entre una policía comunitaria y las autodefensas es que las segundas son grupos armados, entrenados y financiados para proteger un territorio. Las policías comunitarias se basan en el número de sus integrantes para operar, pero “echar montón” no siempre da buenos resultados.

¿Qué actividades delictivas impactan a Xochimehuacan?

Por años he recorrido a pie el lugar y es evidente que el consumo de narcóticos es un enorme problema, pero hay dos delitos de largo calado que le agobian: uno, es el robo (y venta) de gas LP en todos los modos posibles; otro, es el robo de tren.

Las personas que viven en la zona se mueven con naturalidad, pero saben que hay un halcón en cada esquina. Peor aún, no se sabe a qué organización criminal responden esos vigilantes.

Y, se observan “ventanas” a simple vista, amas de casa que hacen su trajín cotidiano en su vivienda, pero todo el tiempo echan un vistazo a lo que ocurre en la calle y lo reportan.

En la noche, usted camina pensando que nadie lo ve, porque las calles están vacías, pero hay que mirar a las ventanas de las casas, que funcionan mejor que una videocámara de vigilancia.

Por su parte, el robo de tren es una actividad perfectamente organizada. Apenas se detiene el monstruo de metal, los grupos que van a participar en el movimiento saben qué furgones deben vaciar. No están adivinando: saben exactamente en qué módulo del transporte va la carga que les interesa y se aplican diligentemente.

Se dice que la gente va a la rapiña, pero no en todos los casos: en algunos, efectivamente se les paga en especie, pero en otros, se organizan para vaciar cargamentos por un pago convenido. Haga de cuenta que es la misma historia de las albercas de combustible por la zona de San Martín Texmelucan, pero en otro formato.

¿Las policías (todas) están coludidas con la delincuencia?

El problema es mucho más complicado que afirmar llanamente la colusión. Es evidente que sí hay policías que se han asociado con la delincuencia, pero también hay que observar lo que ocurre: para empezar, la diferencia numérica entre policías y criminales es gigantesca.

Por otra parte, el armamento policiaco y sus patrullas no ayudan gran cosa. Y hay una obviedad que pocos ven: ser policía y vivir en el mismo pueblo en el que se trabaja, es una apuesta de muerte, no solo para el agente sino para sus familias.

Hay que agregar un factor extraño: San Pablo es grande pero chico. Puede ser gigantesco para recorrerlo, pero al mismo tiempo todos se conocen y eso produce hasta casamientos entre personas que trabajan para bandos distintos.

De más está agregar que, frente al saqueo de un tren, las corporaciones policiacas ni se atreven a intentar detener el operativo criminal. Si bien les va, una docena de agentes no podría hacer algo contra una centena de personas que tiene, además de la ventaja en número, un dominio milimétrico del territorio.

¿El robo de gas LP es nuevo?

Evidentemente que no es nuevo. En esa zona y en el mejor de los casos, tendrá unos siete años, pero se exacerbó tras la trastada de López Obrador con el “combate” al huachicol. Eso sí: el gran problema del “huachigas” es la volatilidad del combustible.

Entre 2014 y 2015 se dio un “auge inmobiliario”: casitas microscópicas comenzaron a venderse y los vecinos se preguntaron sobre los motivos de sus propietarios, para iniciar su faena por la noche y moverse con menos ímpetu, de día.

Un elemento de la Marina Armada me lo dijo didácticamente: “la medianoche es la hora para trabajar el huachigas”.  Efectivamente, ciertas calles cobran vida a la medianoche y no paran, porque antes del amanecer, las camionetas y camiones deben andar ofreciendo su mercancía.

Como lo he dicho un sinnúmero de veces (y no me creen), el huachicol y el huachigas ofrecen ingresos apenas para comer, en un sinnúmero de casos. Los medios de comunicación se ceban sobre los choferes de las gaseras, pero ellos son el eslabón más pobre de la cadena. Los que ganan a lo grande no se juegan la vida en esos trances.

¿Es buena idea reubicar habitantes?

Sin duda, es la mejor de las opciones, pero con orden. Si se quiere organizar la reubicación al estilo mexicano, va a ser un desastre porque de la noche a la mañana, arribarán a un territorio cientos de personas que necesitarán agua potable, drenaje, luz, alcantarillado y por supuesto, una vivienda.

Me ha tocado estar cerca de “reubicaciones” inmediatas (la primera, en los sismos de 1985 en la Ciudad de México) y suele ser preludio de otro desastre. Le cuento: entre tanto daño, algunos vecinos de Tepito salieron huyendo de la zona y se fueron a un asentamiento irregular que (bromas aparte) se llama “La Joya”.

Este lugar ahora tiene un nombre popular menos romántico: se llama “El Hoyo” y es un territorio en Iztapalapa en el que, para entrar no hay que llevar escolta sino pedirle a algún integrante de las pandillas dominantes que le haga paro y lo acompañe.

“El Hoyo” es la demostración más acabada que he conocido en materia de abandono del Estado: simplemente es vivir en otro mundo, en una especie de realidad virtual en el que la violencia y la ley del más fuerte son lo único que existe en un mar de pobreza.

Pues, algo así podría salir de San Pablo: hay que generar un nuevo lugar dónde vivir, con orden y no tratando de encontrar un espacio para cientos de personas como si fuera pedir reservaciones en un hotel. Aún en la urgencia, debe haber cierta lógica de acción.

¿Se va a terminar el huachigas con la explosión de San Pablo?

No. No tendría por qué terminar. Si hay una demanda incesante, la oferta va a seguir manteniéndose; pero como todo, se hará a escondidas en ciertas zonas. El gran error (bueno, uno de los grandes errores) de la autoridad estatal es que irá hasta el fin del mundo para detener a “El Callo”, pero no lograrán gran cosa.

El ciclo se repite una y otra vez, confirmando el absurdo: buscar al cabecilla y no desmantelar la estructura. Ahí están las prisiones federales almacenando a líderes criminales de Puebla que dirigen su negocio a miles de kilómetros de distancia.

La recomendación es resarcir el tejido social de San Pablo Xochimehuacan. Efectivamente, Claudia Rivera fue omisa, pero los causantes de la tragedia de San Pablo se cuentan por docenas, quienes se encogieron de hombros y no hicieron nada.

La práctica deportiva de echarle la culpa a quien acaba de dejar el cargo no resuelve el problema de fondo: una investigación seria arrasaría con administraciones estatales y municipales, pero hacerla bien llevaría años y eso es políticamente no rentable porque lo que importa es hacer ruido, no dar resultados.

¿Quiénes son los culpables de la tragedia?

No hay un culpable en forma única. Estoy convencido plenamente que se trata de una cadena transexenal y transtrienal de omisiones, negligencias y claro, complicidades, a saber:

PEMEX, en primerísimo lugar. ¿Cuánto tiempo se tardan en darse cuenta de la baja de presión e interrumpir el suministro?

- Las dependencias federales y estatales encargadas de perseguir a los grupos especializados en robo de combustible.

- Los responsables de la “puerta giratoria”; es decir, que los delincuentes salgan por fallas en el debido proceso, muchas veces por motivos absurdos.

- No se trata de establecer décadas de condena por robo de combustible. Es algo más sencillo: simplemente, que se cumplan las condenas y no que los actores de alto perfil delictivo salgan en libertad, cuando haya bajado la intensidad de un caso respectivo.

Y los presidentes auxiliares que se mueven entre dos mundos: ignorar por miedo el problema o participar en el negocio, repitiendo la frase “esto es de competencia federal”.

Mientras, otros casos como el de San Pablo Xochimehuacan se están cocinando, teniendo como telón de fondo a un Estado hipnotizado por su anomía.

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